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miércoles, 13 de mayo de 2015

Las mujeres que he visto

He visto mujeres que parecen ciudades donde ha llovido todas las noches. Ciudades taciturnas, llenas de taxis y peatones solitarios que van de un lado a otro por las calles vacías. He visto mujeres duchándose que se ven como restaurantes nocturnos donde alguien se come la hamburguesa más triste del día. Mujeres desnudas bajo el telar de agua de la ducha, cosiendo y descosiendo su espumosa armadura de jabón y esmalte para uñas.
Mujeres que han entrado sin ropa al baño con el cabello desparramado por toda la espalda como un tatuaje que se escapa o una fuga de relámpagos. Mujeres que gozan solas y que construyen con el alma la antesala de una orgía. Mujeres de piedra que resisten en un templo de cascadas absolutas, rodeadas de acondicionadores y champús contra la caspa, cercadas por un mundo que en el agua no las asusta.
Mujeres que están hechas de sueños y que no se les puede despertar porque desaparecen. Mujeres sin cronología que se acuestan con el pasado desde el futuro más distante. Mujeres que esperan que alguien arroje una moneda a la fuente de los deseos para regalar sus besos. Mujeres que ya han inventado la máquina de los recuerdos.
He visto mujeres que cuando abren las manos liberan reflectores y aviones de guerra. Mujeres que en los pechos tienen soles de sangre y orquídeas brutales. Mujeres que son barrios y barrios que son grandes constelaciones de astros, brillando sobre el pavimento en su propio sistema de cuerpos estelares.
Mujeres blasfemas que dejaron a Dios para ir a abrazar soldados en los cines y pasear por las avenidas perforadas de luces fluorescentes. Mujeres celestiales que parieron diez mil hijos y los amamantaron con presagios y oraciones a la Virgen del Carmen. Mujeres de magma ardiente que quemaron con su labial rojo los cachetes de otras madres. Mujeres que fueron sirenas en el aire, cautivando con su canto a los pasajeros de un vuelo entre Cartagena y Manizales.
Mujeres que lloraron a todos sus esposos muertos y asesinados en combate. Mujeres que enterraron generaciones de primos, guerrilleros, sobrinos y oficiales. Mujeres que estuvieron allí cuando la bomba explotó esa tarde, cuando en el pueblo quisieron echarlos a todos y la vida se volvió un aciago catálogo de viajes. Mujeres infinitas que para entenderlas hay que hacer un curso intensivo en deidades. Mujeres sin poderes especiales que salen al trabajo con la capa y el antifaz de los héroes. Mujeres desesperadas que abortaron en clínicas amargas el fruto podrido de sus huestes.
A cada una de ellas las he visto entonando una canción de seda que sostiene con sus notas el mundo y en cuya letra terminan y empiezan todas las leyendas.

miércoles, 29 de abril de 2015

La docencia ingrata

Colombia es uno de los pocos países donde la docencia es un oficio repleto de ingratitud. Sobre los maestros se dicen tantas cosas negativas y hay tantos chismes en torno a ellos que ya se hace imposible distinguir entre el resentimiento, la verdad y el prejuicio.
Ha sido tal la campaña de desprestigio en su contra que hoy hay gente que habla muy mal de los maestros. Dicen, por ejemplo, que tienen demasiadas vacaciones y que descansan más que los demás trabajadores. También que ninguno se capacita para mejorar la calidad de su educación sino para poder ascender en el escalafón docente. O que no laboran las ocho horas mínimas que deben sudar el resto de mortales, sino seis. Y que cuando se hacen viejos, llegado el momento de jubilarse, gozan de un infinito número de pensiones.
Esa misma gente no menciona, por supuesto, que desde el gobierno de Uribe a los maestros les quitaron 15 días de descanso en la mitad del año, o que después de sus jornadas de seis horas vienen largas noches colmadas de exámenes, ensayos y talleres que necesitan ser calificados. Las pensiones tienen tiempo de haber cambiado, y solamente los profesores cobijados por el anterior Estatuto Docente (reformado ya hace casi 30 años) son los que integran este mito.
Entonces ¿qué tanto sabemos de los maestros?

“Los maestros tienen más puestos que un bus” se les escucha decir a muchos colombianos. Lo que no saben es que a los educadores les toca buscar varios trabajos al mismo tiempo para poder recolectar un salario integral. Nadie sabe que los “profes” y las “seños” ganan un 28% menos que los demás funcionarios estatales. Mientras un concejal, un senador o un presidente de la república recogen salarios descomunales por hacer nada, los maestros se rompen el espinazo en las aulas de un colegio que por lo general se encuentra en ruinas. Y por una paga miserable.
Este es un país donde enseñar es el acto más ingrato que existe. He tenido profesores que estuvieron a punto de quedarse ciegos por el polvo estelar de sus tizas. He tenido profesores que empeñaron su voz por una clase de biología. Profesores que aun sabiendo de la miseria de su sueldo seguían dictando clases en un salón siniestro de sillas partidas. Profesores que fueron padres y madres en esa república de recreos y cuadernos sin márgenes que fue mi bachillerato.
No me digan ahora que ser maestro es fácil. Enseñar no es sólo entrar al salón de clases y gritar que 2 + 2 es 4 o que Antígona es una palabra esdrújula. Aquí, en este país que nada lo retribuye, ser maestro es un acto de fe y de santidad muy parecido al suicidio.

miércoles, 15 de abril de 2015

Espacio público, o farsa

Siendo franco, pienso que todo ese rollo de “proteger al espacio público” que usan nuestros dirigentes es una gran farsa. Si se fijan bien, la historia de la preservación del espacio público en Cartagena es sobre la discriminación de las clases populares y sus formas de subsistencia.
Con el argumento de “embellecer” y salvaguardar la integridad del espacio público se han cometido actos de exclusión extremadamente vergonzosos: en 1978 desmontaron el antiguo mercado de Getsemaní y lo exiliaron en Bazurto; más tarde, limpiaron el Muelle de la Bodeguita como si de plagas se tratara y algunas décadas después expulsaron de la Plazoleta de Telecom a todos los relojeros y remontadoras de calzado que la habitaban. En una ocasión, recuerdo que intentaron impedir que el Uso Carruso y el Mello compartieran sus chistes en donde solía estar el monumento a la India Catalina.
El desafuero más reciente sucedió el pasado 3 de abril, cuando los agentes de Espacio Público cuestionaron la permanencia de la Carreta Literaria en la Plaza de la Aduana. Así lo denunció Martín Murillo en su cuenta de Twitter, muy a pesar de que Adelfo Doria, (gerente de Espacio Público de la alcaldía) haya presentado disculpas y declarado que se trataba de un “malentendido”.
Creo que todos estaríamos más contentos si al espacio público lo convirtieran en un lugar donde se alimente el intelecto de los ciudadanos. Yo, por ejemplo, pondría en cada andén dos o tres estantes de libros, porque prefiero que los peatones encuentren a su paso un ejemplar del Quijote y no una mesa de un restaurante de la plaza Santo Domingo.
Un verdadero alcalde con un verdadero gabinete haría de las plazas grandes bibliotecas o museos al aire libre, y no permitiría que algunas calles o baluartes se transformaran en sitios exclusivos a los que sólo accede la gente adinerada. Un auténtico alcalde con un gabinete serio no vagabundearía de calle en calle desalojando vendedores informales sino que implementaría políticas comerciales enfocadas a sustentar con dignidad todos estos locales, en muchos casos artesanales.
Porque da dolor, vergüenza y cierta cólera andar en una ciudad que te excluye desde su misma geografía. Porque los cartageneros vamos de un lugar a otro con el escombro retorcido del exilio en el pecho. Porque no es justo que se le quiera exigir un permiso de circulación a La Carreta Literaria mientras otros personajes nos arrebatan las plazas. Por esas y otras razones más es que el espacio público debería promoverse con un interés social y no con el pensamiento hegemónico que desde hace rato vienen imponiendo.

miércoles, 1 de abril de 2015

Terapia de ciudadanía

Para cargar la cruz de la ciudadanía y no morir inmolado en el Gólgota, favor leer al pie de la letra los siguientes puntos:
1. Hay que entender que Cartagena es un gran orfelinato y tú, amigo mío, eres un huérfano de la patria. ¿Crees que porque has nacido en esta tierra ya eres cartagenero? Es hora de que vayas desengañándote. Aquí todos pagamos una vida de turistas sin haber salido de nuestro humilde vecindario. Pero ojo, no confundas: nos cobran como turistas pero nos atienden como vagabundos.

2. Ve y grítale al mundo que la ciudad es tuya para que todos podamos reírnos de ti. Sí. La ciudad la perdimos hace rato. Cada plaza del Centro Histórico es como un museo en el que no estamos ni nos dejan estar. Nos toca entonces recuperarla, traerla de vuelta al corazón de los barrios populares.

3. No mires más tu dirección postal ni tu documento de identidad. Eso es torturarse. Allí dice que resides y naciste en Cartagena pero en el fondo tú no vienes de ninguna parte. Tú eres un fantasma, un sujeto invisible hecho de vidrio y sopas de mondongo que agarra busetas supersónicas y compra bolis del Chavo. En vano intentarán los medios mostrar por completo esta población de sombras hambrientas a la que perteneces. Es tu deber volverte una persona de carne y hueso.

4. Trata de no mearte las murallas pero también trata de no cagarte de miedo cuando te quejas. Por culpa del silencio hemos aguantado clases dirigentes obscenas, obras públicas intrascendentes y un gran árbol de familias que se legan entre sí el poder político que no supimos otorgar.

5. Recuerda siempre esta frase atribuida a George Bernard Shaw, escritor irlandés y premio Nobel de literatura en 1925: “A los políticos y a los pañales hay que cambiarlos seguido… y por las mismas razones”. Luego piensa en nuestro Concejo Distrital y sus concejales eternos.

6. Un barranquillero, un paisa o un bogotano pueden ser más cartageneros que tú. Un argentino puede ser más cartagenero que tú. La verdad es que cualquiera puede ser más cartagenero que tú si sigues arrojando basura por la ventana del colectivo o escupiendo en los andenes cada vez que lo sientas necesario. Ni hablar cuando vendes el voto.

7. Nunca olvides que la ciudadanía se lucha y no se obtiene únicamente por cumplir 18 años.

Ahora sí, después de haber considerado estos puntos, puedes irte al anaquel de libros más cercano y empezar a roer, como un perro callejero, el insensible hueso que no deja ver el delicioso tuétano de nuestras vidas.


miércoles, 18 de marzo de 2015

La ciudad de las mordidas

Ricky Martin graba un video musical en Cartagena. Su nuevo tema se llama “La Mordidita” y lo ambientan en las calles del Centro Histórico. Es una lástima que este cantante haya empezado a grabar, porque antes de que lo hiciera me hubiera gustado hablar con él para decirle que en esta ciudad hay todo un catálogo de lugares en donde él puede encontrar la alegoría perfecta para una verdadera “Mordidita”.
Había que contarle a Ricky Martin que Cartagena es una ciudad mordida desde tiempos inmemoriales, desde su miserable fundación por parte de Pedro de Heredia y su corte de ladrones, hasta la alcaldía más reciente en donde todavía se discute si hubo o no hubo un desfalco en el desmonte del alumbrado navideño del año anterior.
Este artista puertorriqueño debía saber el por qué los contratistas hacen y deshacen tantas obras o cómo algunos concejales solían pelearse como perros la pavimentación de las calles.
A él pudimos haberle dicho que fuera a las estaciones de Transcaribe y advirtiera el modo en que la ineptitud malintencionada de los funcionarios las ha transformado en las letrinas públicas de los indigentes. “Vete en tu automóvil, brother -le diría- a toda velocidad, rompe una que otra norma de tránsito para que luego compruebes que no tendrás ninguna sanción si le das una buen ‘cuadre’ a los policías”.
Y es que Cartagena es una ciudad que no solo ha sido mordida por la corrupción. La muerden la negligencia y el descaro. La muerden toda clase de animales. Ni yo mismo estoy seguro de si somos el “corralito de piedra” por el sector amurallado o por la fauna de lagartos, burros y vencejos que a veces nos gobiernan.
Los ciudadanos también tenemos la culpa de que todo resultara así: nos hemos mordido la lengua durante largas décadas, como si el miedo (o tal vez la indiferencia) nos hubiera puesto un parche en los labios. Fuimos y seguimos siendo seres con la boca llena de piedras que nunca hemos arrojado. Hemos tenido que tragarnos un cerro de protestas y desencantos. Nos mamamos a un Nicolás Curi, a un Dionisio Vélez y a una recua de concejales perpetuos e inservibles. Si la idiotez y la complicidad politiquera triunfan, nos tendremos que mamar a un Quinto Guerra.
Si tan solo hubiese podido decirle todo esto a Ricky Martin… a lo mejor su video de “La Mordidita” hubiese sido en el Concejo Distrital o en el Palacio de la Aduana. Hasta en algunas Juntas Administradoras Locales hubiese sido posible. Nunca se sabe. Hoy en día, en cualquier sitio y desde cualquier institución puede esperarse el escándalo.
Mientras tanto, la mal llamada “fantástica” se desmorona todos los días de bocado en bocado.

http://www.eluniversal.com.co/opinion/columna/la-ciudad-de-las-mordidas-8277

miércoles, 4 de marzo de 2015

Grandes Alquimistas

Hay algo que todos los jóvenes colombianos deberíamos saber sobre nuestros gobernantes más aguerridos al poder: nos tienen miedo. Y no precisamente porque seamos los funcionarios corruptos que vienen detrás a quitarles el puesto, sino porque algún día nuestra capacidad de llegar a cambiar el mundo podrá barrer con todas las malas costumbres de las viejas clases políticas.
Los jóvenes siempre seremos una generación de grandes alquimistas, destinados a transmutar el plomo de la violencia en asombrosas ideas pacíficas. Ya Jaime Garzón lo decía: si no somos nosotros los que asumimos la dirección del país, nadie va a venir a salvárnoslo ¡nadie! Por eso algunos marchamos y otros estudiamos con un libro en la mano y un huevo filosófico en la cabeza, constantemente dispuestos a modificar la envilecida materia de nuestros días.
A veces me pregunto a dónde iremos a parar si la juventud continúa cayendo en la trampa de repetir las mañas con las que aquí se ejerce la politiquería. Qué va a ser de Colombia si los nuevos ciudadanos quieren seguir viviendo en la antigua Colombia, si los que van creciendo estrenan su mayoría de edad vendiendo el voto o se lanzan a cargos públicos pensando en morder astutamente la dulce lonja del erario.
Atrás deberían quedar estos ejemplos, el pasado debería ser la única residencia de cada uno de los demonios engendrados en el seno de nuestras instituciones gubernamentales. Hemos sido esclavos de una hegemonía ilegítima que construye sobre nuestros años una juventud baldía. Nos han enseñado métodos falsos para cambiar la realidad, paradigmas sociales desprovistos de una ética y, sobre todo, nos vendieron como terrorismo el escenario de la rebeldía.
“Tal vez algún día dejen a los jóvenes inventar su propia juventud” afirmó en una ocasión Quino, el creador de Mafalda. Creo que ese día ha llegado. Es el momento de tomar los alambiques y destilar tanta porquería. El carrusel de las contrataciones, los sobornos a las altas cortes judiciales, la parapolítica y la Farc-política, los “ejércitos” de antirrestitución de tierras, el acoso a la oposición política, etcétera. Todas esas cosas tendrán que permanecer en el chicharrón metálico que le sobró a José Arcadio Buendía la tarde en que al fin pudo rescatar las monedas de oro de Úrsula.
Muchachos, seamos jóvenes para hacernos un futuro y aprovechemos que nos tienen miedo. Es muy posible que cuando expresemos una opinión nos censuren con el argumento de la inmadurez. Ustedes sólo respondan que aquí estamos para exorcizar todos los demonios de la patria y que en Colombia los diablos nunca han sabido más por viejos que por diablos.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Maricas, areperas y locas

Aquí en Colombia les dicen maricas, las llaman areperas o les gritan locas. Cuando van por las calles vestidos de mujeres la gente les arroja botellas y les agarra una nalga. Si se están besando en la banca de un parque todos los demás se alejan con la mirada asqueada y el chiste en la boca. En la familia los ocultan y en el colegio los quiebran. Si pasean por los andenes con un tumbao impropio alguien les grita: “¡pártete galleta!”.
Son ellos y ellas, los homosexuales, los que optaron por vivir del otro lado de la vida, en la resistencia, en la dolorosa minoría discriminada por las muchedumbres. Desde que crecen hasta que envejecen son juzgados, y todos los días hay quien les recuerda que aquello que están haciendo es pecado, que Sodoma pereció bajo la tormenta de fuego de un dios inclemente.
Aquí, en este país intolerante, ser gay, lesbiana o travesti es descender a los infiernos. Desde el instante en que una persona sale del clóset empieza a perder sus derechos. Es una situación interesante: cuéntale a la sociedad que eres gay y verás cómo ya no puedes casarte, ni adoptar, ni conseguir trabajo, ni enlistarte en el ejército o la policía, ni siquiera podrás formar una familia legalmente constituida por más ganas que tengas.
Y es que los prejuicios sociales que tiene Colombia son una mierda. En esta república del espanto pensamos que la población LGTBI quiere adoptar niños para violarlos y devastarles la infancia. Todo marica –suelen decir– es un pedófilo en potencia.
Hay que ser muy dogmáticos para creer que el amor es sólo un privilegio de la heterosexualidad. También hay que ser muy perversos para suponer que todo homosexual está enfermo y que su orientación sexual no fue producto de una decisión legítima sino de un trauma familiar.
Pienso que la gran paradoja de nuestra época es que la tecnología avanza más rápido que nuestra inteligencia social. Hemos inventado computadores inteligentes, mundos digitales y medios de transporte que consumen las distancias en cuestión de segundos. Hemos globalizado la aldea más remota e internacionalizado el aeropuerto más distante. Y, sin embargo, seguimos manteniendo una concepción profundamente arcaica del amor y la familia.
Por eso no me extraña que a este país lo sigan gobernado los mismos políticos de pensamiento ortodoxo y tradicional, ya que en el fondo hemos demostrado ser una sociedad conservadora, bastante torpe al evaluar la diversidad. Y si así va a ser toda la vida, déjenme decirles que la paz, la auténtica paz, está muy lejos de conseguirse.

http://www.eluniversal.com.co/opinion/columna/maricas-areperas-y-locas-8122

miércoles, 4 de febrero de 2015

El poder del miedo

Uno pensaría que en Colombia el mayor poder de los políticos es su capital económico o su influencia para mover las masas. Incluso se creería que la autoridad de un funcionario reside en las funciones que ejerce y en la soberanía que la democracia le otorga. Sin embargo, si algo ha mostrado la historia de este país es que el control social más eficaz de los políticos es nuestro miedo.
El miedo a ser despedidos, el miedo a no ser contratados, el miedo a que a un familiar sea removido de su cargo en la administración pública, el miedo a ser difamados y amenazados por grupos extraños o el miedo a que, un día cualquiera, nos maten. Por eso no hemos podido cambiar nada de nuestra realidad, porque oponernos a ciertas campañas electorales implica luchar contra una maquinaria que ha estado aquí por décadas.
En Cartagena esto es más común que cualquier otra cosa. En esta ciudad llegamos al punto de que es imposible decir lo que pensamos sin comprometer nuestra situación laboral o la de algún pariente cercano. Nos han fregado tanto con el miedo, que nos han cosido los labios y han comprado con puestos de trabajo nuestra conciencia de ciudadanos.
Los cargos de libre nombramiento y remoción son, hoy en día, la mafia más sutil de la política. Con ellos los candidatos condicionan nuestras opiniones, y he sabido de personas que han renunciado a sus principios sólo por entrar en el gabinete distrital. Es una lástima que en Cartagena no importe lo que creas sino el bando en el que estás. Ya no son requisitos esenciales nuestros méritos intelectuales sino el tráfico de nuestras amistades.
Nos han metido en la cabeza un apestoso formato social que nos obliga a votar por determinado candidato aunque no estemos de acuerdo con su moral o su plan de gobierno. Hemos permitido que la democracia haya dejado de ser un fin para convertirse en un medio, en una vía de acceso a la corrupción y la fama. Y todo esto porque estamos asustados, porque no tenemos el valor suficiente para decirle a esta gentuza aprovechada: ya basta.
Cartagena va a prosperar verdaderamente cuando tratemos a los políticos como servidores de la comunidad y no como reyes que la gobiernan y la intimidan. No vamos a elegir a estos personajes para que estén restringiendo nuestra autonomía, los vamos a elegir para que la defiendan. Ningún puesto de trabajo y ninguna amenaza van a despojarnos de nuestro sentido de la ética. Pienso que todavía hay tiempo para reformular esta clase política viciada y enferma. Todo es cuestión de dignidad y valentía.
Uno puede tener miedo de Dios o del amor, pero no de la política.