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lunes, 21 de julio de 2014

Meridianos de barrios y rayuelas

Despierto y en el televisor sigue pronunciándose la misma noticia de hace dos días: Nicaragua adquiere gran parte del mar territorial colombiano.
Luego vienen las decepciones en las redes sociales, los desencantos de quienes no querían que nos quitaran un trozo de mar allá a kilómetros de distancia de nuestra habitación, donde quizás ni llegue el canto melancólico del pescador sanandresano.

Dadas aquellas protestas nacionales, no logro comprender cómo funciona aquí el patriotismo: la misma gente que se lamenta porque se pierde el agua del meridiano 82 no parece preocuparse por la patria perdida de nuestras propias ciudades. El Centro, San Diego, las Islas del Rosario, Chambacú y algunas partes de Getsemaní son los sitios señalados por el tiempo, destinados a desaparecer de nuestros sentidos como fantasmas del pasado traídos por un desesperado esfuerzo de la memoria. Y es que no existe una corte que observe detalladamente la frontera invisible de estos barrios. Porque éste es un litigio más complejo y advertido: el de los ricos contra los pobres, el de los nativos contra los que vienen a quitarlo todo.

El gran problema de la propiedad privada es que no entiende de nostalgia. Si se necesita vender, se vende, sin importar el chiquero que fue la infancia, sin tenerse en cuenta los recuerdos de los demás que aún se aparecen sobre las calles despavimentadas. Aquí cada día suben los impuestos, y son más caros por estrato. A los pocos nativos que todavía viven en sus casas coloniales no les queda más que esperar al hotelero que se las compre. Por eso a veces pienso que en lugares donde se quiere construir un reducto de ricos primero imponen las condiciones para que ningún pobre pueda seguir viviendo en ellos. ¿Quieren una solución? No cobrar por estratos, que se haga por la declaración de renta, por la calidad de vida.

Mientras tanto yo sigo cogiendo el mismo colectivo de hierros oxidados, andando hacia la Universidad de Cartagena y escuchando de vez en cuando una nota de piano en una casa a lo lejos a la que nunca entraré porque no es mía ni de nadie que conozca. Y seguiré observando desde el salón de clases los tejados antiguos, el golero posado en la punta de las iglesias como un calcetín quemado. No tengo más opción que permanecer como un simple espectador de la catástrofe, casi inevitable, de este exilio paulatino, donde me siento más extraño. Un bicho raro. Un hombre que ha nacido en un sitio y termina viviendo en otro completamente ajeno sin siquiera cambiar de residencia. Nos esperan menos metros, menos meridianos de barrios y rayuelas.

Borges creía en otros mundos donde otros como él ya habían recibido los muchos libros y la sombra. Pienso que yo también he de vivir lo mismo: por estas calles vacías y extranjeras otro ya habrá luchado por su patria de cometas y casas viejas.

Sin saber si aquel soñador habrá ganado su pelea, cuento con la mala suerte de nunca verlo por ahí, caminando.

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