Visitas

domingo, 17 de julio de 2016

El Trump colombiano

Todos los países, o al menos lo más neuróticos, tienen a un Donald Trump. Es decir, alguien que simboliza el fascismo, la godarria y la paranoia nacionalista que se esconde en lo más profundo de algunos sectores de la población. Todos los países, o al menos los más jodidos, tienen a un enfermo con poder que ondea la bandera de la ultraderecha y escupe sin disimulo sobre la cara de la diversidad y las libertades individuales. Y nuestro Donald Trump es Alejandro Ordóñez.
Nadie como él para encarnar el arquetipo de la discriminación. Desde que asumió el cargo de Procurador General de la Nación su cruzada en contra de los derechos de los colombianos ha sido tan notoria que desconcierta el hecho de que todavía hoy, 7 años después de ser elegido, su permanencia en el poder siga intacta.
Como Procurador ha promulgado abiertamente su homofobia y, lo que es peor, lo ha hecho en nombre del Estado. La aprobación del matrimonio y la adopción por parte de parejas del mismo sexo fueron más lentas y sufridas porque, siempre que tuvo la chance, Ordóñez le puso trabas al asunto y encendió la hoguera del prejuicio: la misma con la que hace 38 años quemó los libros “indeseables” de una biblioteca en Bucaramanga.
Pero Ordóñez no sólo es homofóbico, sino también un fanático y, por momentos, un hipócrita. En esta última década, que la Procuraduría defienda el derecho de la mujer a abortar es un imposible, porque para nuestro Trump tricolor la sociedad “no puede desconocer a los más débiles dentro de los más débiles, que es quien está por nacer”. Sin embargo, si en verdad le importaran los débiles no hubiera criticado la Ley de Restitución de Tierras ni exigido su modificación para que los pobrecitos latifundistas no sean despojados de las tierras que compraron en medio del conflicto con tanta “buena fe”. Ahora sí estamos fregados en un país en donde se defienden a los victimarios y se acusan a las víctimas.
Ni hablar de lo que ocurre con la eutanasia. La vida, según Ordóñez, sólo la puede quitar Dios. Algo inadmisible si caemos en la cuenta de que Colombia es un estado laico, pero no puede esperarse otra cosa de un tipo que en más de media década jamás distinguió entre su labor pública y sus creencias religiosas.
La portada de la más reciente edición de la revista Semana muestra una caricatura de Trump y, debajo, este encabezado: “De payaso a candidato”. Me pregunto si Alejandro Ordóñez querrá parecérsele en eso también, si deseará ser otro payaso más que se lance a buscar la presidencia.

Chambonería distrital

Cuando al exalcalde de Cartagena, Dionisio Vélez Trujillo, se le ocurrió que Transcaribe debía empezar a funcionar en sus últimos días de gobierno así faltaran puentes peatonales, la chatarrización de las busetas y la ejecución de un plan de semaforización, la mayoría de los cartageneros comprendimos que a nuestra ciudad la administran políticos flojos, tercos e inoportunos a los que les cuesta planificar.
En aquel entonces Dionisio, con sus decisiones rápidas y su obstinación sin precedentes, sumió a Cartagena en el peor caos vehicular que se le ha visto en la última década sólo por querer iniciar a la fuerza un sistema de transporte masivo que aún hoy adolece de la infraestructura adecuada para funcionar.
Pero claro, esta es la ciudad en donde las obras y los proyectos se tienen que hacer a como dé lugar, poco importa si quedan mal hechos o afectan a la comunidad. Lo esencial es terminar, gastarse la plata de los contribuyentes y dejar cualquier cosa para el futuro, así sea un monumento a la mediocridad.
Hay una palabra para todo esto: chambonería. Las decisiones se toman sin medir sus alcances y sus consecuencias.
Esto es lo que recientemente está ocurriendo con la última restricción del alcalde, Manuel Vicente Duque, para el transporte público en el barrio Crespo, al norte de la ciudad. Los buses que vengan desde la Boquilla con dirección al Centro Histórico y al suroriente de Cartagena ya no podrán circular por Crespo sino que deberán hacerlo a través del nuevo túnel que bordea el mar. Con esa medida cientos de empleadas domésticas, estudiantes universitarios, colegiales, madres cabeza de familia y trabajadores independientes –no sólo de Crespo sino de Lemaitre, Crespito y Santa María– están obligados a caminar enormes distancias para acceder al transporte público. Algunos, cuya ruta era cubierta por un solo bus, ahora tienen que pagar doble transporte.
El motivo de esta prohibición es, según el DATT, descongestionar la vía principal de Crespo. Y hay que reconocer que el alcalde y su gabinete ya pensaron en una solución: serán los buses alimentadores del SITM los que recorrerán la avenida y se encargarán de llevar a los pasajeros a la estación más cercana.
Pero aquí volvemos a la chambonería. Resulta que los alimentadores no estarán disponibles sino entre quince y veinte días después de haberse impuesto la prohibición. Esto sólo puede significar una de dos cosas: 1) “Manolo” no tiene idea de lo que es planificar. O, 2) No le importa el bienestar de sus ciudadanos, algo bastante raro, por ser él un tipo cuyo lema de gobierno ha sido siempre Primero la Gente.

La falacia de la mayoría

Hay gente que no entiende que la opinión de las mayorías no es un argumento válido para reconocer los derechos de las personas. No en un Estado Social de Derecho que basa la integridad y la interpretación de sus leyes sobre unos principios constitucionales.
La razón quizás sea porque ignoran el verdadero sentido de la democracia. Creen que la democracia es la imposición de la voluntad y las costumbres de la mayoría como si se hubieran estancado en la definición de los griegos y se hubiera grabado en letras imborrables aquello del «demos» (pueblo) que usa el «cratos» (poder) para gobernar.
Por eso cuando en la Corte Constitucional se aprueba el matrimonio entre homosexuales o la adopción igualitaria hay más indignación que gozo. Todo porque muchos colombianos están convencidos de que el dogma cristiano, por ser el dominante en el imaginario religioso del país, también debería ser el dominante en las leyes. Y eso no es así. Eso no es democracia. Eso es una tiranía mayoritaria que no respeta la secularidad del Estado.
Colombia no está para dejarse conducir por prejuicios generalizados que incitan a discriminar y a la guerra. La paz, si ha de llegar, será con la protección de la dignidad de las minorías, aunque las grandes colectividades se opongan.
Con esto no repudio la importancia de las mayorías. Lo que piense un gran porcentaje de la población sí es importante, ya que podemos conocer la conciencia, las necesidades y la ideología de uno de los tantos rostros que posee nuestra comunidad nacional. Lo que mucha gente no comprende es que entre ser importante y ser “lo único” hay un abismo de diferencias considerables.
Colombia es un país multiétnico y pluricultural. Si la Constitución Política de 1991 hubiera sido confeccionada por lo que creyera la mayoría no se hubiera aprobado la libertad de culto ni existiera una circunscripción especial para los grupos indígenas y las minorías étnicas en participación política y derechos territoriales.
Las mayorías no siempre tienen la razón. Las multitudes suelen equivocarse con frecuencia.Prueba de ello es que en su momento gozaron de la buena opinión de las mayorías la esclavitud, la ideología nazi, la segregación racial, el fascismo y prohibirle el derecho a votar de la mujer. Incluso la Biblia, que últimamente se malinterpreta para discriminar a las minorías, alberga un episodio contundente: fue la mayoría la que, en últimas, pidió a gritos liberar a Barrabás mientras que Jesús era condenado a la crucifixión.

Carta a Viviane Morales

Senadora Viviane Morales sé que usted está contenta. Contenta porque se recogieron más de dos millones de firmas para promover el referendo que evite el derecho de los niños en Colombia a ser adoptados por homosexuales. Pero déjeme decirle que desde el instante en que usted pisó la Registraduría Nacional del Estado Civil, este país tendrá que lidiar con el repugnante fantasma de la discriminación y con los irresponsables políticos que lo nutren.
Parece que las minorías no encuentran sosiego en esta nación de líderes tercos y ortodoxos, los mismos que en su tiempo predicaban contra los derechos de los negros y se oponían al voto de la mujer.
Los funcionarios como usted se aprovechan del miedo a la diversidad que sienten las mayorías. Hacen de la ignorancia generalizada su propia carrera electoral. Es curioso que diga ante las cámaras que de estas firmas no ha sacado ninguna recompensa económica, política o propagandística, porque lo que yo veo en el fondo de todo esto son votantes.
Viviane, usted está convencida de que la “Colombia creyente” tiene el poder para imponer sus prejuicios a quien no los tenga. En un Estado Social de Derecho, esa falacia es inconcebible y preocupa que una senadora de la república no sepa que los procesos democráticos consisten en incluir a todas y cada una de las minorías.
También preocupa que del Partido Liberal surja alguien con una campaña como la de “Firme Por Papá y Mamá”: nada que ver con el Partido Liberal de ideas seculares por el cual abalearon las casas de mis abuelos hace más de medio siglo en un pueblito del Magdalena.
Es triste que en un país que busca la paz existan funcionarios que promuevan un discurso de guerra, homofóbico. Un discurso cuya arcaica noción de “familia” no entiende que el amor no es un privilegio exclusivo de la heterosexualidad ni la “familia” un monopolio de la limitada relación entre un papá y una mamá.
Algún día personas como usted que propagan desigualdades y hacen lo posible para que los homosexuales no puedan casarse ni adoptar, serán vistas a través del imborrable lente de la vergüenza. La memoria histórica no perdona. El tiempo que pasa siempre castiga la falta de humanidad. Por eso estoy seguro que las generaciones de los años venideros sabrán incluirla en aquel lamentable grupo en el cual están los racistas y los xenófobos.
Al final, el vago recuerdo de su trayectoria política ostentará la misma ridiculez que hoy le atribuimos al apartheid sudafricano o al antisemitismo nazi, y usted, Viviane, no será más que un borrón en la historia de la evolución cultural colombiana.

La Secta de las cosas

Pertenezco a una secta minoritaria que todavía le rinde culto a las cosas más simples. Un pedazo de pan, un cuaderno mojado, una gorra pirata de los Yankees de Nueva York. Ese tipo de posesiones que acaban siendo sagradas, marcadas por el símbolo de lo intransferible y dotadas con una fuerza semántica que sólo uno mismo puede entender.
Es verdad que hubo una época en la que todas las cosas estaban untadas de magia, en donde los seres humanos podíamos comprender la labor profética de cada objeto que nos rodeaba. Nunca ha habido tantos integrantes de la Secta como en aquellos años. Por supuesto, eran los tiempos del significado trascendente y de la revolución pagana; la era en la que las ciudades se fundaban cuando una varita de oro se enterraba en la tierra y cuando las plagas se conjuraban con un báculo de madera.
Pero esa época ya no existe y ahora sólo queda un grupo minúsculo de tipos dementes que nos dedicamos a darles las gracias a las cosas más simples. Un vaso de leche, una cabuya vieja, un verso suelto escrito a mano en la última página de un libro usado. Esta es una secta anacrónica que jamás se congrega. Vamos por las calles observando las vitrinas y los postes de luz, vamos por la ciudad como por una iglesia y allí en donde están los demás, allí donde aparentemente nada ocurre, pues allí se encuentra nuestra Meca.
Transcribo un fragmento de nuestro Salmo de Gratitud número 21, esencial para quienes se inician en la Secta:
“…por eso damos las gracias a las flores artificiales: porque adornaron por más tiempo que la flor que se pudría en los jarrones. A la nevera y a sus galpones vacíos que algún día se llenarán de comida para dar de comer a nuestros hijos. Al envejecido parque de diversiones que nos mostró que el caos es un juego en la atracción de los carros chocones. A las puertas que se cerraron sin seguro y que estuvieron esperándonos disfrazadas de obstáculos. A los aleros de aquellas ventanas en donde vimos la lluvia caer sin que la lluvia nos mojara.
Al último peso de la jornada que gastamos sin pensarlo dos veces para poder vivir otra jornada. Al Coyote de los dibujos animados que fracasó mil veces en la captura del Correcaminos y mil veces lo siguió intentando. A la Gillete que nos cortó al afeitarnos porque sangrar en ese momento nos hizo más humanos. A los museos llenos de dinosaurios donde aprendimos que el tiempo pela la carne y nos deja sus recuerdos blancos.
Gracias a la almohada de funda raída que sostuvo nuestras cabezas cuando éstas estaban en otro lado soñando. Infinitas gracias al olvido y a la muerte que nos hicieron querer tener razones para que otros nos recuerden”.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Modernidad en paz

Hace unos días, durante la inauguración de las obras de ampliación del Puerto de Mamonal en Cartagena, el presidente Juan Manuel Santos dio un discurso en el que explicó lo que para él significaba el proceso de paz en una sociedad moderna. “Firmar la paz”, dijo, “nos va a convertir en un país normal en el que podremos recibir a muchos más turistas”, y remató con la siguiente frase: “inversionistas chinos esperan el fin del conflicto para desarrollar un hotel en el Eje Cafetero”.
A partir de aquellas afirmaciones, uno como ciudadano debería hacerse varias preguntas importantes: la paz, ¿se va a lograr para los colombianos o para el bolsillo y las buenas finanzas de los extranjeros? El campo, ¿quedará libre de guerrillas para los desplazados por la violencia o para que las multinacionales exploten los recursos naturales que antes no podían?
Confieso que me siento contrariado porque pienso que la paz, antes que cualquier cinismo comercial, es una labor social destinada a reivindicar la economía de los campesinos despojados de sus tierras. Eso no implica que no reflexionemos en torno al desarrollo del sector turístico ni abandonemos por completo la idea de un mercado global. Al contrario, esos temas hay que considerarlos pero en una escala de prioridades.
Si muchas personas de este país optaron por los diálogos en La Habana ha sido porque esperan que no se perpetúe la preocupante lista de víctimas y pueblos asediados por la metralla y el choque sangriento de posturas políticas. El presidente debería entender que el bienestar de los turistas y de los inversionistas es una coyuntura posterior a esta preocupación.
No obstante, ahora que releo mejor los comunicados de la cuenta oficial de la Presidencia de la República en Twitter advierto que Santos no habló, literalmente, de una “paz moderna” sino de una “modernidad en paz”. Es decir, mientras muchos colombianos se ilusionan con un proceso de paz que involucre los ideales de la Revolución Francesa, la Declaración de los Derechos del Hombre y la tan pregonada filosofía de la libertad, la igualdad y la fraternidad, el Gobierno Nacional aspira al fin del conflicto para llevar a cabo una política nociva de economía internacional en donde los grandes empresarios al fin puedan realizar sus negocios con tranquilidad.
Modernidad en paz, lo mismo que decir neoliberalismo fácil. En otras palabras, para que a los reaccionarios no les suene tan mamerta la idea: de no apersonarnos del proceso esta será una paz en la que los tipos con plata puedan explotar el territorio con toda la comodidad y la calma. 

miércoles, 17 de febrero de 2016

Derecho a la cerveza

Parece absurdo que alguien luche por el derecho a beber una cerveza en cualquier plaza de la ciudad. Y hasta puede resultar un poco vergonzoso, dado que en Colombia se violentan otros derechos más importantes como la vida digna y la educación. Pero decidí que defender esta libertad vale la pena pues considero que, por diminuta que sea, está ligada a una libertad más universal.  
Lo que pasa en Cartagena es para morirse de risa (o de tristeza). No conformes con arrebatarnos los sitios históricos y con vender nuestro espacio público a los empresarios, a la alcaldía se le dio por desposeernos desde la cotidianidad: ahora los ciudadanos ni siquiera podemos beber una cerveza en la plaza que se nos dé la gana. Acaba de ocurrir con la Plaza de la Trinidad, en la cual, desde el 1 de febrero, están prohibidas la comercialización y la ingesta de alcohol por noventa días. Todo esto como si con suprimir el alcohol fueran a desaparecer los turistas desadaptados, las riñas, el consumo de drogas y los actos de vandalismo que desde hace años vienen deteriorando la tranquilidad de Getsemaní.
Cuando los políticos no quieren pensar, prohíben. Ésa es la filosofía que nos gobierna. Por eso los decretos se expiden a la ligera, son restrictivos y nunca apuntan al verdadero meollo del asunto. Prohibir el alcohol porque es fuente de situaciones delictivas es igual de inoportuno que prohibir el fútbol porque propicia los enfrentamientos entre las barras bravas. A este paso, con estos nexos de causalidad tan rebuscados, algún alcalde se atreverá a censurar la champeta el día que dentro de un baile de picó haya una trifulca.
Elogio y exijo mi derecho a beber una cerveza en una plaza cualquiera. Está comprobado que las bebidas alcohólicas desinhiben y causan cierta conducta impulsiva, pero de ahí al delito hay un trecho bastante largo. No se puede afirmar que todos los borrachos se comportan como bandidos porque yo soy de los que beben y ríen y no se meten con nadie.
Entiendo que Getsemaní atraviesa un horrible proceso de gentrificación en el que los nativos están siendo despojados de sus propias casas y en donde las calles son cada vez más un aciago territorio del exilio. Estoy al tanto de esa triste realidad. Sé muy bien que esta ciudad ha sido diseñada para beneficiar al turista en detrimento de los ciudadanos. Pero prohibir el alcohol no soluciona nada. Si vamos a protestar que sea contra las políticas excluyentes y pidiendo más cultura ciudadana. Así tal vez nos encontremos en una plaza y podamos brindar juntos con la botella del alma.

miércoles, 3 de febrero de 2016

Introducción, robótica

La sangre nos sabe a hierro. El corazón nos late como si funcionara con baterías y cada manzana que mordemos pronto, en segundos, se oxida. Es cierto que nuestro cabello es suave y se corta con facilidad, pero qué cerca están las canas de los viejos de ser unas hebras de acero. Es verdad que envejecemos y morimos, que dormimos y también soñamos, pero hay que ver que del sueño a una película hay un paso y que “morir” y “dejar de funcionar” se parecen mucho.
Siento que todos tenemos algo de androides. Unos andamos más desprogramados que otros. Hay gente a quien el sistema le instaló poco a poco el software malicioso de la rutina: esos son los tipos que se levantan temprano todos los días y van al trabajo a laborar como perros y pierden con los años el sentido de la vida.
Hay quienes se acostumbraron a dormirse con la televisión encendida y a levantarse cada mañana con el ruido de las alarmas y a contestar en masa sus teléfonos inteligentes como si hubiesen preparado la más estúpida de las coreografías. Personas que insultan y arrojan palabras duras como tuercas. Mujeres cuyo sexo violado fue una simple caja de herramientas.
El mundo está lleno de androides. Los niños de ahora son los niños que responden automáticamente al estímulo de la guerra. Matan soldados en la PlayStation sin parpadear dos veces, sueñan con vencer como el Capitán América. Los que nacen en este suelo caduco, rápido y digital donde las ventanas son ventanas de Windows y donde el pájaro que trina en el alféizar es un tweet de 130 caracteres.
¿Qué ocurrió con esos chicos que solían contar estrellas en los patios y jugar al trompo en las terrazas de arena? ¿Qué habrá sido de aquellas niñas que convertían chocoritos de plástico en utensilios de cocina? Yo les diré que son modelos descontinuados. Seres de otro tiempo y espacio nacidos de la madre y no de una fábrica de extraños.
Todos tenemos algo de androides. Un estudiante de filosofía, por ejemplo, no es un estudiante de filosofía, tras él se esconde un aprendiz de informática que busca un mejor software para sobrellevar la vida.
Hay quienes creen que la nostalgia es sólo un fruto de cobre que arrancamos con torpeza a los árboles de otros días. He visto al Dios de hojalata de la biblia y le he preguntado por este metal, por este mineral que se asoma brillando en los filones de cada herida. Y aunque no me contesta yo sé bien cuál es la respuesta: la llevo en el alma como un virus de computadora que no sé cómo ni en qué momento insano descargué.