Este blog recoge y actualiza mi trabajo periodístico en Colombia desde el año 2010. Cada escrito mantiene un interés por la cultura popular, los imaginarios urbanos y la importancia social de los marginados, denunciando las estructuras de poder que nos impiden desarrollarnos como una sociedad intelectual. También les comparto mi obra ensayística, con la cual he recibido algunos reconocimientos, pero nunca uno mayor como el honor de ser leído por ustedes. Ahí les dejo mi visión del mundo.
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lunes, 3 de julio de 2017
Editorial de Orlando Oliveros en Caracol Radio sobre la dejación de armas de las FARC
Comparto mi editorial radial en Caracol Radio (1170 AM) sobre la dejación de armas de las FARC, la paz como estilo de vida y la esperanza de un mejor futuro para Colombia. Luchemos porque nuestra historia sea una parranda perpetua que le dé la espalda a la guerra.
viernes, 30 de junio de 2017
Contra el oportunismo
Los colombianos deberíamos revestirnos de dignidad y censurar a todos aquellos personajes que sacan provecho político de las tragedias ajenas. No votar más por ellos, no seguirles la corriente, nunca más considerarlos como opciones viables para el escenario electoral. Ése sería un castigo sensato para semejante grupo de oportunistas deshumanizados.
Digo todo esto porque apenas habían transcurrido un par horas desde el atentado en el centro comercial Andino en Bogotá cuando ya el expresidente Álvaro Uribe y los integrantes del Centro Democrático estaban enviando mensajes en contra del Gobierno nacional y su política de negociación con la guerrilla de las FARC. “El culpable directo de la escalada terrorista es Juan Manuel Santos, le ha entregado todo a criminales a cambio de nada”, escribió el congresista Álvaro Prada en su cuenta de Twitter; “La ‘paz’ de Santos nos devolvió a la Colombia de 2002” trinó también la senadora Margarita Restrepo. Uribe fue más lejos: compartió una cadena de WhatsApp (todo parece indicar que inventada por él mismo) en donde se narraba la historia ficticia de un empresario horrorizado por el atentado que se quejaba de que el presidente le estuviera “entregando el país a los bandidos”.
Los anteriores mensajes –y otros tantos que no citaré– nos revelan el estado de insensibilidad al que ha llegado el uribismo. Allí donde hay víctimas y crece el terror, ellos ven una escalera hacia el poder y un motivo más para polarizar la nación. En lugar de condolencias sinceras, el uribismo ofrece odio, busca los pliegues más siniestros de nuestra irracionalidad para crear su masa de votantes “emberracados”.
En un poema de Rómulo Bustos titulado “El Carroñero”, aquellos que pelan el hueso también son capaces de purificarlo de la pútrida excrecencia, contribuyendo así a la resurrección de los muertos. Uribe no es esa clase de carroñero, Uribe es un vulgar cuervo. Él no redime ni purifica nada, sólo alimenta su discurso con muertos que no le importan.
En el fondo no me extraña que el uribismo haya utilizado el atentado en el Andino como una excusa para canalizar sus consignas políticas, no puede esperarse menos de un grupo que se ha centrado en torpedear los acuerdos de paz porque, efectivamente, su sustento ideológico se encuentra en la guerra.
Es nuestro deber como colombianos censurar este tipo de corrientes políticas que pretenden construir su hegemonía a costa del sufrimiento de los demás. Es suficiente, Colombia no necesita del odio y los escalofríos para progresar.
martes, 20 de junio de 2017
Editorial de Orlando Oliveros en Caracol Radio sobre el Paro de Maestros en Colombia
Comparto un fragmento de mi editorial en Caracol Radio (1170 AM) sobre el oficio más ingrato de Colombia: la docencia. Esto a propósito del paro nacional de maestros y sus implicaciones en la realidad del país. Me permití la lectura de un poema de Nicanor Parra quien, en un momento de su trabajo poético, pudo representar en sus versos la melancolía y el duro sacrificio que supone dedicar la vida a dar clases:
sábado, 10 de junio de 2017
Editorial de Orlando Oliveros sobre el pastor Miguel Arrázola y su proyecto político en el 2018
Comparto un fragmento de mi editorial de hoy en Caracol Radio (1170 AM) sobre el pastor Miguel Arrázola y sus proyectos políticos para el 2018, a propósito de las declaraciones de Juan Carlos Vélez reveladas por Daniel Coronell en las que afirmaba que Arrázola piensa postularse a la alcaldía de Cartagena el año entrante.
Descifrando pergaminos
El 5 de junio de 1967 salió a la venta la primera edición de Cien años de soledad, publicada por la Editorial Sudamericana. Desde entonces, el nombre de América Latina no ha sido el mismo y el universo literario de la narrativa en español ha estado sufriendo todo tipo de transformaciones estéticas. Cien años de soledad fue, como aquellos libros soñados por Kafka, un hachazo que rompió el mar helado dentro de nosotros mismos y que nos hizo contemplar la dolorosa y festiva pulpa de nuestra cultura.
Hoy, cincuenta años después, muchos nos seguimos preguntando si aquella hacha sigue teniendo el mismo filo de antes. Para el escritor peruano Santiago Roncagliolo, por ejemplo, la novela ya no representa a la América Latina contemporánea y por lo tanto carece de la vigencia que tuvo en el pasado. Harold Bloom, que a mi juicio es uno de los críticos literarios más perspicaces de nuestro tiempo, comentó alguna vez que releer Cien años de soledad le producía cierto cansancio fruto de un “fragor estético” en el que cada página de la novela estaba llena de vida, más allá de la capacidad de asimilación de cualquier lector.
Me parece que ese fragor estético no es un defecto sino una virtud en la cual reside el instinto de supervivencia de esta obra maestra. Es un libro que no podemos leer con la pretensión de abarcar todas sus aristas porque terminaríamos aplastados por una serie infinita de hechos cotidianos contados con la cadencia de los primeros vallenatos. Lo cual nos obliga a hacer de cada lectura, una lectura deliberadamente incompleta. De modo que aunque pasen los años siempre habrá alguien que pueda ver en la ciudad de los espejos un reflejo nuevo.
Por estos días he estado pensando en los pergaminos de Melquíades. En esos pergaminos escritos en sánscrito yacía encriptada la historia, habida y por haber, de Macondo. Aunque Arcadio los escuchó de la boca del gitano y Aureliano Segundo y José Arcadio Segundo intentaron leerlos, ninguno pudo descifrarlos pues estaba previsto que se cumplieran cien años antes de que el último de los Buendía pudiera entenderlos.
Tal vez las grandes revoluciones políticas o artísticas también estén fijadas para una generación en especial. Quizás para acabar con el conflicto armado en Colombia era necesario que fracasaran varios de nuestros predecesores. Y he aquí mi nueva lectura de Cien años de soledad: debemos imaginar que siempre somos la última generación a la que le han destinado una valiosa oportunidad sobre la tierra, en donde hay que moverse rápido porque sólo por un momento nos es dado descifrar los pergaminos.
martes, 6 de junio de 2017
Editorial de Orlando Oliveros en Caracol Radio sobre los 484 años de la fundación de Cartagena
Comparto un fragmento de mi editorial de hoy en Caracol Radio (1170 AM) sobre Pedro de Heredia y el aniversario número 484 de la "fundación" de la ciudad de Cartagena. Para empezar a soñar con una ciudad más digna, es necesario que desaparezca en nuestras fechas especiales el culto a los bandidos.
El primer crimen que cometió Pedro de Heredia fue en España: después de ser atacado por seis hombres que le rebanaron la nariz, cobró venganza con tres de ellos y los apuñaló hasta la muerte. Entonces huyó hacia las "Indias" para no ser enjuiciado. Se estableció en Santo Domingo, dedicándose a los oficios agrícolas, luego partió para Santa Marta en donde fue nombrado teniente del gobernador interino Pedro Vadillo y colaboró con el saqueo y la esclavización contra los grupos indígenas de la zona. Se dice que el 1 de junio de 1533 fundó la ciudad de Cartagena, de la cual fue nombrado gobernador, y que profanó las tumbas de todo el territorio de los Sinúes (o Zenúes) que tenían por costumbre sepultar a sus muertos con cascabeles y ofrendas de oro. Fue tanta su barbarie que el obispo de Cartagena, fray Tomás del Toro, lo acusó ante la Corte por el maltrato a los indígenas. Heredia era famoso por destajar narices, orejas, tetas y labios (tal vez un trauma ocasionado por su nariz cortada), le gustaba apresar caciques y mantenerlos en el calabozo por años. Finalmente, en 1555, fue declarado culpable por la Corona Española de muchos crímenes, entre ellos la apropiación indebida de fondos, la exportación de oro sin quintar y nepotismo en el otorgamiento de cargos y encomiendas. Heredia, sabiendo de su inevitable condena, huyó de Cartagena y murió en un naufragio rumbo a España.
Éste fue, cartageneros y cartageneras, el bandido hijo de la grandísima que nos fundó hace 484 años.
Yo por eso no celebro nada, ni ando poniendo globitos de fiesta. Este es un día que debería tener el sentido de un obituario en el que se conmemoren las masacres, las violaciones y la esclavitud de los nativos que ya estaban aquí cuando a los cosquistadores se les dio por decir que habían descubierto un Nuevo Mundo.
viernes, 26 de mayo de 2017
Editorial de Orlando Oliveros sobre el alcalde encargado de Cartagena, Sergio Londoño
Comparto un fragmento de mi editorial de hoy en Caracol Radio (1170 AM). En él trato 3 temas:
1) Lo desatinado y homofóbico que resulta tratar de desmeritar la imagen del alcalde encargado de Cartagena, Sergio Londoño Zurek, a razón de su orientación sexual.
2) La distribución desigual de las oportunidades de liderazgo actuales en Cartagena (razón por la cual acceden siempre los mismos al poder).
3) Lo que se puede esperar del alcalde en el plano simbólico de cara a la conmemoración del aniversario de la fundación de la ciudad.
Entre todos sé que podemos construir una Cartagena más incluyente y justa con sus habitantes. Francamente espero que en su corto período de gobierno, Londoño Zurek pueda sorprendernos de la mejor manera.
1) Lo desatinado y homofóbico que resulta tratar de desmeritar la imagen del alcalde encargado de Cartagena, Sergio Londoño Zurek, a razón de su orientación sexual.
2) La distribución desigual de las oportunidades de liderazgo actuales en Cartagena (razón por la cual acceden siempre los mismos al poder).
3) Lo que se puede esperar del alcalde en el plano simbólico de cara a la conmemoración del aniversario de la fundación de la ciudad.
Entre todos sé que podemos construir una Cartagena más incluyente y justa con sus habitantes. Francamente espero que en su corto período de gobierno, Londoño Zurek pueda sorprendernos de la mejor manera.
jueves, 25 de mayo de 2017
Lo Amador no se olvida
En el barrio Lo Amador de la ciudad de Cartagena las lluvias no huelen a tierra mojada sino a tragedia, a catástrofe inminente. Un talud de 40 metros de largo por 5 metros de alto amenaza en cada invierno sepultar una calle entera. Quienes no conviven con este peligro diario no se imaginan lo tenebroso que pueden ser un par de nubes negras. Pero las diez familias de la calle San Fernando sí que lo saben, pues han tenido que lidiar con la idea de un desastre anunciado desde hace más de doce años.
La historia de las casas en alto riesgo de Lo Amador comienza en el 2005. En abril de ese año, funcionarios de la Oficina para la Prevención y Atención de Desastres del Distrito visitaron el barrio y declararon en “situación de amenaza” a las casas en la calle San Fernando; también recomendaron que la Secretaría de Infraestructura le hiciera una evaluación técnica a la zona, que Corvivienda contemplara algún programa de reubicación para las familias afectadas y se construyera, con prontitud, un talud de concreto para mitigar el peligro de un derrumbe.
Estas recomendaciones fueron ignoradas. En febrero de 2007, durante la alcaldía de Nicolás Curi, se destinaron 30 millones de pesos (de un presupuesto general de 600 millones) para realizar estudios topográficos en el barrio. Diez años después (2017), la coordinadora de la Oficina Asesora para la Gestión del Riesgo de Desastres, Laura Mendoza Bernett, insiste en realizar nuevamente estos estudios. ¿Qué pasó entonces con los 30 millones? ¿Se perdieron? ¿Se malgastaron? ¿Se los robaron?
Mientras la ruleta de la negligencia y la corrupción gira sin fin, en Lo Amador los aguaceros se reciben con espanto y los procesos de reubicación se tornan humillantes. Las soluciones que el Distrito les ofrece a estas diez familias en riesgo carecen de imaginación y no se ciñen a estándares dignos: pueden abandonar sus casas por un miserable subsidio trimestral de 600.000 pesos o pueden irse a vivir a un improvisado albergue en los estadios de la ciudad hasta que acabe la temporada de lluvias que, según el IDEAM, se extenderá a junio.
Nuevas casas no habrá, porque el Estado aún le falta reubicar a las familias damnificadas por los inviernos de años anteriores. Hoy, por no querer irse de sus casas bajo esas condiciones indignas, a las personas de la calle San Fernando las quieren obligar a firmar un papel en el que las responsabilizan de sus propias muertes. Es un papel cínico y perverso que muestra a una Alcaldía experta en lavarse las manos, esta vez con el agua de la lluvia.
martes, 23 de mayo de 2017
Editorial en Caracol Radio sobre la suspensión del alcalde Manolo Duque
A todos mis amigos les comparto un fragmento de mi debate editorial en Caracol Radio (1170 AM) sobre la crisis institucional que vive Cartagena a raíz de la suspensión del alcalde Manolo Duque por causa de la Tragedia de Blas de Lezo.
miércoles, 17 de mayo de 2017
El estímulo de la tragedia: editorial en Caracol Radio sobre la tragedia de Blas de Lezo
Les comparto un fragmento de mi primer editorial en Caracol Radio (1170 AM). Evoca la tragedia ocurrida en el barrio Blas de Lezo y reflexiona en torno a la negligencia de la actual administración del alcalde de Cartagena, Manuel Vicente Duque.
Ver en YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=jBnSAJrvN9o
Ver en YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=jBnSAJrvN9o
El estímulo de la tragedia
En Colombia se ha vuelto una mala costumbre que un gran número de nuestros funcionarios actúe con diligencia y aplomo siempre después de las tragedias. Es como si las catástrofes fueran su combustible ideal, la gasolina sin la cual no pudiera funcionar su indolente sentimiento del deber. En últimas, son funcionarios que necesitan de un espantoso detonante mediático para ponerse a trabajar.
Esto es lo que ha ocurrido en torno al control y la vigilancia de las construcciones ilegales en Cartagena. Tuvo que caerse un edificio de seis pisos sin licencia, dejando a 21 personas muertas y 23 heridas, para que la administración del alcalde Manuel Vicente Duque se empeñara en revisar las edificaciones ilegales que a diario se están levantando en la ciudad.
Sólo horas después del desplome del edificio Portales de Blas de Lezo II, una inspección relámpago llevada a cabo por la Alcaldía, la Secretaría de Planeación, la Secretaría del Interior, la Oficina de Control Urbano y los alcaldes locales arrojó el dato de que 48 de las 75 obras examinadas no poseen licencias (30 en la Localidad 1, 11 en la localidad 2 y 7 en la localidad 3), lo cual constituye un 64% de ilegalidad.
Esta investigación, realizada con un esmero hipócrita y populista, bien pudo hacerse antes de la tragedia de Blas de Lezo, entonces hubiera sido una maravillosa labor de la cual pudieran sentirse orgullosos nuestros funcionarios. Pero qué va, aquí en Colombia la seriedad y la diligencia no son síntomas de la prevención sino de la culpa, y por eso la mayoría de nuestros dirigentes y organismos de control sólo mueven un dedo cuando sobre ellos recae el llanto de las víctimas y el señalamiento de los medios.
Si en la sabiduría popular se suele decir que un hombre prevenido vale por dos, a partir de lo ocurrido en Blas de Lezo los cartageneros empezarán a murmurar que un Manolo desprevenido vale por 21 víctimas. Y quién sabe cuántas más. Nada bueno le espera a una ciudad en donde la tragedia es el estímulo necesario para cumplir con el deber. ¿Tendrá que derrumbarse el cerro de La Popa y arrasar con los barrios circundantes para que alguien piense en la peligrosa erosión que hay allí? ¿Es imperioso que se caiga el Mercado de Bazurto para que consideren una reubicación digna de sus vendedores? ¿Debe morir de hambre un antiguo comerciante del Mercado de Santa Rita para que puedan terminar la remodelación de ese mercado? ¿Hay que esperar un desastre multitudinario en Canapote para que alguien finalice el Hospital de Canapote? Ojalá la muerte no sea quien deba responder estas preguntas.
El ruido de un cambio
Cambiar la historia es un acto delicado que durante mucho tiempo sólo ha sido reservado para unos pocos afortunados o poderosos. Quienes pueden modificar el tiempo “memorable” poseen la capacidad de borrar civilizaciones enteras, erigir héroes o villanos, imponer dioses o embellecer gestas como si fueran ebanistas del viejo mueble de los siglos y decidieran quién se sienta en él y quién permanecerá por fuera, invisible a la memoria de las futuras generaciones.
Trotsky, por ejemplo, fue borrado por Stalin de todas las fotografías de la Revolución Rusa. De igual forma, los colonizadores españoles arrasaron con casi todas las culturas precolombinas a través del genocidio y el evangelio. Como consecuencia de estos cambios, Stalin se alzó con el poder de la Unión Soviética y millones de descendientes de negros e indígenas politeístas integran, hoy en día, las naciones más católicas del mundo.
Pero esta es la historia moldeada por los poderosos. En este momento me interesa más la historia que construyen los afortunados. Uno de ellos es el profesor Sergio Paolo Solano Aguas, quien hace poco presentó una investigación en la que asegura que Pedro Romero, protagonista de la independencia cartagenera, no era cubano –como se creía– sino que había nacido en Cartagena. En su trabajo, Solano Aguas afirma que a Romero no le decían “El matancero” por provenir de Matanzas (Cuba), sino por confiscar varios cerdos en el barrio Getsemaní y destinarlos al matadero por orden del Cabildo durante una época de escasez alimentaria en 1808. En la versión del profesor, Romero era un próspero artesano que se había ganado la confianza de las autoridades españolas hasta su adhesión a los movimientos independentistas en 1811.
Lo que me emociona de este descubrimiento es la idea de que aún es posible concebir la historia de Cartagena como un debate abierto, un territorio cuya cartografía de tiempo todavía pide a gritos islas de acontecimientos. Tal vez sea este el momento para que la ciudadanía también ejerza ciertas transformaciones en la historia de su ciudad.
En un famoso cuento de Ray Bradbury, “El ruido de un trueno”, un viajero en el tiempo advierte de los peligros de afectar la historia, cree que una pequeña modificación en el pasado puede alterar radicalmente el futuro. Hacia el final, alguien aplasta por accidente una mariposa 60 millones de años atrás y provoca el fascismo en el presente. Quizás los cartageneros debamos emplear un proceso contrario: aplastar monumentos de colonos, conquistadores y políticos corruptos de antaño, y dejar que las mariposas evolucionen lentamente.
Contra la doble moral
Ver a Alejandro Ordóñez y a Álvaro Uribe convocar una marcha en contra de la corrupción es como ver al diablo invitando a celebrar la eucaristía. Pura doble moral. Jamás en la historia política colombiana del siglo XXI se había visto un ejemplo tan contundente del ejercicio público de la hipocresía.
Un ex procurador, que hasta hace algún tiempo perseguía a la comunidad LGBTI y a un puñado de políticos de izquierda mientras se sucedían calladamente escándalos como los desfalcos de Reficar y los sobornos de Odebrecht, se alía con un expresidente ebrio de poder, hoy senador de un partido político que también persigue a las minorías, y juntos forman el dúo memorable que sacará al país de su nauseabunda crisis institucional. El chiste se cuenta solo, pero no sé si reírme ante tal payasada de la realidad política.
Hay que tener mucho cuidado con la doble moral: ella nos consume, nos arroja hacia un vergonzoso caldo de subdesarrollo nacional, y es en muchos aspectos peor que la corrupción porque cuando pasa inadvertida es capaz de presentar a los verdaderos corruptos como si fuesen héroes de la patria, profetas enviados por la Providencia o la intelectualidad secular.
Decía Shakespeare en Macbeth que la vida es un cuento contado por un idiota, yo creo que la vida en Colombia la están narrando los hipócritas. De ahí que nuestro discurso sobre la paz, la legalidad y la justicia sea tan volátil, pues no lo sentimos en realidad, sino que nos sirve (especialmente a los políticos) para engolosinar multitudes y engrandecer nuestro poder electoral.
Al final, el que Ordóñez, Uribe y su séquito de partidarios del Centro Democrático instiguen a marchar contra la corrupción es otra muestra más de que lo que mueve a los políticos colombianos no es la conciencia ni la ética, sino la venganza, el oportunismo y la sinvergüenzura: tres elementos que integran todos nuestros dolores de patria y hacen de la doble moral el himno que nos fulmina.
Esta es una marcha vengativa porque, en el fondo, los ultraderechistas que la promueven todavía no le perdonan a Santos el haber iniciado un acuerdo de paz con las FARC, de modo que la movilización servirá como saboteo. Es también una marcha del oportunismo porque en ella se da la ocasión perfecta para hacer una campaña política por debajo de la mesa. Y es una marcha de la sinvergüenzura porque a la hora de la verdad, cuando de escándalos de corrupción se trata, casi todos los caminos conducen a Uribe y, últimamente, a Ordóñez.
viernes, 24 de marzo de 2017
Columnistas de opinión más leídos de Bolívar de acuerdo a Cifras & Conceptos (año 2016)
En este link pueden descargar todos los resultados de la encuesta: http://cifrasyconceptos.com/wp-content/uploads/2016/10/Panel-de-opini%C3%B3n-2016-VF-2.pdf?8ab3a8
jueves, 16 de marzo de 2017
‘Ríos de Odio’
Siempre traté de no hablar en mis escritos del pastor Miguel Arrázola, fundador de la Iglesia Cristiana Ríos de Vida, pues pensaba que mencionar su nombre era una forma de hacerle publicidad a su oratoria homofóbica, reaccionaria, racista y, en el fondo, anticristiana. “Que hablen bien o mal, pero que hablen”, parecía ser el propósito promocional de este líder religioso, y durante mucho tiempo evité caer en ese desvergonzado proyecto propagandístico. Esta vez, sin embargo, es necesaria una excepción.
La noche del 10 de marzo, en su prédica llamada ‘Viernes de milagros’, Arrázola pronunció un discurso en el que arremetió contra el periodista Lucio Torres (quien en el pasado ha visibilizado los descabellados ingresos económicos del pastor), intimidándolo con la hipótesis de su asesinato: “Yo tengo unos manes tablúos aquí con los que te puedo hacer la vuelta, dale gracias a Dios que soy nacido nuevo y tengo el Espíritu Santo y a Jesucristo en mi corazón porque hace rato estuvieras en la Ciénaga de la Virgen metido en el fondo”.
En ese mismo discurso, luego de un par de referencias en contra de los musulmanes y los judíos, Arrázola comentó: “Este es el año de la venganza de nuestro Dios, todos los que se burlaron de nosotros en el 2016, prepárense, porque Dios se va a vengar”.
El aforo de su iglesia estaba casi a reventar. Cada frase del pastor iba precedida de risas, aplausos y jubilosos Amén. Desde un púlpito con escaso público esto no hubiera sido tan preocupante, pero con miles de seguidores la cosa es distinta: el pastor se ha convertido en un líder político capaz de incitar el odio en las masas, algo que debería ser considerado por el Estado como un problema de orden público.
Da miedo ver cómo algunas personas deforman el mensaje cristiano. ¿Qué tiene que ver el ‘Sermón de la Montaña’ o las parábolas del sembrador y de los talentos con el lenguaje amenazante de Arrázola? La distancia entre la vocación poética de Jesús y el discurso chambón del líder de Ríos de Vida es inconmensurable. Mientras que Cristo se vale de un granito de mostaza para reflexionar en torno al poder de la fe, Arrázola apenas si menciona la Ciénaga de la Virgen para decir que, si no fuera cristiano, ahí terminarían sus muertos: como si el Nuevo Testamento no fuera una bendición sino un impedimento.
A todos los que no creemos en la estafa metafísica de este pastorcito mentiroso, nos queda un consuelo: dar gracias a Dios que Arrázola aún se limita a usufructuar maliciosamente el evangelio, porque si no, estuviéramos ante un tipo capaz de actos más perversos.
viernes, 3 de marzo de 2017
El mercado que no fue
Como casi todas las historias sobre obras inconclusas en Cartagena, la del Mercado de Santa Rita empieza con Dionisio Vélez Trujillo. En el 2014, durante su gobierno atípico, Vélez Trujillo comenzó el proyecto de remodelación del antiguo Mercado de Santa Rita para convertirlo en una especie de supermercado moderno que tendría por nombre “Santa Rita Plaza”. El proyecto se dividió en dos fases: la primera se llevó a cabo en febrero de 2014 y tuvo una inversión de 7.622 millones de pesos; mientras que la segunda arrancó en abril de 2015 y costó otros 4.800 millones más.
Según lo proyectado por Vélez Trujillo y sus contratistas, la obra sería terminada hacia diciembre de 2015, pero cuando la fecha llegó los habitantes de Santa Rita se encontraron con un edificio en pañales que todavía no tenía sus locales adjudicados a los vendedores y que, además, carecía de la dotación física adecuada para su correcto uso, es decir, se habían olvidado de instalar congeladores, mostradores, neveras y persianas de contención en las rampas de acceso existentes en el diseño original del nuevo mercado. La obra fue suspendida el 17 de diciembre porque no habían revisado los medidores de energía de 256 locales comerciales.
Sin embargo, estos contratiempos no impidieron que Dionisio Vélez “entregara” el mercado el 31 de diciembre, el último día de su mandato. Aquel fue un evento ridículo en el que el exalcalde no inauguró nada, pero simuló hacerlo, y los cartageneros sufrimos la estupidez (o la sinvergüenzura) de un gobernante que podía entregar una obra que días antes ya había sido suspendida.
Cuando Manuel Vicente Duque asumió la alcaldía en enero de 2016, una de sus primeras promesas consistió en resarcir la ineptitud de la administración anterior frente a este mercado. Fue así como en agosto de 2016 se invirtieron unos 1.700 millones adicionales para finalizar la adecuación del mercado. Esta vez, la promesa de apertura se fijaba en noviembre del año pasado, pero ‘Manolo’ tampoco cumplió, fiel a la mala costumbre del político colombiano promedio que promete el cielo y no da ni las sandalias de San Pedro.
En total, el Distrito se ha gastado 14.122 millones de pesos y el Santa Rita Plaza sigue siendo, en pleno 2017, el mercado que no fue. Su fachada gris e inacabada constituye un monumento a la negligencia y al abandono institucional. Mientras tanto, los vendedores que fueron sacados de su antiguo mercado con el sueño de un lugar mejor intentan ganarse, en la informalidad, la vida que la corrupción les está robando día a día.
viernes, 24 de febrero de 2017
Hipocresías informales
En la plaza de San Pedro Claver, frente al atrio de la iglesia con el mismo nombre, hay un vendedor de ‘raspaos’ al que las autoridades jamás se han atrevido a desalojar en su afán por ‘recuperar’ el espacio público ocupado por los vendedores informales. Lo mismo ocurre con un embolador de zapatos, un peluquero, un reciclador de chatarra y una mesa en la que cuatro tipos herrumbrosos vienen jugando el mismo juego de dominó desde hace casi veinte años.
A ellos ningún funcionario les ha puesto un dedo encima. Claro, cómo no, si son esculturas, si en el pecho no les late sangre tibia sino una placa de metal. Los turistas que transitan por la plaza se les acercan en grupo y se toman una fotografía que luego suben al Facebook o al Instagram, contentos de haber posado junto a lo que consideran una obra de arte que habla de la riqueza popular de la ciudad.
De esas mismas fotografías están llenas las guías turísticas y con esos mismos vendedores informales la Alcaldía ha promocionado a Cartagena como un destino cultural: palenqueras, fritangueras y carritos de ‘raspao’ desfilan en cada una de las propagandas institucionales; “Te invito al Corralito de Piedra” dice un carretillero sonriéndole a la cámara, “Ven a La Fantástica” comenta una mujer de piel negra disfrazada con un vestido de colores tropicales.
Pero mucho cuidado: que al carretillero no se le ocurra pensar que es algo más que un adorno publicitario, algo más que una escultura de hierro oxidada en una plaza que sólo pueden invadir con absoluta impunidad los restaurantes y los hoteles de ‘lujo’. Que no se vistan los butifarreros, porque no van, que no se ilusionen los vendedores de limonadas, flautas y jugos de borojó, porque en esta ciudad tan clasista ellos sólo hacen parte de la fachada cultural, y su participación está restringida al tenebroso ámbito de las imágenes promocionales.
En esta ciudad los dirigentes políticos se jactan en público de una cultura popular cartagenera que a puertas cerradas aborrecen. ¿Cuántos alcaldes y concejales no musicalizaron sus eslóganes de campaña con un ritmo champetúo y luego censuraron a la Champeta desde sus cargos electos? ¿Cuántos de esos tipos no se han fotografiado al lado de un pescador o de un vendedor de tintos y después los ve uno vociferando contra los ciudadanos que sin oportunidades laborales han salido a ganarse la vida en las calles?
La hipocresía, señoras y señores, es algo muy jodido.
viernes, 3 de febrero de 2017
El muro de Cartagena
Cartagena fue los Estados Unidos de la era Trump antes de que los mismos Estados Unidos lo fueran. Antes de que se pusiera de moda hablar de muros fronterizos de 3200 kilómetros de largo, Cartagena ya era la ciudad amurallada, el corral de piedra, el habitáculo colombiano de la exclusión y la indiferencia.
Que no nos extrañe ver que el gobierno de un país que basó su desarrollo industrial y cultural en los inmigrantes hoy quiera asestarles una puñalada en la espalda: eso en la capital del departamento de Bolívar es cuento viejo. Desde hace décadas que vivimos la repetida y triste historia de nacer en una ciudad que ya no nos pertenece, que nos excluye de sus espacios aunque éstos hayan sido levantados sobre la sangre de los indios y con el sudor de los negros esclavizados.
La consigna de quienes han gobernado a Cartagena siempre ha consistido en erradicar todo lo que surja de los sectores populares, es decir, todo aquello a lo que nuestra “aristocracia” política le parezca que hiede a pobre, a indio, a afrodescendiente, a champetúo. Y aunque el alcalde Manolo no pertenezca a esa “aristocracia” (como Trump, que tampoco pertenecía al Establishment gringo) su gestión pública sigue ejecutándose en función de las tradicionales políticas de exclusión: basta con ver las contradicciones en la Gerencia del Espacio Público y Movilidad Urbana, cuyos funcionarios desalojan con violencia a los vendedores informales al tiempo que permiten (muy complacientemente) que los restaurantes y hoteles ocupen las plazas y calles de la ciudad.
La idea es vaciar el territorio, arrebatárselos a quienes lo “afean” y erigir luego un muro de decretos, impuestos, concesiones y prejuicios que garanticen que el negro, el indio, el pobre y el champetúo no vuelvan.
En sus memorias, García Márquez cuenta que, durante cien años, en la Torre del Reloj hubo un puente levadizo que comunicaba al Centro Histórico con Getsemaní y las familias que vivían entre los manglares de los alrededores. Decía Gabo que los colonos españoles alzaban ese puente desde las nueve de la noche hasta el amanecer, “por el terror de que la pobrería de los suburbios se les colara a medianoche para degollarlos dormidos”.
Es evidente que aquel puente levadizo nunca ha desaparecido. El miedo y el desprecio que las clases dirigentes le tienen a los sectores populares de la ciudad lo mantienen activo. El nuestro es un puente que bajan durante las campañas electorales y que luego vuelven a subir cuando ya no nos necesitan para legitimar su democracia de paja.
viernes, 20 de enero de 2017
Enseñar la diversidad
Comienza el 2017 y pareciera que la salida de Gina Parody del Ministerio de Educación y la ‘victoria’ del No en el plebiscito hubieran sepultado una educación sexual libre de discriminación en los planteles educativos de Colombia. Después de la polémica de las “cartillas sexuales” (que algunos grupos religiosos y miembros del Centro Democrático instigaron con mentiras y desinformación) el Gobierno Nacional poco o nada ha tocado el asunto.
Quizás a Juan Manuel Santos y a su ministra de educación, Yaneth Giha, les parezca impopular una “Pedagogía de la Diversidad” que enseñe a los niños a conocer la multiplicidad de la condición humana, pero los gobiernos no están constituidos para enaltecer los prejuicios de las masas, sino para hacer respetar los derechos de todos los ciudadanos, y eso incluye los derechos de las minorías.
Dejando de lado la falsa creencia de una “ideología de género homosexualizadora”, la idea de unas cartillas que eduquen a la comunidad educativa en torno a la diversidad sexual sigue siendo bastante oportuna. Hoy, más que nunca, se necesita una educación interesada en proponer la heterogeneidad como punto de partida de cualquier proceso de aprendizaje. Con esto no sólo me refiero a la diversidad sexual, sino también a la diversidad étnica, religiosa, política y lingüística que nutren la cultura colombiana.
Desconocer nuestra diversidad nos arrastra hasta la discriminación. La ignorancia frente a costumbres y sistemas de pensamiento en los que nuestra lógica no encaja, ha sido el caldo de cultivo de la xenofobia, la homofobia y el racismo.
Vivimos en una época plural y pretendemos ignorarlo. En este siglo globalizado las fronteras culturales entre las distintas regiones del mundo se han desvanecido con una rapidez insólita, resultando sociedades más heterogéneas, poseedoras de una riqueza antropológica que difícilmente hubiésemos imaginado en el pasado. En este siglo se han intensificado las luchas por los derechos civiles, lo que ha motivado que sean cada vez más numerosos los colectivos de mujeres, homosexuales, inmigrantes, indígenas y afrodescendientes que exigen menos discriminación y más respeto a su identidad.
Que en Colombia asumamos que esta realidad tan prolija no existe –o que carece de importancia– es una suprema irresponsabilidad. Si queremos un posconflicto verdadero, primero debemos revolucionar nuestro sistema de educación enseñando a los niños y profesores a reconocer la diversidad como un elemento afortunado, esencial para construir un país en paz.
jueves, 5 de enero de 2017
Entrevista sobre la polémica de la ocupación de la Plaza de los Estudiantes (RCN radio)
Comparto un fragmento de una entrevista del 28 de diciembre de 2016 que me hizo RCN radio a propósito de la ocupación de la Plaza de los Estudiantes por parte del restaurante ALMA, y la retoma que se planeó, desde los cartageneros, para el viernes 30 de diciembre. Todos tenemos el derecho a reclamar nuestros espacios de resistencia. A la Administración Distrital habría que decirle todos los días: ¡Devuélvannos las plazas!
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