Visitas

Mostrando entradas con la etiqueta Crónicas periodísticas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Crónicas periodísticas. Mostrar todas las entradas

domingo, 17 de julio de 2016

La historia de la escuela que se convirtió en biblioteca



La institución educativa Olga González Arraut es la única en Colombia que en lugar de ser un colegio que cuenta con una biblioteca es una biblioteca que posee un colegio adentro. Sin embargo, vista desde afuera, uno no puede darse cuenta de esto. Su fachada es la misma que tendría cualquier escuelita pública de Cartagena a la que Dios y el Estado le han dado la espalda: un edificio de dos pisos pintado de verde y beige, rodeado por una paredilla de escasos dos metros de altura. La pintura de las paredes está desconchada y entre los calados de las aulas frontales –visibles desde la reja de la entrada– abundan el polvo y las telarañas. Es muy difícil que alguien pueda imaginarse que allí dentro está ocurriendo un acontecimiento extraordinario. Pero, contra todo pronóstico, es precisamente eso lo que está gestándose: un evento asombroso, sin precedentes.

Son las 09:45 de la mañana cuando entro al colegio. Es justo la hora del recreo. El patio, incandescente por el sol y su temperatura de 33° Celsius, va poblándose de estudiantes que corretean y sudan sus uniformes de diario o de educación física. Este sería un recreo común y corriente si no fuera por los estantes llenos de libros que hay en cada rincón de los pasillos y los niños que se sientan alrededor a leerlos. Han pasado tres años desde que la rectora y algunos maestros decidieron convertir la estructura física de la institución en una biblioteca gigante. La ‘escuela-biblioteca’, le llaman. Un proyecto ambicioso que tiene por máxima revolucionaria que los libros estén al alcance de todos sin las restricciones tradicionales de las bibliotecas. Esto quiere decir que no hay funcionarios custodiando los estantes, ni bibliotecarios que estén pendientes del préstamo de las obras. Mucho menos un cartelito en el que rece la leyenda SILENCIO, POR FAVOR. La sala de lectura del Olga González Arraut es la más ruidosa del mundo, pero también la más libre. Los estudiantes pueden caminar al anaquel más cercano, tomar una enciclopedia y llevársela a sus casas si lo desean. Así de fácil, sin tanto protocolo. No es necesario firmar un papel o fijar una fecha de devolución. “Si los niños se llevan los libros, entonces hemos ganado”, me dice Olga Elvira Acosta, la rectora del colegio desde el 2012.

El temor de que por falta de vigilancia se robaran los libros nunca estuvo presente, y si lo hizo, ya ha desaparecido por completo. Desde que el proyecto comenzó no ha habido un solo libro que no vuelva de afuera. Regresan sucios, descuadernados, algunos con las páginas arrancadas, pero lo más importante es que regresan leídos.

Estos ejemplares que con el tiempo acaban desgastándose no le cuestan un peso al colegio, ya que ninguno de ellos está incluido dentro del inventario que las normas administrativas le exigen anualmente a las escuelas públicas. Sí pertenecen, en cambio, a un patrimonio colectivo que se ensancha poco a poco con las donaciones que hacen los padres de familia y alguno que otro ciudadano interesado en el proyecto. A lo mejor es por eso que los estudiantes los devuelven y los cuidan, a su manera. Sienten que de verdad son los dueños de los libros y no unos clientes acostumbrados a observarlos detrás de una vitrina bajo llave en el interior de una habitación oscura y silenciosa.

De acuerdo con Olga Elvira, la intención de la ‘escuela-biblioteca’ es que todos los 1125 estudiantes matriculados se tropiecen con los libros tal como sucede con los vendedores ambulantes. “El vendedor ambulante obliga a le compres porque te hace tropezar con su artículo, hasta el punto en que tú mismo piensas ‘yo necesito esto en la casa’ y lo compras, pero no porque hayas salido especialmente a comprarlo”.

Esta filosofía callejera, aprendida de las ventas informales que proliferan en los andenes de la ciudad, es el alma de la biblioteca. Y si por el ‘tropiezo’ la gente compra frutas, raspaos y bolitas de naftalina, también es válido creer que un estudiante pueda encontrar algo bueno para leer, así no lo esté buscando.

Y, en efecto, la literatura en el Olga González Arraut es un paisaje inevitable que te ataca de frente. No solo a través de los libros, sino también por medio de las paredes. Aquí las paredes hablan. Tienen escritas frases célebres y lecciones para redactar. En este momento, a un costado de la fila que hacen los muchachos para comprar su merienda en el quiosco, una pared dice:

No me rendí.
No, me rendí.
¿Con o sin coma?
Tú eliges.

10:15 am. Suena el timbre que advierte el fin del recreo. Frente al rudimentario laboratorio de química hay un niño comiéndose unos Boliquesos. Los dedos con los que se mete el mecato a la boca están anaranjados por el colorante. Esos mismos dedos pasan las páginas de un atlas y su pequeña huella de queso artificial mancha la superficie de Dinamarca. Cuando el timbre termina de sonar, el niño ya se ha ido y el atlas queda abierto de par en par en el suelo. Como éste, otros libros más han quedado esparcidos por todo el patio del colegio. Los profesores que van camino a los salones para iniciar sus clases ven el reguero y se ríen: saben que aquel desorden es la evidencia irrefutable de que uno de sus alumnos estuvo leyendo.

La persona encargada de recoger y organizarlo todo de nuevo se llama María Rosalba Córdoba, una gigantesca mujer de 56 años oriunda de Quibdó que llegó al Olga González Arraut como portera y acabó siendo la bibliotecaria oficial. A esta hora es normal verla agachada, acumulando libros en su regazo para después colocarlos en su sitio. “Estoy en mi yeré” me dice satisfecha mientras sacude la mugre del “Diario de a bordo” de Cristóbal Colón.

Con la ‘escuela-biblioteca’ la vida de María Rosalba dio un vuelco. Dejó de ser la solemne mujer de la antigua biblioteca –un sombrío cuartito en el segundo piso– para transformarse en una atleta jocosa que con gusto recorre los doce estantes de madera que están repartidos por los corredores y oficinas del plantel. ‘Rosa’, como la llaman sus compañeros de trabajo, también se encarga de los libros inventariados, entre los que se encuentran los 270 ejemplares otorgados por el Ministerio de Educación a través de la “Colección Semilla”, un programa que hace parte del Plan Nacional de Lectura y Escritura y que tiene como objetivo ampliar las bibliotecas de los colegios públicos.

Para que estos libros inventariados no perezcan en el olvido y se puedan compartir con la comunidad, la directiva se ingenió un curioso método: compró en la ferretería del barrio dos carretillas tipo buggy y las destinó al transporte exclusivo de libros. Los profesores las bautizaron como los Buggy Lectores. Desde entonces, estas carretillas van de un aula a otra con su cargamento de obras literarias.

Cuando alguno de los estudiantes empuja una de estas carretillas los libros se asemejan a una pila de ladrillos. En el fondo es como si fueran entrenándose para la albañilería, pero no la del concreto sino la de la palabra. Sé que algún día veremos a estos chicos crecer para levantar edificios en honor a la fantasía.

Promotores de lectura

En el Olga González Arraut no basta con que la gente se ‘tropiece’ con los libros. Es posible que las miles de historias que aguardan en los pasillos nunca sean leídas, pese a estar siempre visibles. Por eso la comunidad educativa se inventó otro proyecto llamado Promotores de Lectura, en el que un grupo de estudiantes –en conjunto con los docentes de lengua castellana– se ofrecen a incentivar a sus compañeros de clase para que adquieran el hábito de la lectura. Estos promotores abarcan desde la primaria hasta el bachillerato. Se reúnen con antelación en un aula vacía, seleccionan los relatos que más les fascinan y luego van de salón en salón publicitándolos como si se tratara de un nuevo evangelio.

En septiembre del 2014 se tomaron la sala de profesores y la convirtieron en un restaurante para lectores. Colocaron sillas y mesas plásticas con manteles de cuadros y pegaron en la puerta principal un menú que, en vez de comida, prometía libros. Y eso fue lo que los promotores sirvieron a sus amigos. Una entrada de cuentos cortos de Anne Fine y una novela de Joseph Conrad o Gabriel García Márquez como plato fuerte.

– ¿En qué momento invitas a tus compañeros a leer? –le pregunto a Diana Quiroz, una promotora.

Los padres de Diana son costeños pero ella nació en Bogotá. Asegura que se unió a los promotores después de leer “El príncipe feliz” de Oscar Wilde. Eso fue en quinto de primaria, ahora cursa séptimo.

– Cuando discutimos sobre la vida cotidiana –responde–. Ahí aprovecho y les recomiendo los libros que he leído.

– ¿Qué libros recomiendas?

– “El ruiseñor y la rosa” o “Juan Salvador Gaviota”.

– Convénceme de leerme “El ruiseñor”…

– Ese es un cuento muy bonito. Trata de un pájaro y un estudiante que está enamorado, y pues…

Diana se coloca un dedo en la boca y me mira durante unos segundos.

– ¡No te voy a decir lo que viene porque le estaría quitando la narración al cuento! –dice–. Pero sí me gustaría que lo leyeras para que vieras lo que yo vi en él.

– ¿Y qué fue lo que viste?

– Una bella historia.

Listo. Eso es todo lo que necesita para enganchar a las personas. Tal vez si un adulto le dijera a un niño de once años que “Las Mil y Una Noches” son una belleza no le creería, pero si lo dice su amiga, la que se sienta al lado suyo en clase de matemáticas, la cosa es distinta. La palabra de Diana, al igual que la de los otros promotores, le llega a sus compañeros más como un chisme que como una orden y en eso consiste su embrujo.

Para Angie Paola Martínez, una estudiante de octavo grado que ya lleva tres años convidando a leer, las estrategias de persuasión cambian de acuerdo a la edad.

– A los niños chiquitos les encantan los finales felices –dice, con una cadencia perfecta– mientras que a los grandes les gustan los poemas de amor y el misterio.

Angie es cartagenera de pura cepa. Cuando habla y mueve su cabeza, la única trenza de su cabello se menea de un lado a otro como una escoba de palito que barre el reguero de historias bajo sus hombros. Leer le ha permitido desarrollar sus habilidades de cuentera, un oficio en el que ya se considera una experta. De hecho, en el 2015 participó en un concurso de cuentería en la Universidad de San Buenaventura organizado por el grupo cultural Caza Teatro y obtuvo el segundo lugar.

– ¿Qué cuento echaste?

– Uno con un final sorpresa. Era sobre unas reinas a las que atrapaban, las maltrataban y las cortaban. Todo el mundo se imaginaba que tenía que ver con la trata de blancas, pero en realidad no era nada de eso porque al final las reinas eran las cebollas.

Quedo un poco atónito. La inocencia de los niños pone en evidencia el trauma de los viejos. Un trauma alimentado por la historia de un país que ha estado más de medio siglo en guerra. Estos niños construyen paz y entretenimiento con su labor de chamanes palabreros, se esfuerzan porque en el futuro el secuestro y la tortura sean dos temas que se destierren a la simple realidad de las cebollas.

Gozándose un Picó Lector

Desde hace un par de años, los habitantes de Cartagena se han ido enterando que dentro de esta ‘escuela-biblioteca’ hay un picó que está al servicio de la literatura. Es el Picó Lector que se pasea por la ciudad pregonando fábulas y anécdotas. Único en su tipo, fue creado en el 2013 para que los promotores de lectura le enseñaran a contar historias a las comunidades aledañas al colegio. Su constitución es sencilla: dos bafles huecos pintados de blanco, cada uno con una puertecita delantera por medio de la cual se puede introducir una veintena de libros. Ambos bafles poseen cuatro ruedas inferiores que facilitan su desplazamiento y son considerados como la parte móvil de la biblioteca.

La primera vez que el Picó Lector incursionó en la ciudad fue en octubre del 2013 en la Calle Tercera del Labrador, en el sector Los Olivos, apodada en los últimos años como la “Calle del Bronx” debido a los delincuentes que suelen merodearla. Esta calle está ubicada a pocos metros de la entrada principal del colegio, tan solo hay que cruzar la avenida Crisanto Luque y subir una pequeña pendiente para acceder a ella. Hasta allí llegaron los promotores de lectura con el Picó Lector a cuestas, blandiendo su evangelio de la imaginación bajo el despiadado sol del mediodía. Fueron a las casas a conversar con las familias, entonando los párrafos de los libros que sacaban de los bafles. Algunos vecinos salían hasta los andenes a pies descalzos, incrédulos, con un rastro de perros callejeros ladrando sin parar.

“En una terraza había una señora con sus hijos. Ninguno de ellos estaba estudiando y la señora no sabía leer” me dice Luis Meza, hoy estudiante de undécimo grado. “Tuve la oportunidad de leerles varias historias a esos niños y ellos, al final, también me contaron las suyas”. Aquella experiencia, insiste Luis, es de las que marcan, de esas que uno jamás olvida.

Aunque el Picó Lector es más pequeño que cualquier otro, no tiene nada que envidiarle al Rey de Rocha, El Skorpion o al Passa Passa. Publicitariamente están al mismo nivel: los carteles con los que se anuncia los pinta, nada más y nada menos, que El Runner, el artista callejero que también les hace la publicidad a los bailes de picós más famosos de la ciudad. Entre los archivos del colegio, todavía se guarda la foto del primer cartel que El Runner diseñó para el Picó Lector, pintándolo en el mismísimo corazón del Mercado de Bazurto.

El pasado 7 de abril, el Picó Lector “sonó” en el Centro Histórico para compartir historias con los emboladores de zapatos que se rebuscan en una zona conocida como el Palito de Caucho. Ese día los estudiantes se enteraron –por boca de unos tipos que han pasado su vida embetunando cuero– de una mujer cuyo esposo se había disfrazado de sicario para jugarle una broma en plena calle con la moto del vecino, o de un joven al que le habían contado la leyenda de un brazalete que daba buena suerte a quien no la buscara y mala suerte al que deseara una vida mejor. Eran relatos que los emboladores habían guardado por mucho tiempo y que ahora tenían la chance de dejarlos salir.

En el fondo, todos andamos con la cabeza llena de cuentos. Sólo necesitamos que alguien nos escuche y nos conceda la palabra. La ‘escuela-biblioteca’ cree en eso, en la voz de la gente común y corriente. Para mediados del 2016, se han programado dos salidas más del Picó Lector: la primera al Parque de las Flores y la segunda a la Plaza de Bolívar. En el parque son habituales, además de las floristas, los mecanógrafos que fungen como abogados empíricos y las vendedoras de jugos tropicales; en la plaza predominan los turistas, caricaturistas, pintores y vendedores de limonada o artesanías. Presenciarlo debe ser maravilloso: un grupo de estudiantes inexpertos, púberes, a los pies de la estatua del Libertador de media Sudamérica, librando una guerra pacífica por la cual los cartageneros más humildes puedan independizarse del yugo incesante de sus rutinas.

Una lucha en la oscuridad

De los 1125 estudiantes matriculados en la Institución Educativa Olga González Arraut, 115 son estudiantes con necesidades educativas específicas. Están repartidos entre las tres jornadas con las que funciona el colegio: diurna (6:45 am-12:15 pm), vespertina (1:00 pm-6:45 pm) y nocturna (7:00 pm-9:45 pm). En total hay 74 niños con déficit cognitivo, 13 con ceguera, 2 que sufren de baja visión, 4 con limitaciones físicas, 17 con dificultades en la voz y el habla, y 3 con problemas psicosociales.

La atención a esta población especial comenzó en 1996, dentro de un programa de integración promovido por la Secretaría de Educación de Cartagena y que luego evolucionó a lo que actualmente se conoce como ‘escuelas inclusivas’. El Olga González Arraut es uno de los 18 planteles educativos de la ciudad que se dedican a esto. Ello no significa que cuente con todos los recursos necesarios para atender debidamente a sus estudiantes en condición de discapacidad. Las instalaciones carecen de rampas de acceso para quienes se desplazan en sillas de ruedas. Si un estudiante de estos quiere ir al segundo piso para ingresar, por ejemplo, a la sala de informática, le toca ser cargado por sus compañeros. Tal es el caso de Gloria Ruiz, una joven de undécimo grado que padece de osteogénesis imperfecta, un trastorno congénito que afecta el desarrollo óseo y que se caracteriza por la excesiva fragilidad de los huesos. Las personas con esta patología suelen fracturarse a cada rato, tanto es así que, coloquialmente, se le conoce como la enfermedad de los huesos de cristal. Desde que entró al colegio en cuarto grado, Gloria ha usado una silla de ruedas. Lleva siete años viendo cómo sus amigos más cercanos la alzan en hombros para subir los veinte escalones de piedra lavada que se elevan desde el primer piso. Al menor descuido, uno de esos pequeños viajes puede ser el último.

La rectoría ha enviado varias cartas a la Secretaría de Educación solicitando apoyo, pero jamás ha llegado una respuesta. En el 2014, ante la indiferencia de los organismos competentes, se acudió al personero distrital, William Matson, quien se comprometió a hacer las gestiones que fueran necesarias para la construcción de las rampas, pero hasta la fecha todo se ha quedado en palabras vacías. Mientras tanto, Gloria estudia y combate contra el peligro y las probabilidades de una muerte absurda.

Otra lucha es la que viven los estudiantes ciegos y los estudiantes con déficit cognitivo. Su odisea empieza con los exámenes neurosicológicos que deben hacerse para definir cuáles son sus necesidades educativas específicas. Estos exámenes los realiza el centro médico NEURES y normalmente tienen un valor de 400.000 pesos cada uno. Recientemente, un convenio con la Alcaldía de Cartagena redujo la cifra a 40.000. Sin embargo, aun con el descuento, muchos padres de familia no tienen con qué pagar y en ocasiones son los mismos docentes, las secretarias y la rectora quienes les colaboran haciendo una recolecta.

Pero el mayor problema de estos estudiantes es que el tiempo se les está llevando a sus profesores. En el 2010 se jubiló su maestro de matemáticas, José Arias Puello, famoso por ser invidente y diseñar una adecuación de las matemáticas para el aprendizaje de estudiantes con discapacidad, un proyecto con el cual fue nominado al Premio Compartir al Maestro en el 2004. El ‘profe’ José se pensionó y nunca llegó su reemplazo. “A nadie le importó que los chicos ciegos se quedaran sin saber sumar y restar”, escribió Olga Elvira Acosta, en una carta fechada el 14 de abril de 2016 dirigida a la ministra de educación, Gina Parody.

Tampoco llegó el reemplazo de Rafaela Berrío, la docente del aula de apoyo para niños con déficit cognitivo, y ahora María Arrieta, una de las dos últimas maestras de Braille que les queda, acaba de cumplir 65 años. Su partida es inminente, su relevo una incertidumbre.

Frente a estas adversidades, la comunidad educativa ha empleado sus propios procesos de inclusión. A cada nuevo ciego que se matricula en el colegio se le asigna un ‘par académico’. Regularmente, este ‘par’ es un compañero de clase con el que previamente el recién ingresado ha entablado una amistad. Un ´par académico’ siempre va a estar cerca, repitiendo cuantas veces sea requerido el dictado del profesor. O ejerciendo de guía por los desconocidos caminos de esta biblioteca gigante. Algunos han aprendido Braille por su cuenta y se les ve usar el punzón y la regleta como cualquier otro invidente.

En la ‘escuela-biblioteca’ los únicos libros inventariados que están esparcidos en los estantes sin ningún control son los de los estudiantes ciegos. La mayoría de estos ejemplares provienen de dotaciones hechas por el Instituto Nacional para Ciegos (INCI). En octubre del 2013, la rectora fue invitada a Bogotá para contar la experiencia del colegio en un evento organizado por el Gobierno Nacional. Allí, frente al presidente de la república y la ministra de educación de ese entonces, María Fernanda Campo, le prometieron un catálogo especial de obras literarias en Braille que jamás llegó. Lo que sí mandaron a Cartagena fue una impresora Braille, pero quien dio la orden de hacerlo se confundió o sencillamente le importaba un bledo aquel gesto, porque la impresora fue a parar a un colegio que no tiene ciegos.

Juzgar al libro por su portada

12:25 pm. Hace diez minutos sonó el timbre que termina la jornada diurna y, no obstante, aún hay montones de estudiantes rondando en el patio. Camino hasta el portón trasero del colegio y descubro a dos muchachas en el quiosco comprándose unas Pony Maltas. Espero a que las atiendan y luego, cuando van en dirección a la salida, les pido una foto justo al lado de otra de las inmensas frases que el colegio tiene escrita en sus paredes. Esta dice: “Lee pa’ que te actives”. Aprieto el botón de la cámara y les doy las gracias. Entonces recojo mis pasos y me marcho del Olga González Arraut por la misma reja desvaída que atravesé para entrar.


Desde la calle observo el colegio por última vez en el día. Las paredes agrietadas y el diseño anacrónico no me despiertan del ensueño. Y no es para menos: su fea fachada recuerda a esos libros que uno no debe juzgar por su portada, a esos libros viejos de ediciones remotas que, aunque sucios o descuadernados, los seguimos valorando enormemente porque sabemos que sus historias son superiores a sus apariencias.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Los últimos ruidos del buscapié

 – Lucho, nosotros nos vamos para Cartagena.

Aquella frase fue la que lo terminó todo. En uno de los lujosos pasillos del Hotel Cadebia en Barranquilla, los integrantes del grupo Son Cartagena habían decidido acabar el sueño musical que los había llevado hacia la fama. Los músicos, con sus instrumentos guardados en sus estuches, miraron fijamente a un asustado Luis Alean, su representante legal. No podían creer que él estuviera engañándolos con el dinero recogido en cada presentación, y ahora que se daban cuenta no soportaban la indignación del fraude.

Por eso se iban: para no tocar más con un grupo viciado. Sin embargo, era imposible volver a Cartagena tal como lo habían resuelto. Luis Alean ya había firmado todos los contratos de los conciertos de esa noche, y estaban sujetos a cumplirlos. Para convencerlos, Luis Alean les pagó unos pesos por adelantado y les dijo:

 Allá en Cartagena arreglamos.

Pero todos sabían que el sueño había llegado a su fin y que, en efecto, nada se arreglaría. Esa noche hicieron la presentación más triste de sus carreras. Una gira de conciertos donde no tocaron con sabrosura. En el último club, al finalizar su última canción, muchos sintieron que en el pecho se les cerraba una puerta con candado. Antes de salir de Barranquilla, el grupo Son Cartagena había dejado de existir.


Un grupo de barrio

En 1982, la facultad de economía de la Universidad de Cartagena contrató a José Lara para abrir una electiva de clases de gaita. Lara, que también hacía parte de los Gaiteros de San Jacinto, vio en Luis Antonio Gonzáles un pupilo ejemplar. “Luchito” (un apodo con el que lo conocerían siempre) mostraba un conocimiento musical congénito y se aprendía rápido los ejercicios que su maestro le exigía.

– Aprieta el jopo, Luchito, aprieta el jopo –decía Lara, para entrenarlo en la pericia de soplar la gaita.

Nadie imaginó que aquellas clases iban a ser el suceso más determinante en la formación del grupo Son Cartagena. Todas las tardes Orlando Oliveros escuchaba ensayar a Luchito desde el patio de su casa, en el barrio Canapote. Eran amigos de infancia y lo que hiciera el uno tenía que hacerlo el otro también. Así que con un tambor recién comprado, Orlando empezó a practicar en solitario, persiguiendo las notas de la gaita de Luchito que iban expandiéndose por todo el vecindario. Luis Eduardo Gonzáles, apodado “el Niño”, vivía en la misma calle y no demoró en unírseles con una tambora.

Ahora sólo necesitaban un cantante. Por esos días Luchito y Jorge Alean, bautizado como “el Cone”, iban de cumpleaños en cumpleaños tocando la guitarra y cantando himnos de amor para enamorar a las cumplimentadas. El Cone tenía fama de ser un serenatero fiel para los desórdenes. No había un balcón en Lemaitre y Canapote en donde su voz no se haya dado el gusto de conquistar mujeres. Incluso, podría decirse que hasta conquistaba las ausencias, porque a veces él y Luchito permanecían tocando por horas hacia una ventana abierta hasta que alguien salía a avisarles que la muchacha que allí vivía tenía un mes de haberse mudado. Cuando Orlando, el Niño y Luchito se reunieron a practicar, no pensaron dos veces en llamar al Cone para que les cantara.


Los primeros pasos

El grupo, todavía sin nombre, ensayaba en las casas de sus integrantes, copiando long plays de losGaiteros de San Jacinto o tocando con aire festivo una cumbia popular. Su gran debut se dio en el Festival Folclórico Nacional de Ibagué, a donde fueron invitados por el Ballet Folclórico de la coreógrafa Betty Taylor, una amiga que, de vez en cuando, los dejaba practicar en su casa ubicada en el barrio Manga. Después de Ibagué, el grupo concluyó que debían formalizarse para comenzar a tocar solos. Pero primero necesitaban un nombre. Mientras iban en un taxi para dirigirse a un evento, los cuatro canapoteros pensaban en uno que les sirviera. Fue Orlando el que dijo:

– Ya está Son Palenque… y los Soneros de Gamero… ¡Vamos a ponernos nosotros Son Cartagena!
Todos los integrantes estuvieron de acuerdo.

Desde aquel día, Son Cartagena empezó a protagonizar pequeños conciertos. Tocaron con la agrupación de Estefanía Caicedo, de quien se decía era la única bullerenguera de la ciudad y de cuya inspiración surgieron canciones para el Joe Arroyo. Allí se les une Víctor Medrano, apodado más tarde “el Docto”, y les ayuda tocando la tambora. Como aún no habían compuesto sus propias canciones, sus presentaciones consistían en reproducir temas que estuvieran sonando en el momento, como el “mambaco” y los éxitos de la Niña Emilia (“Coroncoro”, “Cundé cundé cundé”).

Esa constante repetición de temas de otros artistas fue la que les generó un breve altercado con Irene Martínez. Era noviembre de 1985. Como solía acostumbrarse por esos años, las distribuidoras de licores contrataban a grupos folclóricos para ambientar la llegada de las reinas nacionales al aeropuerto de Cartagena. Al grupo Son Cartagena lo habían contratado para cantar en una tarima de Ron Tres Esquinas mientras que Aguardiente Antioqueño había hecho lo mismo con Irene Martínez. Llegado el momento de tocar, Son Cartagena interpretaba los mismos discos de Irene Martínez apenas ella terminaba de cantar, y a la tercera tanda toda la gente del lugar se sentía inmersa en un gracioso juego de ecos. Así que Irene Martínez se bajó de su tarima y fue directamente hasta donde estaba el Cone para decirle:

– ¿Por qué carajo están tocando los discos míos?

– Esos discos están sonando en la radio –respondió el Cone, riéndose– nosotros sólo estamos tocando.

Aquella experiencia les sirvió para reconocer que debían promover sus propios temas para poder grabar y ganar autenticidad. Con la ayuda de Luchito (que compuso la mayoría de las canciones), María Llerena Solís (compositora de “Martica”) y de Hugo Bustillo (compositor del “Buscapíe”) pudieron armar un álbum y grabar con Codiscos en Medellín. Para 1988, el long play fue todo un batazo. Los temas de Son Cartagena sonaron en septiembre y no dejaron de hacerlo hasta los carnavales de Barranquilla del año entrante. El “Buscapié” se mantuvo en el ranking musical de las emisoras durante meses, perdurando inalterable en el top 3 de aquellas fiestas (de segunda estaba “Martica” y de tercera “La estereofónica”). Son Cartagena estaba viviendo un éxito nunca antes visto en la música folclórica.


La fama y la gloria

Con el éxito de su primer álbum, no tardaron en llegar las invitaciones a los mejores festivales folclóricos del país. Era 1989. Son Cartagena ganó dos Congos de Oro a la mejor agrupación en el Festival de Orquestas y Acordeones del Carnaval de Barranquilla y tocó en los clubes más prestigiosos de Barranquilla y en las casetas más afamadas. Alternaban con Diomedes Díaz, Óscar de León, Joe Arroyo y el Grupo Raíces. Viajaban a cuanto carnaval se celebrara en los pueblos de la Costa Caribe, incluyendo a Ciénaga, en Magdalena, donde las casetas medían una cuadra y para salir de ellas había que cruzar un trancón de multitudes que podía llevar horas.

Para esa época Son Cartagena había crecido. Se le habían unido Alex Osorio en los timbales, Martín “el Tetero” Gonzáles en los coros, Luis “el Perilla” Mercado en las maracas, “el Chiqui” López en el bajo y Héctor “el Tití” Rodríguez en el llamador. 

La fama se acrecentaría en 1990, con su segundo long play, “Riega la bola”, cuyo tema principal (llamado del igual manera) caló en las emisoras con una rapidez sobrenatural. A la gente le gustaba un grupo tan popular, de barrio humilde, que lo mismo le daba cantar en la Plaza de Canapote que dar tandas de lujo en el Club Alemán. No había semana en la que Son Cartagena no saliera en Telecaribe, uno que otro concierto fue grabado en exclusiva por Jorge Barón. El Gobierno Nacional también debió notar la importancia de este grupo, pues los contrató para que fueran a cantarle al ese entonces presidente de Francia, François Mitterrand, en la Casa de Huéspedes Ilustres, mientras algunos funcionarios se bañaban en jacuzzis rodeados de mujeres desnudas.

De cada parranda los integrantes de Son Cartagena traían mujeres que se iban a vivir con ellos a los hoteles. Era la vida de los artistas famosos, la vida intranquila del ajetreo nocturno y la gloria recién ganada. En una ocasión, el dueño de una empresa de uniformes, Confecciones Toledo, les regaló unos trajes para el Festival de Orquestas del Carnaval de Barranquilla, pero cuando llegó la hora de la presentación los trajes no les quedaron a ninguno de los músicos, siempre una talla menor a la esperada, y en Luchito (que era el de mayor contextura) el chaleco y el pantalón eran más una blusa ombliguera y un descaderado que cualquier otra cosa. No obstante, todos hicieron su presentación con los trajes puestos. En el momento de bajarse de la tarima, el público enloqueció exigiendo otra canción más, y los integrantes de Son Cartagena tuvieron que escaparse por la puerta de atrás y correr hacia el bus que los transportaba. Cuando el cerco de personas se hizo intolerable e impidió que el bus arrancara, alguien del grupo dijo:

– Eche, tirémosle los uniformes.

Y así apaciguaron los ánimos de la multitud, fugándose como los ladrones de banco que cuando huyen arrojan dinero a las calles para despistar a los policías.

Tal era la fama.


El último concierto

Lo que más indignó al grupo fue que su representante legal, Luis Alean, era el hermano del Cone. De él se decía que había probado con todos los oficios y que exageraba el contenido de las historias. Una vez, estando en Montería, se hizo pasar por brujo y naturista para engañar a las mujeres y escuchar sus intimidades. Allá lo conocían como el Doctor Hantman. Esa manía suya para mentir le costó al grupo su unidad. Tras varios meses de éxito, algunos integrantes empezaron a sospechar del hermano del Cone. Pensaban que cuando firmaba los contratos musicales él cobraba una suma más alta de lo que luego les contaba. La discusión estalló una noche, en el Hotel Cadebia en Barranquilla: Son Cartagena no podía seguir así. Era como si alguien hubiese encendido un buscapié y lo hubiese puesto sobre la pelea. Luis Alean los convenció de seguir tocando, les prometió que en Cartagena arreglarían todo. En aquel último concierto la última canción fue el famoso “Buscapié” de Hugo Bustillo, y al final de la canción, cuando las voces callaron y los instrumentos dejaron de vibrar, uno a uno los integrantes del grupo Son Cartagena se fueron yendo de regreso a casa.


Dicen que cuando la tarima se vació, un extraño olor pólvora quemada quedó flotando en el ambiente.









martes, 22 de julio de 2014

La libertad de las estatuas humanas

Casi nadie lo sabe, y por eso es un deber decirlo: no hay trabajo más difícil que aquel que consiste en no hacer nada. Y ese hombre que está sentado frente a mí es una estatua humana. O sea: alguien que se gana la vida haciendo nada.
Su nombre completo es Steven Andrés Hernández Herrera, es cartagenero, tiene 31 años y desde enero del año 2007 su vida depende de estar quieto. Desde la mañana hasta la noche se sienta en un balde y simula ser un pescador encorvado que acaba de atrapar un pescado.
Soporta horas de inmovilidad solamente para que aquellos que vayan andando le arrojen una que otra moneda en el pote de las limosnas que reposa, también estático, a sus pies. Su historia de vida inicia como inician casi todas las historias en Colombia: con la violencia y el fracaso.
Resulta que Steven jamás hubiese sido estatua humana si no es por la guerra. La primera vez que tuvo que prestar el servicio militar lo mandaron para el municipio de Guapí, en el departamento del Cauca. 
Allá, me cuenta, no habría podido seguir soportando, semana tras semana, la brutalidad de los entrenamientos y la incomodidad de matarse por el bienestar de unos pocos. Su pelotón estaba destinado a volverse una jauría de leones, una bandada de cuervos saca ojos. Así que para el 2006 ya se había salido del grupo y había regresado a Cartagena jurando no volver a aquel infierno construido con fusiles, órdenes y trajes camuflados.
– Estuve allá en la guerra – dice, tomándose varios segundos entre una palabra y otra–, pero me vine a esta guerra de acá, que es la pelea por la vida, una pelea que haces sin armas, sin nada.
Y era una pelea que parecía que perdía. Desde que había retornado a la ciudad había intentado conseguir un buen empleo sin resultados positivos. Tener la libreta militar no le había servido para nada. Él quería ser vigilante o algo que tuviese que ver con ello, y anduvo vagando de una empresa de vigilancia a otra, mandándoles su hoja de vida.
De esa mala época su recuerdo más intenso proviene de una ocasión en la que llegó a una empresa de vigilancia privada buscando trabajo como de costumbre y cuando fue a entregarle su hoja de vida a la secretaria, ésta le advirtió:
– Mijo, mejor llévatela porque aquí las votamos.

Steven no podía creerlo y ante su expresión de duda la secretaria trató de confirmar su frase con el dedo:
– Si quieres mira dentro de esa caja –le dijo la mujer.

Era una caja de cartón de un 1 metro x 1 metro en donde estaban amontonadas otras hojas de vida que habían llegado en el transcurso del mes, formando grandes pilas de papel y sueños frustrados que aguardaban la improbable selección del jefe. Entonces se convenció de que nunca tendría aquel empleo, ni ahí, ni en alguna otra parte.
Y hubiese seguido en el trajín de la lucha por el pan si un primo suyo no le propone disfrazarse de estatua humana para rebuscarse en el Centro.
Desde aquellos días no ha dejado de ser una estatua humana. Suma, hasta la fecha, siete años y seis meses de trabajo arduo, de calambres constantes y nalgas dormidas por la eterna espera.

Inmóvil
Steven tiene tres hijos y vive en un barrio llamado República del Caribe que queda en las faldas del Cerro de la Popa, junto a Palestina. Todos los días sale hacia el Centro a una hora indeterminada, dependiendo de los ánimos con que se haya levantado esa mañana. Se camina el trayecto entero, ida y vuelta. Según él, es una buena forma de mantener en movimiento los músculos que luego se mantendrán estáticos durante largas horas. 

Después llega hasta el Parque de la Marina para colocarse su particular atuendo; allí también se maquilla, embadurnándose con una crema de color negro que se puede conseguir en cualquier miscelánea de la ciudad y que todo tendero conoce con el nombre de Pintacaritas. Claro está que, cuando la situación económica se pone estricta, Steven recurre a polvo de carbón que obtiene raspando leña quemada contra el andén. De cualquier forma, no le lleva más de quince minutos alistarse por completo para emprender su jornada de piedra y bronce.
Un turista que anduviese por la calle sólo vería la estatua. Miraría rápidamente el sombrero de caña flecha, el rostro pintado de negro y el palito de madera con un pescado de trapo amarrado en la punta. Pero habría que charlar con él para saber que sus zapatos negros son los más elegantes que tiene y que dentro de su pescado de trapo se encuentra parte del algodón que tuvo que sacar de una de sus almohadas para terminar de rellenarlo.
Hacer de estatua humana implica volverse casi un objeto, fundirse con la materia inmóvil de la ciudad, mezclarse íntimamente con los postes de luz, las tapas del alcantarillado, los avisos luminosos de las casas de compraventa, las escaleras estrechas de los moteles de cero estrellas, en fin, todas esas cosas que, llegado el momento de expirar, acaban haciéndolo en el mismo sitio de siempre.
De manera que este es un oficio que no es tan fácil de llevar a cabo. Steven me cuenta que siempre hay quienes se dan a la tarea de perturbarlo, ya sea contándole chistes vulgares o gesticulando muecas.
No han faltado las mujeres que lo han rodeado y lo han manoseado mientras le dicen obscenidades en el oído, hasta hubo alguna que en medio del desorden colectivo se llegó a quitar el brassier y le mostró, rápidamente, sus dos pezones erguidos.
Pero nada de eso logró alterar la solidez de su postura; lo más cerca que estuvo de moverse fue una noche en la que dos actrices porno iban cruzando la calle y se detuvieron frente a él para tomarse unas fotos con sus celulares. En las fotografías (que por desgracia Steven no conserva) salió con su cabeza acomodada entre los senos de las actrices, como si protagonizara una publicidad de Playboy sobre monumentos sexuales en la ciudad del pecado.
– Eran dos caballos de fuerza –me recuerda Steven–: me la arrecostaron en todo el galón ¿entiendes?
Cuando dice la palabra galón se toca la cabeza con las manos, esa cabeza que, mientras su portador está paralizado, repasa una y otra vez la espiral de memorias que componen su vida. Y es que sentado sobre el culo invertido de un balde, Steven Hernández pesca todos sus recuerdos. Vigila el indiferente contorno que lo circunscribe en un mundo hostil lleno de caminantes acelerados. El mundo moderno, el mundo postmoderno, el mundo contemporáneo.
Este puto mundo de la producción en serie y de las entregas inmediatas, donde los peces más rápidos se comen a los lentos. Por eso, desde que vi a Steven haciendo de estatua humana sentí algo en su respiración pausada, algo en su calmada silueta, algo en la personificación de su pesca infinita que nos gritaba:
¡Jódanse peatones, yo estoy libre porque no me estoy moviendo!

El artista detrás de los carteles de champeta

El primer cartel de champeta que pintó el Runner coincidió con el auge de un picó de su barrio: El Conde. Hace 34 años, todos los fines de semana, el barrio la Candelaria rompía la sosegada trama de la ciudad con el furor musical de sus bafles gigantes. Era una música que venía especialmente desde la vieja Calle de los Palenqueros, lugar donde nunca faltaba la presencia de El Conde.
Runner o José Corredor (como solía llamarse en esos años) agarró su juego de acuarelas e hizo un aviso publicitario por su propia cuenta, sin que nadie le ofreciera nada a cambio. Pegó su cartelito en un poste de luz frente a su casa y esperó el momento en el que el dueño del picó llegara preguntando quién había sido el autor de aquella publicidad. Cuando vieron al muchachito de dieciocho años la simple curiosidad se transformó en sorpresa, y de la sorpresa se pasó a los negocios. De repente, todos los dueños de los picós comenzaron a encargarle sus carteles, en cantidades modestas de ocho a doce ejemplares, nada comparado con las quinientas que puede hacer hoy en día para un baile organizado por el Rey de Rocha en la Plaza de Toros de la ciudad. Para esa época la única condición que exigía el Runner era que lo dejaran entrar a los baile de picó que él promocionaba.
La verdad es que José Corredor jamás creyó que bastaría con cursar cuarto de bachillerato para convertirse en leyenda. Hace 32 años, en la primera clase de inglés del Colegio de la Universidad Libre, a José Corredor se le ocurrió preguntarle al profesor cómo se decía su apellido en inglés.
– Fácil –le respondió el profesor–: se dice Runner.

Desde entonces, todos los que lo conocen, incluso hasta sus amigos más íntimos, lo llaman El Runner. José Corredor únicamente existe en la partida del bautismo y la cédula de ciudadanía. Si acaso en la memoria de sus padres. José Corredor es un fantasma jurídico comparado con aquel que la gente apoda como El Runner, ese que todos los vendedores del mercado de Bazurto pueden ubicar y señalar en medio de las aglomeraciones, entre las pilas de zapatos chinos y ropas de segunda mano, ese que cuando atraviesa los pasajes de El Colmenar los empleados dicen “ahí va el Runner”, como si conjuraran el elemento secreto para una receta de alquimia.
Runner no lo sabe, pero Cartagena es la ciudad donde los artistas aprenden a formarse entre las ruinas. Acá, afuera del Centro Histórico y los barrios de la élite, crece una ciudad de sueños podridos, un gimnasio de escombros reciclados y extintos que jamás sale en las postales ni en las propagandas de la Corporación Turismo. La gloria y el éxito son ideas que el agua se ha llevado en cada aguacero de mayo y, a veces, las únicas armas que sirven para mantenerse intacto son el silencio y el olvido.
Es en esta otra ciudad donde se encuentra el taller del Runner, taller que, dicho sea de paso, era anteriormente un sitio abandonado, rodeado de tripas de pescado y excrementos humanos. Para llegar allí hay que bajarse cerca de la Olímpica del mercado de Bazurto, luego caminar hacia el centro comercial El Colmenar y atravesarlo sin desvíos hasta el otro lado, en donde los transeúntes se adentran en un laberinto de restaurantes de mala muerte y negocios informales. Ése es el corazón de Bazurto, un corazón caliente, vibrante, húmedo. La luz del sol apenas si toca los caminos, pues sobre las chazas y los callejones se extiende una gran variedad de techos de bolsas plásticas que recuerdan la arquitectura de los cambuches militares. En aquella anarquía de vendedores de películas piratas y televisores de baja gama, uno puede advertir los rastros del Runner que van surgiendo en los avisos de las piñaterías y en las carretas varadas en las esquinas: todos con la misma letra cursiva y fluorescente que suele aparecer en los afiches del Rey de Rocha o en los pendones de El Imperio. Entonces, sólo es cuestión de andar unos cuantos metros más para encontrar al Runner metido en la escuadra de sus cuatro callejones, llevando a cabo sus afanosos brochazos.
UN MUNDO COMPLEJO
José Corredor Rodelo vive en la Magdalena, en Olaya Herrera, cerca del cementerio. En los días de trabajo sale hacia al taller en su moto, muy temprano. Espera hasta las 8:00 a.m., que es cuando llegan todos sus ayudantes y vales firmes. Posteriormente, empieza a pintar hasta las cinco de la tarde, descansando sólo al mediodía para almorzar. Al final de su jornada ya tiene listas las grandes cantidades de publicidad para El Rey de Rocha, El Géminis, El R.S, El Imperio, El Geovanoty, entre otros…, todos con pedidos de cien pliegos en adelante, pagados anticipadamente a mil pesos la unidad.
El mundo de los carteles de bailes de picós no es tan sencillo, mucho menos fácil. Para que funcione, primero los dueños del picó tienen que encargarles los carteles al Runner, encargo que va de las trescientas a las quinientas unidades. Luego, cuando se han pintado todos los avisos, éstos son recogidos por los cantineros (personas que reparten el trago en el lugar donde va a celebrarse el baile) y distribuidos por zonas, especialmente en los cuatro barrios que constituyen los pilares de las barriadas populares de la ciudad: Olaya Herrera, El Bosque, Torices y el propio mercado de Bazurto.
Cada uno de los pies de poste, las carteleras dobles, los carteles solitarios y las paredes completas son hechos a mano en un proceso que combina el trabajo artesanal con la producción en serie. Los pliegos en blanco de papel margarita se pegan cuidadosamente con bóxer en las paredes del taller, de tal manera que puedan ser removidos más tarde sin que se rompan. Una vez que los pliegos están acomodados, el Runner pinta el nombre del picó y el círculo donde estará escrita la fecha del baile. Después un ayudante traza el lugar y otro más pinta los nombres de los anfitriones que invitan al picó. Así hacen con todos los carteles, hasta completar los centenares de encargos que hoy podemos observar en las paredillas más remotas y en los sectores más olvidados de esta ciudad quebrada, sostenida emocionalmente a punta de música y de obscenidades literarias.
Estos carteles tienen la característica de que pueden verse a muchos metros de distancia: ya sea desde las ventanillas de las busetas, desde el montacargas de una camioneta o en el asiento trasero de la mototaxi, todos los habitantes de Cartagena han visto, a lo lejos, las letras rojas y luminosas de la publicidad de los bailes de picós. Esta estética de lo fluorescente tiene una razón histórica que el Runner resume en un comentario:
– Antes, cuando había toros en la Plaza de Toros, pegaban unos carteles del mismo color, todos tan igualitos que si uno pasaba por ahí no los distinguía de los avisos de huelgas y paros nacionales.
Yo me pregunto si no será precisamente por la intensidad del color, la sabrosura de la champeta y el erotismo de los bailes de picó, que este fenómeno artístico se posiciona en el mismo nivel crítico y social de las huelgas y los paros nacionales.

Crónica de una coctelería de 24 horas

Hace tres años, mientras Samir Prens preparaba un coctel de camarones a un taxista, Eliana Quiñones lo miraba. Lo hacía desde su puesto de comidas rápidas a unos pocos metros de la coctelería. Su cara, oculta tras el vapor de las salchichas y el crepitar de los chorizos en la plancha, era la de una mujer que sabe que va a enamorarse. Las varias noches que llevaban trabajando juntos, uno al lado del otro, los habían unido en secreto y siempre de la misma forma: ella mirándolo en su carrito de perros calientes y él sabiendo que lo observaban, resguardado en su glorieta de mariscos y frascos industriales de salsa de tomate.
La verdad es que estaban condenados a amarse desde que empezaron a coincidir en los turnos nocturnos. A veces, cuando la clientela de ambos parecía desaparecer en el silencio de la madrugada, no había otra opción que hablarse para no morir de sueño. Samir Prens fue el primero que rompió el hielo de la conversación. Cuando el tiempo iba más allá de la medianoche, se dirigía hacia el puesto de Eliana y la saludaba. Tenía entonces 36 años, usaba bluyines oscuros, suéter blanco y un delantal enorme que en lo único que se diferenciaba de una bata de laboratorio era que tenía el dibujito de un camarón anaranjado en el pecho. Antes las horas se les iban viendo televisión (cada uno por su lado) hasta que en la programación nacional salían las barras multicolores anunciando el fin de la emisión. Ahora, que Eliana no sólo lo miraba por sobre el vaho de las hamburguesas, sino que también dialogaban, podía el sol salir sin ningún apuro, porque el presentimiento de que ella se iba a enamorar había comenzado a hacerse efectivo.
La Coctelería de La Torre está ubicada entre el monumento a Cervantes y la avenida que divide al Banco Popular con el Parque del Centenario. Es la misma avenida que se llena de personas que intentan embarcarse en uno de los tantos colectivos que llevan hacia la Bomba del Amparo. En este momento hay un excedente de taxistas producto del reciente paro de conductores de buses que les ha dejado libre el camino. Buscan entre los transeúntes a un potencial pasajero. Llego a la coctelería donde está Samir Prens atendiendo a sus clientes, tiene 39 años, usa su uniforme de siempre y una gorra negra de la Harley Davidson. Detrás de él, ayudando y portando el mismo uniforme, se encuentra Eliana, ahora convertida en su esposa. Les pregunto cómo es posible que en esta historia de amor no haya habido ningún inconveniente y Eliana me responde de inmediato:
– Sí los hubo. Llegó un momento en que se me acabó el contrato y me salió otro trabajo mejor, así que me fui a otra parte a trabajar. Pero él no dejó de llamarme. Me siguió hablando hasta que hicimos más fuerte la relación. Entonces yo quedé embarazada y más tarde él me pidió que le ayudara aquí.
Entonces supe que aunque existan huecos en la carretera, los enamorados siempre tendrán su pedacito de asfalto para continuar sin problemas.

Turnos de 24 horas
Desde que Samir trabaja en la Coctelería de La Torre tiene un turno que se  inicia a las 8 de la mañana y termina a las 8 de la mañana del día siguiente. Luego descansa un día completo para volver a comenzar. Al principio, salía al Centro y regresaba a su casa en bicicleta, pero el cansancio de las horas de insomnio terminaron cobrándole una multa que casi acaba con su vida: una vez, volviendo a su casa, se durmió en plena carretera y sólo se despertó cuando su bicicleta chocó contra un carro detenido. Desde entonces, se transporta exclusivamente en mototaxi.

Me dice Samir que el sueño es lo peor. A veces él y Eliana se quedan dormidos en las sillas plásticas de los clientes hasta que alguna persona los llama para pedirles una gaseosa o un coctel. El televisor de 22 pulgadas hace mucho que dejó de entretenerles y no son todas las veces que pueden quemar las horas viendo las series gringas que pasan por el Canal Caracol después de las 12. Ocasionalmente, Samir conecta un DVD y pone una película que les mantenga alertas de los indigentes o borrachos que a veces se acercan para gritarles sandeces o robarles las sillas. Si la película es buena pueden vigilar su tierno patrimonio de mar compuesto por un nevecón de Coca-Cola, ocho frascos grandes de salsa de tomate, uno de mayonesa, un lavaplatos para enjuagar el marisco procesado y un pote con mentas para combatir el aliento a cebolla.
– A pesar del cansancio, este oficio enamora –dice Samir.
Y le creo. En este oficio encontró a su esposa y ha podido mantener a sus hijos. Supongo que ya debe tener el mismo corazón noble de los pescadores que pueden soportar la derrota de los días en que no cogieron nada. Van ocho años de alimentar poetas insomnes que se desvelan viendo el Reloj Público, ocho largos años brindándoles cocteles a cocheros, taxistas, meseros y pasajeros de colectivos. Una jornada laboral de 24 horas nada más puede recompensarla la melancólica república de vagabundos y automóviles que a esa hora brillan y se agitan bajo las luces amarillentas de los postes, como queriendo organizar un baile secreto para aquel que se esfuerza en la vida.
Sé que Samir Prens no se aburre de ser coctelero, porque cuando le pregunto si todavía disfruta comiendo sus propios cocteles de camarón me responde con picardía:
–Claro que sí. Imagínate: ya llevo cuatro hijos a punta de coctel de camarón.




lunes, 21 de julio de 2014

Una noche en la sala de espera

La noche en la sala de espera de un hospital tiene más de terminal de transportes que de establecimiento médico. Uno sólo tendría que imaginar morrales y maletas al lado de los enfermos para inventar que esperan un bus que los lleve a otro pueblo. Hoy, por ejemplo, bastaría con verles las caras largas a los pacientes del hospital para compararlos con personas a las que todavía no les llega el turno de subirse en el thermo king de Brasilia.
Da la sensación de que siempre vamos a permanecer en este absoluto silencio, esperando pasar de dos en dos para ser atendidos en un orden perfecto. Pero la verdad es que la calma que se registra ahora es una vaina rarísima porque no son todos los días en los que se mantiene este tipo de sosiego. Hay noches donde las casualidades construyen una trama inevitable de insultos y peleas. Son esas veces cuando, al correr las cortinas de su cama, una víctima se encuentra cara a cara con su atracador de hacía pocos minutos; o esas otras veces cuando un pandillero que llegaba desangrándose se entera que está acostado al lado del pandillero que lo había apuñalado, también desangrándose. Las auxiliares de enfermería guardan consigo toda clase de historias violentas que con el tiempo se han convertido en los referentes anecdóticos de la intolerancia y la delincuencia que se vive en la ciudad.
– ¿En qué fechas llegan más heridos? –le pregunto a una de ellas.
– Dicen que en noviembre, pero la verdad es que los bandidos no tienen fecha ni horario. En cualquier momento, ahora o más tarde, se puede formar.
Echo un vistazo a mi alrededor y siento el presagio de una tormenta. Este silencio que se percibe bien podría ser el ojo de un huracán. Analizo con cuidado la sala de espera: es una especie de lugar híbrido entre una cafetería y un laboratorio de química que transmite la misma soledad de las droguerías de 24 horas. Conformada por 17 sillas plásticas, un antiguo buzón de sugerencias y un televisor pantalla plana enclavado en una de las tantas esquinas superiores de la habitación. En este momento están transmitiendo una telenovela, la mujer a mi lado me aclara el nombre: La Suegra.
Hasta ese entonces, la oración mental más repetida es una súplica al cielo para que a nadie se le complique una herida o para que no rompan fuente las mujeres embarazadas, pues el hospital no puede usar ninguna de las dos salas de quirófano ni tampoco su sala de parto, con las que cuenta desde hace más de tres años. A éstas les hacen falta las lámparas principales y cierta voluntad política para comprarlas. En la misma situación están las habitaciones del segundo piso. La razón: no cumplen con los requisitos mínimos para funcionar. Algunas carecen de acondicionador de aire, baños especializados para discapacitados y del botón para llamar a las enfermeras. En el gobierno de Otero Gerdts se había prometido la utilización de estos espacios pero con la llegada del alcaldeDionisio Vélez esta promesa se detuvo en seco. Ahora, por las noches, el segundo piso destinado a la hospitalización se convierte en la siniestra república de murciélagos y sonidos sin causa aparente que las empleadas encargadas del aseo asocian a fantasmas.
Claro que no todo lo que ocurre supone una angustia. En los pasillos blancos y asépticos de este hospital han ido y venido innumerables “conversivos”. Así se les conocen a aquellas personas que simulan una enfermedad o una dolencia cuando están completamente sanas. Los hay desde ancianos que no quieren regresar a su hogar hasta mujeres que entran desmayadas en brazos del marido para que éste no tenga tiempo de irse a beber a la calle. Son farsas que funcionan más tiempo del debido sólo porque la humanidad de los doctores les impide desmentirlas.

Cada región tiene un talismán para combatir su propia desgracia. El nuestro es el sentido del humor con que nos burlamos de la pobreza y las adversidades que nos tocó cargar en la espalda. Aquí no nacemos con un pan bajo el brazo sino que en un sobaco traemos un problema y en el otro el chiste sobre ese problema. Pienso en esto cuando la doctora del turno nocturno me cuenta cómo un hombre que había recibido un disparo en los testículos sólo se limitaba a repetir “menos mal que me puse los calzones que no estaban rotos”.
Tanto es el mecanismo literario de nuestra miseria que incluso ahora, cuando el reloj de pared sobre el atrio de las enfermeras marca las 11:36 p.m., llega desde la ambulancia un señor fracturado en la pierna izquierda por haberse caído de un palo de mango mientras intentaba agarrar a un gallo fino. Quizás aquello no es otra cosa que el doctor Juvenal Urbino trasladando su muerte de novela a un accidente de ciudad real.
Debo decir que he venido en una noche donde la guerra por el derecho a la salud no se llevó a cabo. No hubo pacientes desesperados insultando a los vigilantes ni enfermos decepcionados con una pastilla de ibuprofeno en la mano. Los médicos y las auxiliares de enfermería son los únicos seres moviéndose en el ámbito lechoso de las lámparas fluorescentes. Están atentos, diligentes, tomando notas en sus escritorios rodeados de agua salina y potes con jeringas. No queda nadie en la sala de espera, aunque es muy probable que dentro de poco vuelva a llenarse este lugar y el ruido regrese a conquistar sus viejos territorios. Entonces retornarán los gritos y las súplicas secretas para que abran el segundo piso. Mientras tanto insisto en distraerme con una pésima telenovela que no sé por qué huele a madrugada, y veo en torno mío y no hay quien me haga compañía, y soy como esas muchachas solitarias que se quedan trapeando los pisos astillados de una terminal de transportes en donde sólo queda intacto el silencio.