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domingo, 17 de julio de 2016

Vivir de la guerra

La razón por la que Uribe y su Centro Democrático no quieren la paz es porque viven de la guerra. Si las FARC y el ELN no existieran su discurso se vería empobrecido y la población de votantes que los sostiene quedaría reducida a ellos mismos. Este partido político y su lamentable caudillo serían de una irrelevancia absoluta en un país sin guerrillas, y lo serían no porque yo lo piense así, sino porque sus propuestas de gobierno no tienen la más mínima intención de trascender la lucha armada. Por el contrario, se regodean en el conflicto y se agarran bulliciosamente de palabras como “terrorismo”, “castro-chavismo”, “impunidad”, “resistencia civil” o, más recientemente, “guerra urbana”.
Entre toda esa alharaca no se escucha nada propositivo sobre la educación, el trabajo, la salud y las libertades individuales, a no ser que sean alegatos en contra, como los que han hecho con referencia a los derechos de los homosexuales.
La doble moral de los políticos del CD carece de límites. Eso los ha llevado a juzgar a Juan Manuel Santos por amenazarnos con una “guerra urbana” si no se firman los acuerdos de paz de La Habana (“el terrorismo está envalentonado y la comunidad intimidada”, dijo Uribe en una entrevista). Lo que sí no cuestionan es que, al tiempo que critican al presidente, ellos se nutren de la amenaza castro-chavista y de la inestabilidad institucional venezolana: una amenaza que parte de una invención ridícula, porque difícilmente alguien vería en el rostro neoliberal de Santos a un socialista.
Mientras haya colombianos matándose en el monte por sus convicciones políticas el uribismo tendrá su materia prima. Sus integrantes son parásitos de la muerte, oportunistas de la tragedia. La popularidad de todas sus consignas se alimenta del odio y pareciera que el éxtasis de sus ideales residiera en el exterminio total del enemigo, en la “mano firme”, en el corazón grande y hueco.
A medida que avanza el proceso de paz, Uribe y sus fieles aumentan su disidencia, y es lógico: sienten que cada vez está más cerca el día en que deban despegar sus bocas de la deshonrosa teta de la guerra. Ese es el motivo por el cual recogen firmas que la incentiven y la perpetúen, pues su comodidad está en el desplazamiento forzado, en los ataúdes que desfilan hacia los cementerios, en la ignorancia y el miedo de las muchedumbres. Jamás en el posconflicto.
Ninguno de ellos desea ser como la espada vieja de un poema de William Ospina, a la que una implacable paz está matando.

Cartagena sin memoria

El pasado 1 de junio muchas personas celebraron el cumpleaños 483 de Cartagena. Y como ha sido costumbre desde hace ya varios años, la Alcaldía realizó una serie de actos conmemorativos en los que se incluyeron un concurso fallido de fotografía y una ofrenda floral a la estatua de Pedro de Heredia, el hijo de la grandísima que nos fundó.
Antes de hablar de estos dos errores conmemorativos descomunales, me gustaría aclarar las razones por las que creo que nadie debería celebrar la fundación de Cartagena. El 1 de junio de 1533 es una fecha para no olvidar, eso es cierto, pero eso no la hace una fecha memorable. Aquel día, una miríada de bandoleros con complejo de superioridad cultural llegó a estas playas y arrasó con las costumbres y las estructuras sociales de una civilización indígena. De los Kalamarí no quedó ni el recuerdo, ni un ligero rastro de sus mitologías.
De modo que el 1 de junio no es un día feliz, sino un día de espantos. Hace 483 años no sucedió nada bueno. Por el contrario: empezó la esclavitud, la evangelización forzosa, la discriminación racial y el proceso de mestizaje que, más que un encuentro entre culturas, fue una serie interminable de violaciones impunes.
Si esta fecha merece un lugar especial en nuestro día a día, ha de recordarse con la misma mesura con la que se recuerda una masacre. De ningún modo tendría que ser una fiesta. Podría hablarse de conmemoración, pero si es así ¿por qué el alcalde le echa flores a Pedro de Heredia? ¿Qué es lo que tienen estos negros e indígenas muertos de la Colonia que no nos duelen ni son dignos de una tristeza?
Por si fuera poco, la oficina de Comunicaciones de la Alcaldía organiza un concurso para elegir la mejor fotografía con la bandera de Cartagena. De entrada el concurso está viciado por una incoherencia histórica: nuestra famosa “cuadrilonga” nace en 1811 a partir de las gestas de Independencia y es absurdo izarla en honor a la fundación de la ciudad por parte de la Corona española. Pero no pasa nada, la nuestra es la ciudad de las contradicciones, la misma que construye monumentos de colonizadores frente al Camellón de los Mártires.
El concurso se hizo y ganó una foto que, siendo franco, parece más una publicidad de cigarrillos que una imagen reivindicadora de valores patrióticos. Todas estas cosas pasan cuando un gobierno no tiene idea de lo que es la memoria histórica. En este tema simbólico, la administración de Manolo Duque aparenta ser tan ignorante como la de Dionisio Vélez. Y ojo: lo simbólico es casi lo único que nos queda en una ciudad endeudada por un crédito de 250 mil millones.

Patrimonio champetúo

Aquel que diga que la champeta no es algo valioso para Cartagena es porque no conoce el corazón de esta ciudad tan bella. Quien piensa que el champetúo es un delincuente y un desadaptado social, está mal de la cabeza. No hay gente más bacana, ni más feliz, ni más vacilada que la que se identifica con la champeta. Así que basta ya de prejuicios.
Estos champetúos son los que están buscando que a la champeta se le declare Patrimonio Inmaterial de Cartagena. Un proceso fundamental por varias razones. Primero, porque es necesario que a este género se le dé un reconocimiento institucional por parte del gobierno distrital y de las autoridades gubernamentales en general. Así tal vez nuestros políticos por fin propongan proyectos idóneos a nuestra identidad cultural y no sólo se dediquen a usar la champeta para musicalizar los eslóganes de sus campañas electorales.   
Segundo, porque la champeta trasciende el ámbito musical para convertirse en el gallardete social de los excluidos. Los champetúos no discriminan, no distinguen entre blancos, indios y negros, a su comunidad entran los ricos, los pobres, los “Bienmiamor”, los ninguneados por los alcaldes y presidentes. Un gobernante que entienda esto sabrá que en la diversidad de la champeta está la paz que tanto se busca para los barrios asediados por la violencia.
Y tercero, porque creo que, de alguna u otra forma, la champeta nos ha enrumbado a todos. No hay estudiante, maestro, embolador, conductor de buseta, vendedor de lotería, enfermera, mototaxista, carretillero, fritanguera, cocinera de corrientazos, poeta, barrendero, vigilante o palenquera que no se haya espelucado al menos una vez en su vida escuchando un clásico del Sayayín, Louis Tower, Elio Boom o un nuevo tema de Kevin Flórez.
Cartagena está repleta de champetúos, y así debe ser. Alguna vez le oí decir a un amigo oriundo de Medellín que todo paisa tiene una finquita en el recuerdo. Con el mismo entusiasmo me atrevo a decir que todo cartagenero –quizás todo costeño– tiene un picó y una champeta atravesados en el alma. Un “Pato Donald”, “Viejo zorro”, “Mala hierba” o “Echen agua” que nos engolosina las nostalgias.
Por eso es que todos debemos preservar este patrimonio champetúo: para que las nuevas generaciones puedan gozar y evocar como lo hemos venido haciendo nosotros.
Los niños y niñas del futuro tienen que crecer sabiendo que quien baila champeta no sólo aprende a hacer camitas con el cuerpo y tirarse el pase de los tres golpes. El champetúo verdadero raspa las suelas de sus chancletas y encuentra en el ritmo la epifanía de una cultura.

El Trump colombiano

Todos los países, o al menos lo más neuróticos, tienen a un Donald Trump. Es decir, alguien que simboliza el fascismo, la godarria y la paranoia nacionalista que se esconde en lo más profundo de algunos sectores de la población. Todos los países, o al menos los más jodidos, tienen a un enfermo con poder que ondea la bandera de la ultraderecha y escupe sin disimulo sobre la cara de la diversidad y las libertades individuales. Y nuestro Donald Trump es Alejandro Ordóñez.
Nadie como él para encarnar el arquetipo de la discriminación. Desde que asumió el cargo de Procurador General de la Nación su cruzada en contra de los derechos de los colombianos ha sido tan notoria que desconcierta el hecho de que todavía hoy, 7 años después de ser elegido, su permanencia en el poder siga intacta.
Como Procurador ha promulgado abiertamente su homofobia y, lo que es peor, lo ha hecho en nombre del Estado. La aprobación del matrimonio y la adopción por parte de parejas del mismo sexo fueron más lentas y sufridas porque, siempre que tuvo la chance, Ordóñez le puso trabas al asunto y encendió la hoguera del prejuicio: la misma con la que hace 38 años quemó los libros “indeseables” de una biblioteca en Bucaramanga.
Pero Ordóñez no sólo es homofóbico, sino también un fanático y, por momentos, un hipócrita. En esta última década, que la Procuraduría defienda el derecho de la mujer a abortar es un imposible, porque para nuestro Trump tricolor la sociedad “no puede desconocer a los más débiles dentro de los más débiles, que es quien está por nacer”. Sin embargo, si en verdad le importaran los débiles no hubiera criticado la Ley de Restitución de Tierras ni exigido su modificación para que los pobrecitos latifundistas no sean despojados de las tierras que compraron en medio del conflicto con tanta “buena fe”. Ahora sí estamos fregados en un país en donde se defienden a los victimarios y se acusan a las víctimas.
Ni hablar de lo que ocurre con la eutanasia. La vida, según Ordóñez, sólo la puede quitar Dios. Algo inadmisible si caemos en la cuenta de que Colombia es un estado laico, pero no puede esperarse otra cosa de un tipo que en más de media década jamás distinguió entre su labor pública y sus creencias religiosas.
La portada de la más reciente edición de la revista Semana muestra una caricatura de Trump y, debajo, este encabezado: “De payaso a candidato”. Me pregunto si Alejandro Ordóñez querrá parecérsele en eso también, si deseará ser otro payaso más que se lance a buscar la presidencia.

Chambonería distrital

Cuando al exalcalde de Cartagena, Dionisio Vélez Trujillo, se le ocurrió que Transcaribe debía empezar a funcionar en sus últimos días de gobierno así faltaran puentes peatonales, la chatarrización de las busetas y la ejecución de un plan de semaforización, la mayoría de los cartageneros comprendimos que a nuestra ciudad la administran políticos flojos, tercos e inoportunos a los que les cuesta planificar.
En aquel entonces Dionisio, con sus decisiones rápidas y su obstinación sin precedentes, sumió a Cartagena en el peor caos vehicular que se le ha visto en la última década sólo por querer iniciar a la fuerza un sistema de transporte masivo que aún hoy adolece de la infraestructura adecuada para funcionar.
Pero claro, esta es la ciudad en donde las obras y los proyectos se tienen que hacer a como dé lugar, poco importa si quedan mal hechos o afectan a la comunidad. Lo esencial es terminar, gastarse la plata de los contribuyentes y dejar cualquier cosa para el futuro, así sea un monumento a la mediocridad.
Hay una palabra para todo esto: chambonería. Las decisiones se toman sin medir sus alcances y sus consecuencias.
Esto es lo que recientemente está ocurriendo con la última restricción del alcalde, Manuel Vicente Duque, para el transporte público en el barrio Crespo, al norte de la ciudad. Los buses que vengan desde la Boquilla con dirección al Centro Histórico y al suroriente de Cartagena ya no podrán circular por Crespo sino que deberán hacerlo a través del nuevo túnel que bordea el mar. Con esa medida cientos de empleadas domésticas, estudiantes universitarios, colegiales, madres cabeza de familia y trabajadores independientes –no sólo de Crespo sino de Lemaitre, Crespito y Santa María– están obligados a caminar enormes distancias para acceder al transporte público. Algunos, cuya ruta era cubierta por un solo bus, ahora tienen que pagar doble transporte.
El motivo de esta prohibición es, según el DATT, descongestionar la vía principal de Crespo. Y hay que reconocer que el alcalde y su gabinete ya pensaron en una solución: serán los buses alimentadores del SITM los que recorrerán la avenida y se encargarán de llevar a los pasajeros a la estación más cercana.
Pero aquí volvemos a la chambonería. Resulta que los alimentadores no estarán disponibles sino entre quince y veinte días después de haberse impuesto la prohibición. Esto sólo puede significar una de dos cosas: 1) “Manolo” no tiene idea de lo que es planificar. O, 2) No le importa el bienestar de sus ciudadanos, algo bastante raro, por ser él un tipo cuyo lema de gobierno ha sido siempre Primero la Gente.

La falacia de la mayoría

Hay gente que no entiende que la opinión de las mayorías no es un argumento válido para reconocer los derechos de las personas. No en un Estado Social de Derecho que basa la integridad y la interpretación de sus leyes sobre unos principios constitucionales.
La razón quizás sea porque ignoran el verdadero sentido de la democracia. Creen que la democracia es la imposición de la voluntad y las costumbres de la mayoría como si se hubieran estancado en la definición de los griegos y se hubiera grabado en letras imborrables aquello del «demos» (pueblo) que usa el «cratos» (poder) para gobernar.
Por eso cuando en la Corte Constitucional se aprueba el matrimonio entre homosexuales o la adopción igualitaria hay más indignación que gozo. Todo porque muchos colombianos están convencidos de que el dogma cristiano, por ser el dominante en el imaginario religioso del país, también debería ser el dominante en las leyes. Y eso no es así. Eso no es democracia. Eso es una tiranía mayoritaria que no respeta la secularidad del Estado.
Colombia no está para dejarse conducir por prejuicios generalizados que incitan a discriminar y a la guerra. La paz, si ha de llegar, será con la protección de la dignidad de las minorías, aunque las grandes colectividades se opongan.
Con esto no repudio la importancia de las mayorías. Lo que piense un gran porcentaje de la población sí es importante, ya que podemos conocer la conciencia, las necesidades y la ideología de uno de los tantos rostros que posee nuestra comunidad nacional. Lo que mucha gente no comprende es que entre ser importante y ser “lo único” hay un abismo de diferencias considerables.
Colombia es un país multiétnico y pluricultural. Si la Constitución Política de 1991 hubiera sido confeccionada por lo que creyera la mayoría no se hubiera aprobado la libertad de culto ni existiera una circunscripción especial para los grupos indígenas y las minorías étnicas en participación política y derechos territoriales.
Las mayorías no siempre tienen la razón. Las multitudes suelen equivocarse con frecuencia.Prueba de ello es que en su momento gozaron de la buena opinión de las mayorías la esclavitud, la ideología nazi, la segregación racial, el fascismo y prohibirle el derecho a votar de la mujer. Incluso la Biblia, que últimamente se malinterpreta para discriminar a las minorías, alberga un episodio contundente: fue la mayoría la que, en últimas, pidió a gritos liberar a Barrabás mientras que Jesús era condenado a la crucifixión.

Carta a Viviane Morales

Senadora Viviane Morales sé que usted está contenta. Contenta porque se recogieron más de dos millones de firmas para promover el referendo que evite el derecho de los niños en Colombia a ser adoptados por homosexuales. Pero déjeme decirle que desde el instante en que usted pisó la Registraduría Nacional del Estado Civil, este país tendrá que lidiar con el repugnante fantasma de la discriminación y con los irresponsables políticos que lo nutren.
Parece que las minorías no encuentran sosiego en esta nación de líderes tercos y ortodoxos, los mismos que en su tiempo predicaban contra los derechos de los negros y se oponían al voto de la mujer.
Los funcionarios como usted se aprovechan del miedo a la diversidad que sienten las mayorías. Hacen de la ignorancia generalizada su propia carrera electoral. Es curioso que diga ante las cámaras que de estas firmas no ha sacado ninguna recompensa económica, política o propagandística, porque lo que yo veo en el fondo de todo esto son votantes.
Viviane, usted está convencida de que la “Colombia creyente” tiene el poder para imponer sus prejuicios a quien no los tenga. En un Estado Social de Derecho, esa falacia es inconcebible y preocupa que una senadora de la república no sepa que los procesos democráticos consisten en incluir a todas y cada una de las minorías.
También preocupa que del Partido Liberal surja alguien con una campaña como la de “Firme Por Papá y Mamá”: nada que ver con el Partido Liberal de ideas seculares por el cual abalearon las casas de mis abuelos hace más de medio siglo en un pueblito del Magdalena.
Es triste que en un país que busca la paz existan funcionarios que promuevan un discurso de guerra, homofóbico. Un discurso cuya arcaica noción de “familia” no entiende que el amor no es un privilegio exclusivo de la heterosexualidad ni la “familia” un monopolio de la limitada relación entre un papá y una mamá.
Algún día personas como usted que propagan desigualdades y hacen lo posible para que los homosexuales no puedan casarse ni adoptar, serán vistas a través del imborrable lente de la vergüenza. La memoria histórica no perdona. El tiempo que pasa siempre castiga la falta de humanidad. Por eso estoy seguro que las generaciones de los años venideros sabrán incluirla en aquel lamentable grupo en el cual están los racistas y los xenófobos.
Al final, el vago recuerdo de su trayectoria política ostentará la misma ridiculez que hoy le atribuimos al apartheid sudafricano o al antisemitismo nazi, y usted, Viviane, no será más que un borrón en la historia de la evolución cultural colombiana.

La Secta de las cosas

Pertenezco a una secta minoritaria que todavía le rinde culto a las cosas más simples. Un pedazo de pan, un cuaderno mojado, una gorra pirata de los Yankees de Nueva York. Ese tipo de posesiones que acaban siendo sagradas, marcadas por el símbolo de lo intransferible y dotadas con una fuerza semántica que sólo uno mismo puede entender.
Es verdad que hubo una época en la que todas las cosas estaban untadas de magia, en donde los seres humanos podíamos comprender la labor profética de cada objeto que nos rodeaba. Nunca ha habido tantos integrantes de la Secta como en aquellos años. Por supuesto, eran los tiempos del significado trascendente y de la revolución pagana; la era en la que las ciudades se fundaban cuando una varita de oro se enterraba en la tierra y cuando las plagas se conjuraban con un báculo de madera.
Pero esa época ya no existe y ahora sólo queda un grupo minúsculo de tipos dementes que nos dedicamos a darles las gracias a las cosas más simples. Un vaso de leche, una cabuya vieja, un verso suelto escrito a mano en la última página de un libro usado. Esta es una secta anacrónica que jamás se congrega. Vamos por las calles observando las vitrinas y los postes de luz, vamos por la ciudad como por una iglesia y allí en donde están los demás, allí donde aparentemente nada ocurre, pues allí se encuentra nuestra Meca.
Transcribo un fragmento de nuestro Salmo de Gratitud número 21, esencial para quienes se inician en la Secta:
“…por eso damos las gracias a las flores artificiales: porque adornaron por más tiempo que la flor que se pudría en los jarrones. A la nevera y a sus galpones vacíos que algún día se llenarán de comida para dar de comer a nuestros hijos. Al envejecido parque de diversiones que nos mostró que el caos es un juego en la atracción de los carros chocones. A las puertas que se cerraron sin seguro y que estuvieron esperándonos disfrazadas de obstáculos. A los aleros de aquellas ventanas en donde vimos la lluvia caer sin que la lluvia nos mojara.
Al último peso de la jornada que gastamos sin pensarlo dos veces para poder vivir otra jornada. Al Coyote de los dibujos animados que fracasó mil veces en la captura del Correcaminos y mil veces lo siguió intentando. A la Gillete que nos cortó al afeitarnos porque sangrar en ese momento nos hizo más humanos. A los museos llenos de dinosaurios donde aprendimos que el tiempo pela la carne y nos deja sus recuerdos blancos.
Gracias a la almohada de funda raída que sostuvo nuestras cabezas cuando éstas estaban en otro lado soñando. Infinitas gracias al olvido y a la muerte que nos hicieron querer tener razones para que otros nos recuerden”.