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miércoles, 20 de agosto de 2014

Correo no deseado

La diferencia entre una ciudadanía digna y una ciudadanía boba radica en la manera como estas lidian con la contaminación visual, especialmente si esa contaminación es producto de las propagandas políticas. Cartagena, evidentemente, está poblada por una ciudadanía boba, tan enajenada del sentido de pertenencia por el espacio público que ha permitido que conviertan cada barrio en el escenario publicitario de la lucha por el poder político.
A veces creo que estamos literalmente sumergidos en un gran canal de televisión en el que salir de nuestros hogares implica ser bombardeados por toda clase de comerciales: vallas que dicen que bebas aguardiente, afiches promocionando el último concierto en la Plaza de toros, paraderos de buses que muestran el nuevo sabor de una gaseosa, etc. Pero no hay propaganda tan contaminante ni tan vacía como la de nuestros presuntos candidatos a la alcaldía. No sé si se han dado cuenta, pero no queda un solo rincón de la ciudad en el que Gustavo Martínez no haya pintado su nombre -o se lo hayan pintado-, así como que de cada diez automóviles seis llevan una calcomanía de Quinto Guerra en el vidrio trasero.
¿Les digo algo? Dejar que un político pinte un mural en nuestro vecindario es como si nos mearan la pared de la casa. Usted se enoja cuando ve a un borracho vaciando la vejiga cerca de su vivienda o se sulfura si el perro del vecino se cagó bajo su ventana, pero no dice absolutamente nada si viene un político de éstos y pinta “Gustavo Martínez pensando en Cartagena” en cada paredilla. Curioso ¿no? Somos capaces de borrar un grafiti cualquiera pero no nos atrevemos a dignificar el barrio quitando la propaganda electoral.
Y ésta es una propaganda electoral que, dicho sea de paso, está prohibida por ser demasiado anticipada. Si Quinto Guerra o Gustavo Martínez piensan lanzarse a la alcaldía de Cartagena deben saber que su “madrugadora” campaña viola la ley de la publicidad electoral. Si ninguno de ellos piensa ser alcalde, están violando igualmente la ley que regula la contaminación visual, además de llevar a cabo uno de los espectáculos egocéntricos más ridículos que haya tenido este país. Así que no se crean mucho si ellos llegan a decir que no aspiran a ningún cargo político.
Pienso que si Cartagena fuera la bandeja de entrada de un correo electrónico gigantesco a los candidatos políticos se les tendría que marcar como spam, pues están en todos los lugares y llenan escandalosamente los espacios destinados a información más útil. Una ciudadanía digna debería tratar a estos personajes como se trata al correo no deseado: no lo leemos, no confiamos en él y siempre lo borramos.

jueves, 7 de agosto de 2014

La civilización del fútbol

Me pregunto si una conferencia de Jorge Luis Borges hubiese llenado los 99 mil asientos del Camp Nou, o si un debate entre García Márquez y Vargas Llosa hubiese sido considerado un súper clásico digno de emitir por todos los canales de televisión. Me lo pregunto aun sabiendo que nuestro nobel colombiano nunca llegó a ganar 1600 pesos por segundo como Lionel Messi, y a todo eso sé que la respuesta es un rotundo no.
Diré algo que todos intuyen: existe un desequilibrio económico de modos de vida entre los escritores, pintores, dramaturgos, académicos y entre todos aquellos que pertenecen a la industria de los deportes hegemónicos, especialmente el fútbol. Incluso hay una asimetría simbólica: la gloria de unos no se compara a la de los otros. Muchos quieren ver jugar a Falcao pero pocos desearían leerse el Ulises de Joyce, aun cuando, en equivalencias, tanto el delantero colombiano como la novela son grandes exponentes de sus respectivos campos.
¿Qué clase de sociedad es esta en donde Cristiano Ronaldo colecciona autos deportivos mientras doctores en filosofía, estudiantes de literatura o bailarines folclóricos se matan haciendo la fila infinita del taxi colectivo? Algunos dirán que cada quien puede hacer con su dinero lo que le plazca, que no es culpa de Ronaldo que otros no ganen tanto como él, y tienen razón: no es su culpa; la verdadera culpa es de nosotros por apoyar desproporcionadamente ciertos deportes de masas al mismo tiempo que desdeñamos y olvidamos otras dimensiones de la vida como el arte y la academia. La energía del capitalismo procede de los consumidores, y si estamos dispuestos a comprar una camisa del Bayern Múnich en 267 mil pesos pero no a prestar en la biblioteca los dos tomos del Quijote, estamos jodidos.
Esta es una civilización que vive del espectáculo físico, de los efectos especiales, desdeñamos la sensatez y la palabra, menospreciamos el valor de la quietud. Ignoramos constantemente que el conocimiento también produce orgasmos, que en medio de una lectura silenciosa podemos acabar rodeados de incendios y pasiones inmediatas. ¿Por qué no gritar gol cada vez que pasamos una página? ¿Por qué no vivir la trama de un cuento como los últimos minutos del tiempo extra? ¿Por qué no le exigimos al presidente de la república una mejor educación con la misma fuerza con la que le exigimos un mejor director técnico para la selección nacional?
Ésa es la lógica absurda que nos rige, la que nos entretiene. Somos como circos sobre el agua a punto de hundirse para siempre sólo por desconocer dónde estaban las prioridades. Si no cambiamos ahora, llegará el día en que una final de la Champions League pueda comprar nuestra inteligencia.

miércoles, 23 de julio de 2014

Mención de Honor de la Alcaldía de Cartagena



Ganador Primer Concurso de Ensayo de la Cátedra Unesco


Ensayo ganador : LA NADA DETRÁS DE LOS ESPEJOS

Los nombres de la muerte

La memoria histórica es bastante difícil en Cartagena. Los cartageneros no revivimos nuestra historia ni nos preocupamos por ejercer una reflexión crítica sobre aquellos acontecimientos que hoy consideramos como las grandes hazañas de nuestro pueblo. Simplemente decimos aquí murió fulano, acá peleamos con los españoles, allá estaban los esclavos, esta era tal plaza, etc. Despojamos cada suceso histórico de su carga empírica y los recordamos sin aprender nada de ellos: por eso es que los homenajes que le hacemos al pasado hoy nos saben a nada.
Es así como fundamos barrios con nombres de fechas especiales y les llamamos 20 de Julio en honor a la primera independencia nacional, 7 de Agosto en conmemoración a la batalla de Boyacá y 11 de Noviembre por la independencia de la ciudad. Todo esto para que cuando lleguen julio, agosto y noviembre aquellos barrios se transformen en vecindarios sangrientos que reportan, como mínimo, un muerto y varios heridos en la noche de los festejos. Si no creen, miren las noticias del pasado domingo donde un hombre fue asesinado por un disparo durante una riña en el barrio 20 de Julio o pregúntenle a los médicos de los hospitales para qué fecha se están preparando y ellos responderán que para el 7 de agosto, día en el que se espera que en el barrio 7 de Agosto se formen peleas.
Nosotros creemos en la patria tal como los sicarios creen en la Virgen, para que ésta les dirija las balas. Si la selección nacional de fútbol gana un partido en el Mundial entonces nos matamos (literalmente) celebrando, si llegó noviembre y vamos a gozar de las Fiestas de la independencia algún muerto aparece en los días siguientes, si la fundación de nuestro barrio coincide con la fecha de una batalla histórica esa misma noche nos destripamos festejando.
Está comprobado que no sabemos celebrar en cuestiones que tengan que ver con la patria, y es por eso que en Colombia todos los patriotas somos pájaros descalabrados.
Esas son las razones por las que debería estar prohibido que los barrios lleven nombres de fechas históricas relevantes: porque el concepto de patria dejó de significar algo para nosotros y ya no nos suscita ningún valor, es sólo una excusa que nos impulsa al odio y al olvido.
Claro que esto no es una verdadera solución, pues en el fondo, todos sabemos que la inseguridad y la violencia de la ciudad obedecen a conflictos socioeconómicos más profundos que el alcalde de ahora y las demás autoridades competentes no han podido resolver. Sin embargo, tal vez así nos evitemos tanta riña y tanta muerte cuando por obra del tiempo a algunos vecinos se les ocurra celebrar a tiros la Batalla de Boyacá o la Independencia de Colombia.

martes, 22 de julio de 2014

La libertad de las estatuas humanas

Casi nadie lo sabe, y por eso es un deber decirlo: no hay trabajo más difícil que aquel que consiste en no hacer nada. Y ese hombre que está sentado frente a mí es una estatua humana. O sea: alguien que se gana la vida haciendo nada.
Su nombre completo es Steven Andrés Hernández Herrera, es cartagenero, tiene 31 años y desde enero del año 2007 su vida depende de estar quieto. Desde la mañana hasta la noche se sienta en un balde y simula ser un pescador encorvado que acaba de atrapar un pescado.
Soporta horas de inmovilidad solamente para que aquellos que vayan andando le arrojen una que otra moneda en el pote de las limosnas que reposa, también estático, a sus pies. Su historia de vida inicia como inician casi todas las historias en Colombia: con la violencia y el fracaso.
Resulta que Steven jamás hubiese sido estatua humana si no es por la guerra. La primera vez que tuvo que prestar el servicio militar lo mandaron para el municipio de Guapí, en el departamento del Cauca. 
Allá, me cuenta, no habría podido seguir soportando, semana tras semana, la brutalidad de los entrenamientos y la incomodidad de matarse por el bienestar de unos pocos. Su pelotón estaba destinado a volverse una jauría de leones, una bandada de cuervos saca ojos. Así que para el 2006 ya se había salido del grupo y había regresado a Cartagena jurando no volver a aquel infierno construido con fusiles, órdenes y trajes camuflados.
– Estuve allá en la guerra – dice, tomándose varios segundos entre una palabra y otra–, pero me vine a esta guerra de acá, que es la pelea por la vida, una pelea que haces sin armas, sin nada.
Y era una pelea que parecía que perdía. Desde que había retornado a la ciudad había intentado conseguir un buen empleo sin resultados positivos. Tener la libreta militar no le había servido para nada. Él quería ser vigilante o algo que tuviese que ver con ello, y anduvo vagando de una empresa de vigilancia a otra, mandándoles su hoja de vida.
De esa mala época su recuerdo más intenso proviene de una ocasión en la que llegó a una empresa de vigilancia privada buscando trabajo como de costumbre y cuando fue a entregarle su hoja de vida a la secretaria, ésta le advirtió:
– Mijo, mejor llévatela porque aquí las votamos.

Steven no podía creerlo y ante su expresión de duda la secretaria trató de confirmar su frase con el dedo:
– Si quieres mira dentro de esa caja –le dijo la mujer.

Era una caja de cartón de un 1 metro x 1 metro en donde estaban amontonadas otras hojas de vida que habían llegado en el transcurso del mes, formando grandes pilas de papel y sueños frustrados que aguardaban la improbable selección del jefe. Entonces se convenció de que nunca tendría aquel empleo, ni ahí, ni en alguna otra parte.
Y hubiese seguido en el trajín de la lucha por el pan si un primo suyo no le propone disfrazarse de estatua humana para rebuscarse en el Centro.
Desde aquellos días no ha dejado de ser una estatua humana. Suma, hasta la fecha, siete años y seis meses de trabajo arduo, de calambres constantes y nalgas dormidas por la eterna espera.

Inmóvil
Steven tiene tres hijos y vive en un barrio llamado República del Caribe que queda en las faldas del Cerro de la Popa, junto a Palestina. Todos los días sale hacia el Centro a una hora indeterminada, dependiendo de los ánimos con que se haya levantado esa mañana. Se camina el trayecto entero, ida y vuelta. Según él, es una buena forma de mantener en movimiento los músculos que luego se mantendrán estáticos durante largas horas. 

Después llega hasta el Parque de la Marina para colocarse su particular atuendo; allí también se maquilla, embadurnándose con una crema de color negro que se puede conseguir en cualquier miscelánea de la ciudad y que todo tendero conoce con el nombre de Pintacaritas. Claro está que, cuando la situación económica se pone estricta, Steven recurre a polvo de carbón que obtiene raspando leña quemada contra el andén. De cualquier forma, no le lleva más de quince minutos alistarse por completo para emprender su jornada de piedra y bronce.
Un turista que anduviese por la calle sólo vería la estatua. Miraría rápidamente el sombrero de caña flecha, el rostro pintado de negro y el palito de madera con un pescado de trapo amarrado en la punta. Pero habría que charlar con él para saber que sus zapatos negros son los más elegantes que tiene y que dentro de su pescado de trapo se encuentra parte del algodón que tuvo que sacar de una de sus almohadas para terminar de rellenarlo.
Hacer de estatua humana implica volverse casi un objeto, fundirse con la materia inmóvil de la ciudad, mezclarse íntimamente con los postes de luz, las tapas del alcantarillado, los avisos luminosos de las casas de compraventa, las escaleras estrechas de los moteles de cero estrellas, en fin, todas esas cosas que, llegado el momento de expirar, acaban haciéndolo en el mismo sitio de siempre.
De manera que este es un oficio que no es tan fácil de llevar a cabo. Steven me cuenta que siempre hay quienes se dan a la tarea de perturbarlo, ya sea contándole chistes vulgares o gesticulando muecas.
No han faltado las mujeres que lo han rodeado y lo han manoseado mientras le dicen obscenidades en el oído, hasta hubo alguna que en medio del desorden colectivo se llegó a quitar el brassier y le mostró, rápidamente, sus dos pezones erguidos.
Pero nada de eso logró alterar la solidez de su postura; lo más cerca que estuvo de moverse fue una noche en la que dos actrices porno iban cruzando la calle y se detuvieron frente a él para tomarse unas fotos con sus celulares. En las fotografías (que por desgracia Steven no conserva) salió con su cabeza acomodada entre los senos de las actrices, como si protagonizara una publicidad de Playboy sobre monumentos sexuales en la ciudad del pecado.
– Eran dos caballos de fuerza –me recuerda Steven–: me la arrecostaron en todo el galón ¿entiendes?
Cuando dice la palabra galón se toca la cabeza con las manos, esa cabeza que, mientras su portador está paralizado, repasa una y otra vez la espiral de memorias que componen su vida. Y es que sentado sobre el culo invertido de un balde, Steven Hernández pesca todos sus recuerdos. Vigila el indiferente contorno que lo circunscribe en un mundo hostil lleno de caminantes acelerados. El mundo moderno, el mundo postmoderno, el mundo contemporáneo.
Este puto mundo de la producción en serie y de las entregas inmediatas, donde los peces más rápidos se comen a los lentos. Por eso, desde que vi a Steven haciendo de estatua humana sentí algo en su respiración pausada, algo en su calmada silueta, algo en la personificación de su pesca infinita que nos gritaba:
¡Jódanse peatones, yo estoy libre porque no me estoy moviendo!

El artista detrás de los carteles de champeta

El primer cartel de champeta que pintó el Runner coincidió con el auge de un picó de su barrio: El Conde. Hace 34 años, todos los fines de semana, el barrio la Candelaria rompía la sosegada trama de la ciudad con el furor musical de sus bafles gigantes. Era una música que venía especialmente desde la vieja Calle de los Palenqueros, lugar donde nunca faltaba la presencia de El Conde.
Runner o José Corredor (como solía llamarse en esos años) agarró su juego de acuarelas e hizo un aviso publicitario por su propia cuenta, sin que nadie le ofreciera nada a cambio. Pegó su cartelito en un poste de luz frente a su casa y esperó el momento en el que el dueño del picó llegara preguntando quién había sido el autor de aquella publicidad. Cuando vieron al muchachito de dieciocho años la simple curiosidad se transformó en sorpresa, y de la sorpresa se pasó a los negocios. De repente, todos los dueños de los picós comenzaron a encargarle sus carteles, en cantidades modestas de ocho a doce ejemplares, nada comparado con las quinientas que puede hacer hoy en día para un baile organizado por el Rey de Rocha en la Plaza de Toros de la ciudad. Para esa época la única condición que exigía el Runner era que lo dejaran entrar a los baile de picó que él promocionaba.
La verdad es que José Corredor jamás creyó que bastaría con cursar cuarto de bachillerato para convertirse en leyenda. Hace 32 años, en la primera clase de inglés del Colegio de la Universidad Libre, a José Corredor se le ocurrió preguntarle al profesor cómo se decía su apellido en inglés.
– Fácil –le respondió el profesor–: se dice Runner.

Desde entonces, todos los que lo conocen, incluso hasta sus amigos más íntimos, lo llaman El Runner. José Corredor únicamente existe en la partida del bautismo y la cédula de ciudadanía. Si acaso en la memoria de sus padres. José Corredor es un fantasma jurídico comparado con aquel que la gente apoda como El Runner, ese que todos los vendedores del mercado de Bazurto pueden ubicar y señalar en medio de las aglomeraciones, entre las pilas de zapatos chinos y ropas de segunda mano, ese que cuando atraviesa los pasajes de El Colmenar los empleados dicen “ahí va el Runner”, como si conjuraran el elemento secreto para una receta de alquimia.
Runner no lo sabe, pero Cartagena es la ciudad donde los artistas aprenden a formarse entre las ruinas. Acá, afuera del Centro Histórico y los barrios de la élite, crece una ciudad de sueños podridos, un gimnasio de escombros reciclados y extintos que jamás sale en las postales ni en las propagandas de la Corporación Turismo. La gloria y el éxito son ideas que el agua se ha llevado en cada aguacero de mayo y, a veces, las únicas armas que sirven para mantenerse intacto son el silencio y el olvido.
Es en esta otra ciudad donde se encuentra el taller del Runner, taller que, dicho sea de paso, era anteriormente un sitio abandonado, rodeado de tripas de pescado y excrementos humanos. Para llegar allí hay que bajarse cerca de la Olímpica del mercado de Bazurto, luego caminar hacia el centro comercial El Colmenar y atravesarlo sin desvíos hasta el otro lado, en donde los transeúntes se adentran en un laberinto de restaurantes de mala muerte y negocios informales. Ése es el corazón de Bazurto, un corazón caliente, vibrante, húmedo. La luz del sol apenas si toca los caminos, pues sobre las chazas y los callejones se extiende una gran variedad de techos de bolsas plásticas que recuerdan la arquitectura de los cambuches militares. En aquella anarquía de vendedores de películas piratas y televisores de baja gama, uno puede advertir los rastros del Runner que van surgiendo en los avisos de las piñaterías y en las carretas varadas en las esquinas: todos con la misma letra cursiva y fluorescente que suele aparecer en los afiches del Rey de Rocha o en los pendones de El Imperio. Entonces, sólo es cuestión de andar unos cuantos metros más para encontrar al Runner metido en la escuadra de sus cuatro callejones, llevando a cabo sus afanosos brochazos.
UN MUNDO COMPLEJO
José Corredor Rodelo vive en la Magdalena, en Olaya Herrera, cerca del cementerio. En los días de trabajo sale hacia al taller en su moto, muy temprano. Espera hasta las 8:00 a.m., que es cuando llegan todos sus ayudantes y vales firmes. Posteriormente, empieza a pintar hasta las cinco de la tarde, descansando sólo al mediodía para almorzar. Al final de su jornada ya tiene listas las grandes cantidades de publicidad para El Rey de Rocha, El Géminis, El R.S, El Imperio, El Geovanoty, entre otros…, todos con pedidos de cien pliegos en adelante, pagados anticipadamente a mil pesos la unidad.
El mundo de los carteles de bailes de picós no es tan sencillo, mucho menos fácil. Para que funcione, primero los dueños del picó tienen que encargarles los carteles al Runner, encargo que va de las trescientas a las quinientas unidades. Luego, cuando se han pintado todos los avisos, éstos son recogidos por los cantineros (personas que reparten el trago en el lugar donde va a celebrarse el baile) y distribuidos por zonas, especialmente en los cuatro barrios que constituyen los pilares de las barriadas populares de la ciudad: Olaya Herrera, El Bosque, Torices y el propio mercado de Bazurto.
Cada uno de los pies de poste, las carteleras dobles, los carteles solitarios y las paredes completas son hechos a mano en un proceso que combina el trabajo artesanal con la producción en serie. Los pliegos en blanco de papel margarita se pegan cuidadosamente con bóxer en las paredes del taller, de tal manera que puedan ser removidos más tarde sin que se rompan. Una vez que los pliegos están acomodados, el Runner pinta el nombre del picó y el círculo donde estará escrita la fecha del baile. Después un ayudante traza el lugar y otro más pinta los nombres de los anfitriones que invitan al picó. Así hacen con todos los carteles, hasta completar los centenares de encargos que hoy podemos observar en las paredillas más remotas y en los sectores más olvidados de esta ciudad quebrada, sostenida emocionalmente a punta de música y de obscenidades literarias.
Estos carteles tienen la característica de que pueden verse a muchos metros de distancia: ya sea desde las ventanillas de las busetas, desde el montacargas de una camioneta o en el asiento trasero de la mototaxi, todos los habitantes de Cartagena han visto, a lo lejos, las letras rojas y luminosas de la publicidad de los bailes de picós. Esta estética de lo fluorescente tiene una razón histórica que el Runner resume en un comentario:
– Antes, cuando había toros en la Plaza de Toros, pegaban unos carteles del mismo color, todos tan igualitos que si uno pasaba por ahí no los distinguía de los avisos de huelgas y paros nacionales.
Yo me pregunto si no será precisamente por la intensidad del color, la sabrosura de la champeta y el erotismo de los bailes de picó, que este fenómeno artístico se posiciona en el mismo nivel crítico y social de las huelgas y los paros nacionales.

Crónica de una coctelería de 24 horas

Hace tres años, mientras Samir Prens preparaba un coctel de camarones a un taxista, Eliana Quiñones lo miraba. Lo hacía desde su puesto de comidas rápidas a unos pocos metros de la coctelería. Su cara, oculta tras el vapor de las salchichas y el crepitar de los chorizos en la plancha, era la de una mujer que sabe que va a enamorarse. Las varias noches que llevaban trabajando juntos, uno al lado del otro, los habían unido en secreto y siempre de la misma forma: ella mirándolo en su carrito de perros calientes y él sabiendo que lo observaban, resguardado en su glorieta de mariscos y frascos industriales de salsa de tomate.
La verdad es que estaban condenados a amarse desde que empezaron a coincidir en los turnos nocturnos. A veces, cuando la clientela de ambos parecía desaparecer en el silencio de la madrugada, no había otra opción que hablarse para no morir de sueño. Samir Prens fue el primero que rompió el hielo de la conversación. Cuando el tiempo iba más allá de la medianoche, se dirigía hacia el puesto de Eliana y la saludaba. Tenía entonces 36 años, usaba bluyines oscuros, suéter blanco y un delantal enorme que en lo único que se diferenciaba de una bata de laboratorio era que tenía el dibujito de un camarón anaranjado en el pecho. Antes las horas se les iban viendo televisión (cada uno por su lado) hasta que en la programación nacional salían las barras multicolores anunciando el fin de la emisión. Ahora, que Eliana no sólo lo miraba por sobre el vaho de las hamburguesas, sino que también dialogaban, podía el sol salir sin ningún apuro, porque el presentimiento de que ella se iba a enamorar había comenzado a hacerse efectivo.
La Coctelería de La Torre está ubicada entre el monumento a Cervantes y la avenida que divide al Banco Popular con el Parque del Centenario. Es la misma avenida que se llena de personas que intentan embarcarse en uno de los tantos colectivos que llevan hacia la Bomba del Amparo. En este momento hay un excedente de taxistas producto del reciente paro de conductores de buses que les ha dejado libre el camino. Buscan entre los transeúntes a un potencial pasajero. Llego a la coctelería donde está Samir Prens atendiendo a sus clientes, tiene 39 años, usa su uniforme de siempre y una gorra negra de la Harley Davidson. Detrás de él, ayudando y portando el mismo uniforme, se encuentra Eliana, ahora convertida en su esposa. Les pregunto cómo es posible que en esta historia de amor no haya habido ningún inconveniente y Eliana me responde de inmediato:
– Sí los hubo. Llegó un momento en que se me acabó el contrato y me salió otro trabajo mejor, así que me fui a otra parte a trabajar. Pero él no dejó de llamarme. Me siguió hablando hasta que hicimos más fuerte la relación. Entonces yo quedé embarazada y más tarde él me pidió que le ayudara aquí.
Entonces supe que aunque existan huecos en la carretera, los enamorados siempre tendrán su pedacito de asfalto para continuar sin problemas.

Turnos de 24 horas
Desde que Samir trabaja en la Coctelería de La Torre tiene un turno que se  inicia a las 8 de la mañana y termina a las 8 de la mañana del día siguiente. Luego descansa un día completo para volver a comenzar. Al principio, salía al Centro y regresaba a su casa en bicicleta, pero el cansancio de las horas de insomnio terminaron cobrándole una multa que casi acaba con su vida: una vez, volviendo a su casa, se durmió en plena carretera y sólo se despertó cuando su bicicleta chocó contra un carro detenido. Desde entonces, se transporta exclusivamente en mototaxi.

Me dice Samir que el sueño es lo peor. A veces él y Eliana se quedan dormidos en las sillas plásticas de los clientes hasta que alguna persona los llama para pedirles una gaseosa o un coctel. El televisor de 22 pulgadas hace mucho que dejó de entretenerles y no son todas las veces que pueden quemar las horas viendo las series gringas que pasan por el Canal Caracol después de las 12. Ocasionalmente, Samir conecta un DVD y pone una película que les mantenga alertas de los indigentes o borrachos que a veces se acercan para gritarles sandeces o robarles las sillas. Si la película es buena pueden vigilar su tierno patrimonio de mar compuesto por un nevecón de Coca-Cola, ocho frascos grandes de salsa de tomate, uno de mayonesa, un lavaplatos para enjuagar el marisco procesado y un pote con mentas para combatir el aliento a cebolla.
– A pesar del cansancio, este oficio enamora –dice Samir.
Y le creo. En este oficio encontró a su esposa y ha podido mantener a sus hijos. Supongo que ya debe tener el mismo corazón noble de los pescadores que pueden soportar la derrota de los días en que no cogieron nada. Van ocho años de alimentar poetas insomnes que se desvelan viendo el Reloj Público, ocho largos años brindándoles cocteles a cocheros, taxistas, meseros y pasajeros de colectivos. Una jornada laboral de 24 horas nada más puede recompensarla la melancólica república de vagabundos y automóviles que a esa hora brillan y se agitan bajo las luces amarillentas de los postes, como queriendo organizar un baile secreto para aquel que se esfuerza en la vida.
Sé que Samir Prens no se aburre de ser coctelero, porque cuando le pregunto si todavía disfruta comiendo sus propios cocteles de camarón me responde con picardía:
–Claro que sí. Imagínate: ya llevo cuatro hijos a punta de coctel de camarón.