Este blog recoge y actualiza mi trabajo periodístico en Colombia desde el año 2010. Cada escrito mantiene un interés por la cultura popular, los imaginarios urbanos y la importancia social de los marginados, denunciando las estructuras de poder que nos impiden desarrollarnos como una sociedad intelectual. También les comparto mi obra ensayística, con la cual he recibido algunos reconocimientos, pero nunca uno mayor como el honor de ser leído por ustedes. Ahí les dejo mi visión del mundo.
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miércoles, 23 de julio de 2014
Los nombres de la muerte
Esas son las razones por las que debería estar prohibido que los barrios lleven nombres de fechas históricas relevantes: porque el concepto de patria dejó de significar algo para nosotros y ya no nos suscita ningún valor, es sólo una excusa que nos impulsa al odio y al olvido.
Claro que esto no es una verdadera solución, pues en el fondo, todos sabemos que la inseguridad y la violencia de la ciudad obedecen a conflictos socioeconómicos más profundos que el alcalde de ahora y las demás autoridades competentes no han podido resolver. Sin embargo, tal vez así nos evitemos tanta riña y tanta muerte cuando por obra del tiempo a algunos vecinos se les ocurra celebrar a tiros la Batalla de Boyacá o la Independencia de Colombia.
martes, 22 de julio de 2014
La libertad de las estatuas humanas
Casi nadie lo sabe, y por eso es un deber decirlo: no hay trabajo más difícil que aquel que consiste en no hacer nada. Y ese hombre que está sentado frente a mí es una estatua humana. O sea: alguien que se gana la vida haciendo nada.
Su nombre completo es Steven Andrés Hernández Herrera, es cartagenero, tiene 31 años y desde enero del año 2007 su vida depende de estar quieto. Desde la mañana hasta la noche se sienta en un balde y simula ser un pescador encorvado que acaba de atrapar un pescado.
Soporta horas de inmovilidad solamente para que aquellos que vayan andando le arrojen una que otra moneda en el pote de las limosnas que reposa, también estático, a sus pies. Su historia de vida inicia como inician casi todas las historias en Colombia: con la violencia y el fracaso.
Resulta que Steven jamás hubiese sido estatua humana si no es por la guerra. La primera vez que tuvo que prestar el servicio militar lo mandaron para el municipio de Guapí, en el departamento del Cauca.
Allá, me cuenta, no habría podido seguir soportando, semana tras semana, la brutalidad de los entrenamientos y la incomodidad de matarse por el bienestar de unos pocos. Su pelotón estaba destinado a volverse una jauría de leones, una bandada de cuervos saca ojos. Así que para el 2006 ya se había salido del grupo y había regresado a Cartagena jurando no volver a aquel infierno construido con fusiles, órdenes y trajes camuflados.
– Estuve allá en la guerra – dice, tomándose varios segundos entre una palabra y otra–, pero me vine a esta guerra de acá, que es la pelea por la vida, una pelea que haces sin armas, sin nada.
Y era una pelea que parecía que perdía. Desde que había retornado a la ciudad había intentado conseguir un buen empleo sin resultados positivos. Tener la libreta militar no le había servido para nada. Él quería ser vigilante o algo que tuviese que ver con ello, y anduvo vagando de una empresa de vigilancia a otra, mandándoles su hoja de vida.
De esa mala época su recuerdo más intenso proviene de una ocasión en la que llegó a una empresa de vigilancia privada buscando trabajo como de costumbre y cuando fue a entregarle su hoja de vida a la secretaria, ésta le advirtió:
– Mijo, mejor llévatela porque aquí las votamos.
Steven no podía creerlo y ante su expresión de duda la secretaria trató de confirmar su frase con el dedo:
– Si quieres mira dentro de esa caja –le dijo la mujer.
Era una caja de cartón de un 1 metro x 1 metro en donde estaban amontonadas otras hojas de vida que habían llegado en el transcurso del mes, formando grandes pilas de papel y sueños frustrados que aguardaban la improbable selección del jefe. Entonces se convenció de que nunca tendría aquel empleo, ni ahí, ni en alguna otra parte.
Y hubiese seguido en el trajín de la lucha por el pan si un primo suyo no le propone disfrazarse de estatua humana para rebuscarse en el Centro.
Desde aquellos días no ha dejado de ser una estatua humana. Suma, hasta la fecha, siete años y seis meses de trabajo arduo, de calambres constantes y nalgas dormidas por la eterna espera.
Inmóvil
Steven tiene tres hijos y vive en un barrio llamado República del Caribe que queda en las faldas del Cerro de la Popa, junto a Palestina. Todos los días sale hacia el Centro a una hora indeterminada, dependiendo de los ánimos con que se haya levantado esa mañana. Se camina el trayecto entero, ida y vuelta. Según él, es una buena forma de mantener en movimiento los músculos que luego se mantendrán estáticos durante largas horas.
Después llega hasta el Parque de la Marina para colocarse su particular atuendo; allí también se maquilla, embadurnándose con una crema de color negro que se puede conseguir en cualquier miscelánea de la ciudad y que todo tendero conoce con el nombre de Pintacaritas. Claro está que, cuando la situación económica se pone estricta, Steven recurre a polvo de carbón que obtiene raspando leña quemada contra el andén. De cualquier forma, no le lleva más de quince minutos alistarse por completo para emprender su jornada de piedra y bronce.
Un turista que anduviese por la calle sólo vería la estatua. Miraría rápidamente el sombrero de caña flecha, el rostro pintado de negro y el palito de madera con un pescado de trapo amarrado en la punta. Pero habría que charlar con él para saber que sus zapatos negros son los más elegantes que tiene y que dentro de su pescado de trapo se encuentra parte del algodón que tuvo que sacar de una de sus almohadas para terminar de rellenarlo.
Hacer de estatua humana implica volverse casi un objeto, fundirse con la materia inmóvil de la ciudad, mezclarse íntimamente con los postes de luz, las tapas del alcantarillado, los avisos luminosos de las casas de compraventa, las escaleras estrechas de los moteles de cero estrellas, en fin, todas esas cosas que, llegado el momento de expirar, acaban haciéndolo en el mismo sitio de siempre.
De manera que este es un oficio que no es tan fácil de llevar a cabo. Steven me cuenta que siempre hay quienes se dan a la tarea de perturbarlo, ya sea contándole chistes vulgares o gesticulando muecas.
No han faltado las mujeres que lo han rodeado y lo han manoseado mientras le dicen obscenidades en el oído, hasta hubo alguna que en medio del desorden colectivo se llegó a quitar el brassier y le mostró, rápidamente, sus dos pezones erguidos.
Pero nada de eso logró alterar la solidez de su postura; lo más cerca que estuvo de moverse fue una noche en la que dos actrices porno iban cruzando la calle y se detuvieron frente a él para tomarse unas fotos con sus celulares. En las fotografías (que por desgracia Steven no conserva) salió con su cabeza acomodada entre los senos de las actrices, como si protagonizara una publicidad de Playboy sobre monumentos sexuales en la ciudad del pecado.
– Eran dos caballos de fuerza –me recuerda Steven–: me la arrecostaron en todo el galón ¿entiendes?
Cuando dice la palabra galón se toca la cabeza con las manos, esa cabeza que, mientras su portador está paralizado, repasa una y otra vez la espiral de memorias que componen su vida. Y es que sentado sobre el culo invertido de un balde, Steven Hernández pesca todos sus recuerdos. Vigila el indiferente contorno que lo circunscribe en un mundo hostil lleno de caminantes acelerados. El mundo moderno, el mundo postmoderno, el mundo contemporáneo.
Este puto mundo de la producción en serie y de las entregas inmediatas, donde los peces más rápidos se comen a los lentos. Por eso, desde que vi a Steven haciendo de estatua humana sentí algo en su respiración pausada, algo en su calmada silueta, algo en la personificación de su pesca infinita que nos gritaba:
¡Jódanse peatones, yo estoy libre porque no me estoy moviendo!
El artista detrás de los carteles de champeta
El primer cartel de champeta que pintó el Runner coincidió con el auge de un picó de su barrio: El Conde. Hace 34 años, todos los fines de semana, el barrio la Candelaria rompía la sosegada trama de la ciudad con el furor musical de sus bafles gigantes. Era una música que venía especialmente desde la vieja Calle de los Palenqueros, lugar donde nunca faltaba la presencia de El Conde.
Runner o José Corredor (como solía llamarse en esos años) agarró su juego de acuarelas e hizo un aviso publicitario por su propia cuenta, sin que nadie le ofreciera nada a cambio. Pegó su cartelito en un poste de luz frente a su casa y esperó el momento en el que el dueño del picó llegara preguntando quién había sido el autor de aquella publicidad. Cuando vieron al muchachito de dieciocho años la simple curiosidad se transformó en sorpresa, y de la sorpresa se pasó a los negocios. De repente, todos los dueños de los picós comenzaron a encargarle sus carteles, en cantidades modestas de ocho a doce ejemplares, nada comparado con las quinientas que puede hacer hoy en día para un baile organizado por el Rey de Rocha en la Plaza de Toros de la ciudad. Para esa época la única condición que exigía el Runner era que lo dejaran entrar a los baile de picó que él promocionaba.
La verdad es que José Corredor jamás creyó que bastaría con cursar cuarto de bachillerato para convertirse en leyenda. Hace 32 años, en la primera clase de inglés del Colegio de la Universidad Libre, a José Corredor se le ocurrió preguntarle al profesor cómo se decía su apellido en inglés.
– Fácil –le respondió el profesor–: se dice Runner.
Desde entonces, todos los que lo conocen, incluso hasta sus amigos más íntimos, lo llaman El Runner. José Corredor únicamente existe en la partida del bautismo y la cédula de ciudadanía. Si acaso en la memoria de sus padres. José Corredor es un fantasma jurídico comparado con aquel que la gente apoda como El Runner, ese que todos los vendedores del mercado de Bazurto pueden ubicar y señalar en medio de las aglomeraciones, entre las pilas de zapatos chinos y ropas de segunda mano, ese que cuando atraviesa los pasajes de El Colmenar los empleados dicen “ahí va el Runner”, como si conjuraran el elemento secreto para una receta de alquimia.
Runner no lo sabe, pero Cartagena es la ciudad donde los artistas aprenden a formarse entre las ruinas. Acá, afuera del Centro Histórico y los barrios de la élite, crece una ciudad de sueños podridos, un gimnasio de escombros reciclados y extintos que jamás sale en las postales ni en las propagandas de la Corporación Turismo. La gloria y el éxito son ideas que el agua se ha llevado en cada aguacero de mayo y, a veces, las únicas armas que sirven para mantenerse intacto son el silencio y el olvido.
Es en esta otra ciudad donde se encuentra el taller del Runner, taller que, dicho sea de paso, era anteriormente un sitio abandonado, rodeado de tripas de pescado y excrementos humanos. Para llegar allí hay que bajarse cerca de la Olímpica del mercado de Bazurto, luego caminar hacia el centro comercial El Colmenar y atravesarlo sin desvíos hasta el otro lado, en donde los transeúntes se adentran en un laberinto de restaurantes de mala muerte y negocios informales. Ése es el corazón de Bazurto, un corazón caliente, vibrante, húmedo. La luz del sol apenas si toca los caminos, pues sobre las chazas y los callejones se extiende una gran variedad de techos de bolsas plásticas que recuerdan la arquitectura de los cambuches militares. En aquella anarquía de vendedores de películas piratas y televisores de baja gama, uno puede advertir los rastros del Runner que van surgiendo en los avisos de las piñaterías y en las carretas varadas en las esquinas: todos con la misma letra cursiva y fluorescente que suele aparecer en los afiches del Rey de Rocha o en los pendones de El Imperio. Entonces, sólo es cuestión de andar unos cuantos metros más para encontrar al Runner metido en la escuadra de sus cuatro callejones, llevando a cabo sus afanosos brochazos.
José Corredor Rodelo vive en la Magdalena, en Olaya Herrera, cerca del cementerio. En los días de trabajo sale hacia al taller en su moto, muy temprano. Espera hasta las 8:00 a.m., que es cuando llegan todos sus ayudantes y vales firmes. Posteriormente, empieza a pintar hasta las cinco de la tarde, descansando sólo al mediodía para almorzar. Al final de su jornada ya tiene listas las grandes cantidades de publicidad para El Rey de Rocha, El Géminis, El R.S, El Imperio, El Geovanoty, entre otros…, todos con pedidos de cien pliegos en adelante, pagados anticipadamente a mil pesos la unidad.
El mundo de los carteles de bailes de picós no es tan sencillo, mucho menos fácil. Para que funcione, primero los dueños del picó tienen que encargarles los carteles al Runner, encargo que va de las trescientas a las quinientas unidades. Luego, cuando se han pintado todos los avisos, éstos son recogidos por los cantineros (personas que reparten el trago en el lugar donde va a celebrarse el baile) y distribuidos por zonas, especialmente en los cuatro barrios que constituyen los pilares de las barriadas populares de la ciudad: Olaya Herrera, El Bosque, Torices y el propio mercado de Bazurto.
Cada uno de los pies de poste, las carteleras dobles, los carteles solitarios y las paredes completas son hechos a mano en un proceso que combina el trabajo artesanal con la producción en serie. Los pliegos en blanco de papel margarita se pegan cuidadosamente con bóxer en las paredes del taller, de tal manera que puedan ser removidos más tarde sin que se rompan. Una vez que los pliegos están acomodados, el Runner pinta el nombre del picó y el círculo donde estará escrita la fecha del baile. Después un ayudante traza el lugar y otro más pinta los nombres de los anfitriones que invitan al picó. Así hacen con todos los carteles, hasta completar los centenares de encargos que hoy podemos observar en las paredillas más remotas y en los sectores más olvidados de esta ciudad quebrada, sostenida emocionalmente a punta de música y de obscenidades literarias.
Estos carteles tienen la característica de que pueden verse a muchos metros de distancia: ya sea desde las ventanillas de las busetas, desde el montacargas de una camioneta o en el asiento trasero de la mototaxi, todos los habitantes de Cartagena han visto, a lo lejos, las letras rojas y luminosas de la publicidad de los bailes de picós. Esta estética de lo fluorescente tiene una razón histórica que el Runner resume en un comentario:
– Antes, cuando había toros en la Plaza de Toros, pegaban unos carteles del mismo color, todos tan igualitos que si uno pasaba por ahí no los distinguía de los avisos de huelgas y paros nacionales.
Yo me pregunto si no será precisamente por la intensidad del color, la sabrosura de la champeta y el erotismo de los bailes de picó, que este fenómeno artístico se posiciona en el mismo nivel crítico y social de las huelgas y los paros nacionales.
Crónica de una coctelería de 24 horas
Hace tres años, mientras Samir Prens preparaba un coctel de camarones a un taxista, Eliana Quiñones lo miraba. Lo hacía desde su puesto de comidas rápidas a unos pocos metros de la coctelería. Su cara, oculta tras el vapor de las salchichas y el crepitar de los chorizos en la plancha, era la de una mujer que sabe que va a enamorarse. Las varias noches que llevaban trabajando juntos, uno al lado del otro, los habían unido en secreto y siempre de la misma forma: ella mirándolo en su carrito de perros calientes y él sabiendo que lo observaban, resguardado en su glorieta de mariscos y frascos industriales de salsa de tomate.
La verdad es que estaban condenados a amarse desde que empezaron a coincidir en los turnos nocturnos. A veces, cuando la clientela de ambos parecía desaparecer en el silencio de la madrugada, no había otra opción que hablarse para no morir de sueño. Samir Prens fue el primero que rompió el hielo de la conversación. Cuando el tiempo iba más allá de la medianoche, se dirigía hacia el puesto de Eliana y la saludaba. Tenía entonces 36 años, usaba bluyines oscuros, suéter blanco y un delantal enorme que en lo único que se diferenciaba de una bata de laboratorio era que tenía el dibujito de un camarón anaranjado en el pecho. Antes las horas se les iban viendo televisión (cada uno por su lado) hasta que en la programación nacional salían las barras multicolores anunciando el fin de la emisión. Ahora, que Eliana no sólo lo miraba por sobre el vaho de las hamburguesas, sino que también dialogaban, podía el sol salir sin ningún apuro, porque el presentimiento de que ella se iba a enamorar había comenzado a hacerse efectivo.
La Coctelería de La Torre está ubicada entre el monumento a Cervantes y la avenida que divide al Banco Popular con el Parque del Centenario. Es la misma avenida que se llena de personas que intentan embarcarse en uno de los tantos colectivos que llevan hacia la Bomba del Amparo. En este momento hay un excedente de taxistas producto del reciente paro de conductores de buses que les ha dejado libre el camino. Buscan entre los transeúntes a un potencial pasajero. Llego a la coctelería donde está Samir Prens atendiendo a sus clientes, tiene 39 años, usa su uniforme de siempre y una gorra negra de la Harley Davidson. Detrás de él, ayudando y portando el mismo uniforme, se encuentra Eliana, ahora convertida en su esposa. Les pregunto cómo es posible que en esta historia de amor no haya habido ningún inconveniente y Eliana me responde de inmediato:
– Sí los hubo. Llegó un momento en que se me acabó el contrato y me salió otro trabajo mejor, así que me fui a otra parte a trabajar. Pero él no dejó de llamarme. Me siguió hablando hasta que hicimos más fuerte la relación. Entonces yo quedé embarazada y más tarde él me pidió que le ayudara aquí.
Entonces supe que aunque existan huecos en la carretera, los enamorados siempre tendrán su pedacito de asfalto para continuar sin problemas.
Turnos de 24 horas
Desde que Samir trabaja en la Coctelería de La Torre tiene un turno que se inicia a las 8 de la mañana y termina a las 8 de la mañana del día siguiente. Luego descansa un día completo para volver a comenzar. Al principio, salía al Centro y regresaba a su casa en bicicleta, pero el cansancio de las horas de insomnio terminaron cobrándole una multa que casi acaba con su vida: una vez, volviendo a su casa, se durmió en plena carretera y sólo se despertó cuando su bicicleta chocó contra un carro detenido. Desde entonces, se transporta exclusivamente en mototaxi.
Me dice Samir que el sueño es lo peor. A veces él y Eliana se quedan dormidos en las sillas plásticas de los clientes hasta que alguna persona los llama para pedirles una gaseosa o un coctel. El televisor de 22 pulgadas hace mucho que dejó de entretenerles y no son todas las veces que pueden quemar las horas viendo las series gringas que pasan por el Canal Caracol después de las 12. Ocasionalmente, Samir conecta un DVD y pone una película que les mantenga alertas de los indigentes o borrachos que a veces se acercan para gritarles sandeces o robarles las sillas. Si la película es buena pueden vigilar su tierno patrimonio de mar compuesto por un nevecón de Coca-Cola, ocho frascos grandes de salsa de tomate, uno de mayonesa, un lavaplatos para enjuagar el marisco procesado y un pote con mentas para combatir el aliento a cebolla.
– A pesar del cansancio, este oficio enamora –dice Samir.
Y le creo. En este oficio encontró a su esposa y ha podido mantener a sus hijos. Supongo que ya debe tener el mismo corazón noble de los pescadores que pueden soportar la derrota de los días en que no cogieron nada. Van ocho años de alimentar poetas insomnes que se desvelan viendo el Reloj Público, ocho largos años brindándoles cocteles a cocheros, taxistas, meseros y pasajeros de colectivos. Una jornada laboral de 24 horas nada más puede recompensarla la melancólica república de vagabundos y automóviles que a esa hora brillan y se agitan bajo las luces amarillentas de los postes, como queriendo organizar un baile secreto para aquel que se esfuerza en la vida.
Sé que Samir Prens no se aburre de ser coctelero, porque cuando le pregunto si todavía disfruta comiendo sus propios cocteles de camarón me responde con picardía:
–Claro que sí. Imagínate: ya llevo cuatro hijos a punta de coctel de camarón.
Requiem por la bolita uñita
Muchos de ustedes ya están grandes y lo saben: antes de que las canicas se volvieran trastos para decorar floreros o peceras nosotros solíamos jugar con ellas a la bolita de uñita. Todos guardábamos una colección de bolitas dentro de una media o en el tarro de la leche Klim y esperábamos el final de las clases para empezar a jugar nuestra guerra de trampas sutiles y puntería. Con el paso del tiempo estas bolitas se perderían debajo de la cama o quedarían estancadas en un rincón del patio junto a las macetas y a los balones espichados como pequeños planetas olvidados por sus dioses.
En esos años nada fue tan esencial como el hoyito. El pelao más birrioso era el que buscaba una tapita de gaseosa y empezaba a cavar con ella en la tierra de un parque o de una terraza, hasta que hubiese un hueco en donde pudieran embocar las canicas. Entonces alguien trazaba una línea y desde ahí todos arrojábamos nuestras bolitas de uñita para asignarnos los turnos dependiendo de quién había quedado más cerca del hoyito, no sin antes aclarar si íbamos a jugar a la verdad o a la mentirita, porque para ser francos, deseábamos con ansias pelar al adversario, de modo que no íbamos a aceptar que alguien no pagase sus derrotas con canicas.
Llegó a ser tanta la birria de este juego que Cremhelado sacó paletas que venían con canicas especiales, de esas que no podíamos conseguir en las misceláneas a 3 por cien pesos, sino que teníamos que ganarlas apostando nuestras bolitas más sagradas.
Ahora que ya esas bolitas no existen, que mis amigos crecieron y que toda esta anécdota es historia, siento que el hueco que se cerró en la tierra de nuestro barrio terminó por crecernos en el pecho, dejando un vacío irrecuperable. A las generaciones que vienen sólo les queda un reguero de planes postpago y teléfonos inteligentes. Nada de bolita de uñita.
Me pregunto si de tanto haber restregado una a una nuestras tradiciones ya sólo nos quedan escombros y cenizas, muy parecidos a esa mugre que nos sale cuando frotamos, entre sí, las palmas de las manos. Me pregunto si aquellos niños que hoy se la pasan en sus tabletas y mandando mensajes por WhatsApp conocen la emoción del contacto humano, la nostalgia por el patio, la palabra “perrito guardián” o la técnica de “la pitica jalá”. No sé, quizás esté exagerando. Pero estoy seguro de que con el desarrollo descabellado de la tecnología, algo fundamental hemos perdido.
De todas formas es importante tratar de recuperar los juegos populares porque se aprende mucho. Por ejemplo, todo aquel que jugó bolita de uñita sabe y recuerda que cuando arrepechas y embocas también pagas y te vas: ésa es la verdadera definición de la vida.
Ojalá que pierda Colombia
Todavía no había nacido cuando Colombia empató con Alemania en los últimos minutos con un gol de Freddy Rincón. Mi abuela me cuenta que minutos antes, mientras Alemania ganaba, todos en la casa trataban de no seguir viendo el partido para no vivir la frustración que suele darles a quienes relacionan íntimamente a la patria con noventa minutos de fútbol.
Pero cuando Colombia metió el gol al minuto 92 un estallido reventó la afonía del barrio y la ciudad entera entró en una especie de efervescencia, como si hubiera caído sobre Cartagena una pastilla gigante de Alka-Seltzer.
Entonces todos recuerdan cuando uno de mis tíos salió en pelotas del baño gritando de emoción y corriendo hacia el televisor con el jabón chorreándole del cuerpo. Eran otros tiempos, los máximos actos de violencia aquella mañana de junio habían sido dos o tres vulgaridades hacia el cielo que duraron lo que duró el partido con Camerún en los octavos de final.
Once años después, durante la final de la Copa América, Iván Ramiro Córdoba marcaba de cabeza el gol que nos daría el título frente a México. Todos hicimos una caravana ese día, tocábamos los pitos de los carros y gritábamos “día cívico, día cívico” sabiendo que el lunes despertaríamos sin ganas de trabajar o de ir al colegio.
Recuerdo que algunos se quitaban el suéter de la Selección para usarlo como bandera y que las emisoras pusieron el repertorio musical de las fiestas de noviembre en pleno mes de julio.
Estábamos hechizados por el encanto de la victoria, embrujados por aquel deporte lleno de cambios de frente, tiros libres y tarjetas amarillas. Veíamos en los partidos ganados una salida y un consuelo de nuestra derrota socioeconómica. Sin embargo, en aquella euforia no hubo tanta violencia como ahora.
Es triste saber que una sociedad que acaba de votar por la paz no pueda sobrellevar con calma un simple mundial de fútbol. Las victorias contra Grecia y Costa de Marfil comprobaron que muchos de nosotros perdimos la capacidad de celebrar sin vandalismo. Y así como en la vida hay malos perdedores también hay que decir que, hasta ahora, muchos hinchas colombianos han sido pésimos ganadores.
Los noticieros muestran a personas saqueando tiendas, disparando al aire, ensuciando con espuma y maicena a los policías. Se han reportado varios homicidios. Esto tiene que terminar. Una Selección tan buena no merece la hinchada inmadura y agresiva que tiene.
Me encanta el fútbol, pero si vamos a seguir matándonos cada vez que Colombia gana un partido prefiero que nos eliminen del mundial, y rápido, ya que no me imagino cómo quedará este país si por algún milagro ganásemos la Copa.
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