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lunes, 21 de julio de 2014

El país de los muñecos de fuego

Me gustaría por un pequeño instante que el muñeco del 31 fuese en realidad el país que se quiso quemar en la esquina del barrio, imaginar que el hecho de que se acabe un año puede magnificar la eficacia de los agüeros, así puedo pensar que cuando estuve cruzando una esquina y vi presidentes calcinándose, parapolíticos retorciéndose entre explosiones de buscapiés o corruptos de ropa vieja con las tripas de aserrín en llamas, verdaderamente se quedaba atrás nuestro típico pasado de desilusión y sangre, de políticas individuales y mentiras mediáticas, de aquella costumbre colombiana en la que se aprenden nuevas formas de morirse involuntariamente.
¿Será posible que lo único nuevo para esta época sea la vejez que se nos viene encima? El estudio de la historia sólo ha servido para enseñarnos que la novedad de vivir en estas mismas fronteras ha sido la de que con el paso del tiempo han sabido joder a las diferentes generaciones, todas con el problema del silencio, del espectador callado con el bolsillo roto viendo a los líderes disolverse tras el sicario en su motocicleta. Somos la población que se lo ha creído todo, que la economía siguió creciendo y que la nación quedó entre las mejores de Latinoamérica sin al menos preguntarnos si crecimiento económico es igual a desarrollo económico, que la gente de Colombia es la más feliz del mundo cuando lo que todo el planeta ve en nosotros es la sonrisa colectiva de convivir en la misma porquería, hemos sido eso: hombres y mujeres sin conceptos claros sobre nuestra propia situación, confiando en un territorio lleno de embustes con una democracia que se liquida en la compra de votos o la violencia armada. Hemos dado razones para considerarnos andamios de carne sin un rastro de crítica, animales de barro y soplido detenidos en la idiotez de los seres sin respuesta. Una sociedad organizada en el principio de que los funcionarios públicos hacen lo que no dicen, los medios dicen lo que no sucede y las personas callan lo que les hacen.

Por eso cuando observé arder a aquella figura de yines gastados, mirarla llenarse de lagartijas anaranjadas en la ignición de la tela, concluí que se podía quedar atrás toda la carnicería cargada de moscas que ha sido Colombia, con sus pintores de mala muerte y sus poetas desesperados, con sus raperos que dan conciertos sobre las busetas para saciar con moneditas lo que no pudieron hacer con las rimas porque la cultura es lo último que importa.

Todo tiene la posibilidad del cambio, de un espasmo intelectual, de un último chance de ver al arte hacer break dance en las instituciones políticas, sin creer en que un agüero va a modificar la basura que pisamos, si acaso un muñeco chamuscándose entre los pitos de las doce de la madrugada de enero nos recuerde que existe un país que se quema todos los años en la esquina del barrio, y nosotros no hacemos nada, como si fuésemos de aserrín.

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