Este blog recoge y actualiza mi trabajo periodístico en Colombia desde el año 2010. Cada escrito mantiene un interés por la cultura popular, los imaginarios urbanos y la importancia social de los marginados, denunciando las estructuras de poder que nos impiden desarrollarnos como una sociedad intelectual. También les comparto mi obra ensayística, con la cual he recibido algunos reconocimientos, pero nunca uno mayor como el honor de ser leído por ustedes. Ahí les dejo mi visión del mundo.
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martes, 23 de mayo de 2017
Editorial en Caracol Radio sobre la suspensión del alcalde Manolo Duque
A todos mis amigos les comparto un fragmento de mi debate editorial en Caracol Radio (1170 AM) sobre la crisis institucional que vive Cartagena a raíz de la suspensión del alcalde Manolo Duque por causa de la Tragedia de Blas de Lezo.
miércoles, 17 de mayo de 2017
El estímulo de la tragedia: editorial en Caracol Radio sobre la tragedia de Blas de Lezo
Les comparto un fragmento de mi primer editorial en Caracol Radio (1170 AM). Evoca la tragedia ocurrida en el barrio Blas de Lezo y reflexiona en torno a la negligencia de la actual administración del alcalde de Cartagena, Manuel Vicente Duque.
Ver en YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=jBnSAJrvN9o
Ver en YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=jBnSAJrvN9o
El estímulo de la tragedia
En Colombia se ha vuelto una mala costumbre que un gran número de nuestros funcionarios actúe con diligencia y aplomo siempre después de las tragedias. Es como si las catástrofes fueran su combustible ideal, la gasolina sin la cual no pudiera funcionar su indolente sentimiento del deber. En últimas, son funcionarios que necesitan de un espantoso detonante mediático para ponerse a trabajar.
Esto es lo que ha ocurrido en torno al control y la vigilancia de las construcciones ilegales en Cartagena. Tuvo que caerse un edificio de seis pisos sin licencia, dejando a 21 personas muertas y 23 heridas, para que la administración del alcalde Manuel Vicente Duque se empeñara en revisar las edificaciones ilegales que a diario se están levantando en la ciudad.
Sólo horas después del desplome del edificio Portales de Blas de Lezo II, una inspección relámpago llevada a cabo por la Alcaldía, la Secretaría de Planeación, la Secretaría del Interior, la Oficina de Control Urbano y los alcaldes locales arrojó el dato de que 48 de las 75 obras examinadas no poseen licencias (30 en la Localidad 1, 11 en la localidad 2 y 7 en la localidad 3), lo cual constituye un 64% de ilegalidad.
Esta investigación, realizada con un esmero hipócrita y populista, bien pudo hacerse antes de la tragedia de Blas de Lezo, entonces hubiera sido una maravillosa labor de la cual pudieran sentirse orgullosos nuestros funcionarios. Pero qué va, aquí en Colombia la seriedad y la diligencia no son síntomas de la prevención sino de la culpa, y por eso la mayoría de nuestros dirigentes y organismos de control sólo mueven un dedo cuando sobre ellos recae el llanto de las víctimas y el señalamiento de los medios.
Si en la sabiduría popular se suele decir que un hombre prevenido vale por dos, a partir de lo ocurrido en Blas de Lezo los cartageneros empezarán a murmurar que un Manolo desprevenido vale por 21 víctimas. Y quién sabe cuántas más. Nada bueno le espera a una ciudad en donde la tragedia es el estímulo necesario para cumplir con el deber. ¿Tendrá que derrumbarse el cerro de La Popa y arrasar con los barrios circundantes para que alguien piense en la peligrosa erosión que hay allí? ¿Es imperioso que se caiga el Mercado de Bazurto para que consideren una reubicación digna de sus vendedores? ¿Debe morir de hambre un antiguo comerciante del Mercado de Santa Rita para que puedan terminar la remodelación de ese mercado? ¿Hay que esperar un desastre multitudinario en Canapote para que alguien finalice el Hospital de Canapote? Ojalá la muerte no sea quien deba responder estas preguntas.
El ruido de un cambio
Cambiar la historia es un acto delicado que durante mucho tiempo sólo ha sido reservado para unos pocos afortunados o poderosos. Quienes pueden modificar el tiempo “memorable” poseen la capacidad de borrar civilizaciones enteras, erigir héroes o villanos, imponer dioses o embellecer gestas como si fueran ebanistas del viejo mueble de los siglos y decidieran quién se sienta en él y quién permanecerá por fuera, invisible a la memoria de las futuras generaciones.
Trotsky, por ejemplo, fue borrado por Stalin de todas las fotografías de la Revolución Rusa. De igual forma, los colonizadores españoles arrasaron con casi todas las culturas precolombinas a través del genocidio y el evangelio. Como consecuencia de estos cambios, Stalin se alzó con el poder de la Unión Soviética y millones de descendientes de negros e indígenas politeístas integran, hoy en día, las naciones más católicas del mundo.
Pero esta es la historia moldeada por los poderosos. En este momento me interesa más la historia que construyen los afortunados. Uno de ellos es el profesor Sergio Paolo Solano Aguas, quien hace poco presentó una investigación en la que asegura que Pedro Romero, protagonista de la independencia cartagenera, no era cubano –como se creía– sino que había nacido en Cartagena. En su trabajo, Solano Aguas afirma que a Romero no le decían “El matancero” por provenir de Matanzas (Cuba), sino por confiscar varios cerdos en el barrio Getsemaní y destinarlos al matadero por orden del Cabildo durante una época de escasez alimentaria en 1808. En la versión del profesor, Romero era un próspero artesano que se había ganado la confianza de las autoridades españolas hasta su adhesión a los movimientos independentistas en 1811.
Lo que me emociona de este descubrimiento es la idea de que aún es posible concebir la historia de Cartagena como un debate abierto, un territorio cuya cartografía de tiempo todavía pide a gritos islas de acontecimientos. Tal vez sea este el momento para que la ciudadanía también ejerza ciertas transformaciones en la historia de su ciudad.
En un famoso cuento de Ray Bradbury, “El ruido de un trueno”, un viajero en el tiempo advierte de los peligros de afectar la historia, cree que una pequeña modificación en el pasado puede alterar radicalmente el futuro. Hacia el final, alguien aplasta por accidente una mariposa 60 millones de años atrás y provoca el fascismo en el presente. Quizás los cartageneros debamos emplear un proceso contrario: aplastar monumentos de colonos, conquistadores y políticos corruptos de antaño, y dejar que las mariposas evolucionen lentamente.
Contra la doble moral
Ver a Alejandro Ordóñez y a Álvaro Uribe convocar una marcha en contra de la corrupción es como ver al diablo invitando a celebrar la eucaristía. Pura doble moral. Jamás en la historia política colombiana del siglo XXI se había visto un ejemplo tan contundente del ejercicio público de la hipocresía.
Un ex procurador, que hasta hace algún tiempo perseguía a la comunidad LGBTI y a un puñado de políticos de izquierda mientras se sucedían calladamente escándalos como los desfalcos de Reficar y los sobornos de Odebrecht, se alía con un expresidente ebrio de poder, hoy senador de un partido político que también persigue a las minorías, y juntos forman el dúo memorable que sacará al país de su nauseabunda crisis institucional. El chiste se cuenta solo, pero no sé si reírme ante tal payasada de la realidad política.
Hay que tener mucho cuidado con la doble moral: ella nos consume, nos arroja hacia un vergonzoso caldo de subdesarrollo nacional, y es en muchos aspectos peor que la corrupción porque cuando pasa inadvertida es capaz de presentar a los verdaderos corruptos como si fuesen héroes de la patria, profetas enviados por la Providencia o la intelectualidad secular.
Decía Shakespeare en Macbeth que la vida es un cuento contado por un idiota, yo creo que la vida en Colombia la están narrando los hipócritas. De ahí que nuestro discurso sobre la paz, la legalidad y la justicia sea tan volátil, pues no lo sentimos en realidad, sino que nos sirve (especialmente a los políticos) para engolosinar multitudes y engrandecer nuestro poder electoral.
Al final, el que Ordóñez, Uribe y su séquito de partidarios del Centro Democrático instiguen a marchar contra la corrupción es otra muestra más de que lo que mueve a los políticos colombianos no es la conciencia ni la ética, sino la venganza, el oportunismo y la sinvergüenzura: tres elementos que integran todos nuestros dolores de patria y hacen de la doble moral el himno que nos fulmina.
Esta es una marcha vengativa porque, en el fondo, los ultraderechistas que la promueven todavía no le perdonan a Santos el haber iniciado un acuerdo de paz con las FARC, de modo que la movilización servirá como saboteo. Es también una marcha del oportunismo porque en ella se da la ocasión perfecta para hacer una campaña política por debajo de la mesa. Y es una marcha de la sinvergüenzura porque a la hora de la verdad, cuando de escándalos de corrupción se trata, casi todos los caminos conducen a Uribe y, últimamente, a Ordóñez.
viernes, 24 de marzo de 2017
Columnistas de opinión más leídos de Bolívar de acuerdo a Cifras & Conceptos (año 2016)
En este link pueden descargar todos los resultados de la encuesta: http://cifrasyconceptos.com/wp-content/uploads/2016/10/Panel-de-opini%C3%B3n-2016-VF-2.pdf?8ab3a8
jueves, 16 de marzo de 2017
‘Ríos de Odio’
Siempre traté de no hablar en mis escritos del pastor Miguel Arrázola, fundador de la Iglesia Cristiana Ríos de Vida, pues pensaba que mencionar su nombre era una forma de hacerle publicidad a su oratoria homofóbica, reaccionaria, racista y, en el fondo, anticristiana. “Que hablen bien o mal, pero que hablen”, parecía ser el propósito promocional de este líder religioso, y durante mucho tiempo evité caer en ese desvergonzado proyecto propagandístico. Esta vez, sin embargo, es necesaria una excepción.
La noche del 10 de marzo, en su prédica llamada ‘Viernes de milagros’, Arrázola pronunció un discurso en el que arremetió contra el periodista Lucio Torres (quien en el pasado ha visibilizado los descabellados ingresos económicos del pastor), intimidándolo con la hipótesis de su asesinato: “Yo tengo unos manes tablúos aquí con los que te puedo hacer la vuelta, dale gracias a Dios que soy nacido nuevo y tengo el Espíritu Santo y a Jesucristo en mi corazón porque hace rato estuvieras en la Ciénaga de la Virgen metido en el fondo”.
En ese mismo discurso, luego de un par de referencias en contra de los musulmanes y los judíos, Arrázola comentó: “Este es el año de la venganza de nuestro Dios, todos los que se burlaron de nosotros en el 2016, prepárense, porque Dios se va a vengar”.
El aforo de su iglesia estaba casi a reventar. Cada frase del pastor iba precedida de risas, aplausos y jubilosos Amén. Desde un púlpito con escaso público esto no hubiera sido tan preocupante, pero con miles de seguidores la cosa es distinta: el pastor se ha convertido en un líder político capaz de incitar el odio en las masas, algo que debería ser considerado por el Estado como un problema de orden público.
Da miedo ver cómo algunas personas deforman el mensaje cristiano. ¿Qué tiene que ver el ‘Sermón de la Montaña’ o las parábolas del sembrador y de los talentos con el lenguaje amenazante de Arrázola? La distancia entre la vocación poética de Jesús y el discurso chambón del líder de Ríos de Vida es inconmensurable. Mientras que Cristo se vale de un granito de mostaza para reflexionar en torno al poder de la fe, Arrázola apenas si menciona la Ciénaga de la Virgen para decir que, si no fuera cristiano, ahí terminarían sus muertos: como si el Nuevo Testamento no fuera una bendición sino un impedimento.
A todos los que no creemos en la estafa metafísica de este pastorcito mentiroso, nos queda un consuelo: dar gracias a Dios que Arrázola aún se limita a usufructuar maliciosamente el evangelio, porque si no, estuviéramos ante un tipo capaz de actos más perversos.
viernes, 3 de marzo de 2017
El mercado que no fue
Como casi todas las historias sobre obras inconclusas en Cartagena, la del Mercado de Santa Rita empieza con Dionisio Vélez Trujillo. En el 2014, durante su gobierno atípico, Vélez Trujillo comenzó el proyecto de remodelación del antiguo Mercado de Santa Rita para convertirlo en una especie de supermercado moderno que tendría por nombre “Santa Rita Plaza”. El proyecto se dividió en dos fases: la primera se llevó a cabo en febrero de 2014 y tuvo una inversión de 7.622 millones de pesos; mientras que la segunda arrancó en abril de 2015 y costó otros 4.800 millones más.
Según lo proyectado por Vélez Trujillo y sus contratistas, la obra sería terminada hacia diciembre de 2015, pero cuando la fecha llegó los habitantes de Santa Rita se encontraron con un edificio en pañales que todavía no tenía sus locales adjudicados a los vendedores y que, además, carecía de la dotación física adecuada para su correcto uso, es decir, se habían olvidado de instalar congeladores, mostradores, neveras y persianas de contención en las rampas de acceso existentes en el diseño original del nuevo mercado. La obra fue suspendida el 17 de diciembre porque no habían revisado los medidores de energía de 256 locales comerciales.
Sin embargo, estos contratiempos no impidieron que Dionisio Vélez “entregara” el mercado el 31 de diciembre, el último día de su mandato. Aquel fue un evento ridículo en el que el exalcalde no inauguró nada, pero simuló hacerlo, y los cartageneros sufrimos la estupidez (o la sinvergüenzura) de un gobernante que podía entregar una obra que días antes ya había sido suspendida.
Cuando Manuel Vicente Duque asumió la alcaldía en enero de 2016, una de sus primeras promesas consistió en resarcir la ineptitud de la administración anterior frente a este mercado. Fue así como en agosto de 2016 se invirtieron unos 1.700 millones adicionales para finalizar la adecuación del mercado. Esta vez, la promesa de apertura se fijaba en noviembre del año pasado, pero ‘Manolo’ tampoco cumplió, fiel a la mala costumbre del político colombiano promedio que promete el cielo y no da ni las sandalias de San Pedro.
En total, el Distrito se ha gastado 14.122 millones de pesos y el Santa Rita Plaza sigue siendo, en pleno 2017, el mercado que no fue. Su fachada gris e inacabada constituye un monumento a la negligencia y al abandono institucional. Mientras tanto, los vendedores que fueron sacados de su antiguo mercado con el sueño de un lugar mejor intentan ganarse, en la informalidad, la vida que la corrupción les está robando día a día.
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