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miércoles, 18 de febrero de 2015

Maricas, areperas y locas

Aquí en Colombia les dicen maricas, las llaman areperas o les gritan locas. Cuando van por las calles vestidos de mujeres la gente les arroja botellas y les agarra una nalga. Si se están besando en la banca de un parque todos los demás se alejan con la mirada asqueada y el chiste en la boca. En la familia los ocultan y en el colegio los quiebran. Si pasean por los andenes con un tumbao impropio alguien les grita: “¡pártete galleta!”.
Son ellos y ellas, los homosexuales, los que optaron por vivir del otro lado de la vida, en la resistencia, en la dolorosa minoría discriminada por las muchedumbres. Desde que crecen hasta que envejecen son juzgados, y todos los días hay quien les recuerda que aquello que están haciendo es pecado, que Sodoma pereció bajo la tormenta de fuego de un dios inclemente.
Aquí, en este país intolerante, ser gay, lesbiana o travesti es descender a los infiernos. Desde el instante en que una persona sale del clóset empieza a perder sus derechos. Es una situación interesante: cuéntale a la sociedad que eres gay y verás cómo ya no puedes casarte, ni adoptar, ni conseguir trabajo, ni enlistarte en el ejército o la policía, ni siquiera podrás formar una familia legalmente constituida por más ganas que tengas.
Y es que los prejuicios sociales que tiene Colombia son una mierda. En esta república del espanto pensamos que la población LGTBI quiere adoptar niños para violarlos y devastarles la infancia. Todo marica –suelen decir– es un pedófilo en potencia.
Hay que ser muy dogmáticos para creer que el amor es sólo un privilegio de la heterosexualidad. También hay que ser muy perversos para suponer que todo homosexual está enfermo y que su orientación sexual no fue producto de una decisión legítima sino de un trauma familiar.
Pienso que la gran paradoja de nuestra época es que la tecnología avanza más rápido que nuestra inteligencia social. Hemos inventado computadores inteligentes, mundos digitales y medios de transporte que consumen las distancias en cuestión de segundos. Hemos globalizado la aldea más remota e internacionalizado el aeropuerto más distante. Y, sin embargo, seguimos manteniendo una concepción profundamente arcaica del amor y la familia.
Por eso no me extraña que a este país lo sigan gobernado los mismos políticos de pensamiento ortodoxo y tradicional, ya que en el fondo hemos demostrado ser una sociedad conservadora, bastante torpe al evaluar la diversidad. Y si así va a ser toda la vida, déjenme decirles que la paz, la auténtica paz, está muy lejos de conseguirse.

http://www.eluniversal.com.co/opinion/columna/maricas-areperas-y-locas-8122

miércoles, 4 de febrero de 2015

El poder del miedo

Uno pensaría que en Colombia el mayor poder de los políticos es su capital económico o su influencia para mover las masas. Incluso se creería que la autoridad de un funcionario reside en las funciones que ejerce y en la soberanía que la democracia le otorga. Sin embargo, si algo ha mostrado la historia de este país es que el control social más eficaz de los políticos es nuestro miedo.
El miedo a ser despedidos, el miedo a no ser contratados, el miedo a que a un familiar sea removido de su cargo en la administración pública, el miedo a ser difamados y amenazados por grupos extraños o el miedo a que, un día cualquiera, nos maten. Por eso no hemos podido cambiar nada de nuestra realidad, porque oponernos a ciertas campañas electorales implica luchar contra una maquinaria que ha estado aquí por décadas.
En Cartagena esto es más común que cualquier otra cosa. En esta ciudad llegamos al punto de que es imposible decir lo que pensamos sin comprometer nuestra situación laboral o la de algún pariente cercano. Nos han fregado tanto con el miedo, que nos han cosido los labios y han comprado con puestos de trabajo nuestra conciencia de ciudadanos.
Los cargos de libre nombramiento y remoción son, hoy en día, la mafia más sutil de la política. Con ellos los candidatos condicionan nuestras opiniones, y he sabido de personas que han renunciado a sus principios sólo por entrar en el gabinete distrital. Es una lástima que en Cartagena no importe lo que creas sino el bando en el que estás. Ya no son requisitos esenciales nuestros méritos intelectuales sino el tráfico de nuestras amistades.
Nos han metido en la cabeza un apestoso formato social que nos obliga a votar por determinado candidato aunque no estemos de acuerdo con su moral o su plan de gobierno. Hemos permitido que la democracia haya dejado de ser un fin para convertirse en un medio, en una vía de acceso a la corrupción y la fama. Y todo esto porque estamos asustados, porque no tenemos el valor suficiente para decirle a esta gentuza aprovechada: ya basta.
Cartagena va a prosperar verdaderamente cuando tratemos a los políticos como servidores de la comunidad y no como reyes que la gobiernan y la intimidan. No vamos a elegir a estos personajes para que estén restringiendo nuestra autonomía, los vamos a elegir para que la defiendan. Ningún puesto de trabajo y ninguna amenaza van a despojarnos de nuestro sentido de la ética. Pienso que todavía hay tiempo para reformular esta clase política viciada y enferma. Todo es cuestión de dignidad y valentía.
Uno puede tener miedo de Dios o del amor, pero no de la política.

miércoles, 21 de enero de 2015

El club de Quinto

De todos los escenarios graciosos de la sociedad el más cómico es el político. Y lo es porque siendo algo tan serio nuestros políticos siempre se las ingenian para sacarla del estadio. Uno se entera de unas situaciones tan ridículas y absurdas que hemos terminado por reírnos para contrarrestar el daño. Y así ha sido durante décadas, porque la historia de Colombia es la historia de una broma pesada, repetida año tras año en cada institución pública que nos vamos inventando.

Últimamente me enteré de un chiste muy bueno: ese que dice que Antonio Quinto Guerra no está haciendo propaganda política antes de tiempo, que, por el contrario, él no ha movido un solo dedo para publicitarse y que aquel misterioso logo pintado en las paredes de la ciudad y pegado en cientos de ventanas traseras de autos pertenece a un club deportivo de sóftbol que por casualidad tiene el mismo nombre que él. 

Es el momento para echar una carcajada y preguntarnos seriamente: ¿será que este concejal nos está viendo cara de imbéciles a los ciudadanos? ¿Será que está convencido de que los cartageneros no piensan, no critican y no tienen el poder suficiente para censurarlo?

Ya de la clase política de Cartagena uno puede esperar todo un sinnúmero de artimañas. Estos tipos nos han robado el paisaje, han malgastado nuestros impuestos, han vendido nuestras playas, les han mentido a nuestros abuelos, nos han condenado al subdesarrollo y a la escasez de servicios públicos, se han apostado como buenos profetas sin serlos, y ahora, con la candidatura de Quinto Guerra, se nos burlan en el rostro con el más desvergonzado cinismo.

De todo esto, lo que más me sorprende es la confianza que tiene Quinto en lo que está haciendo. Siempre va con esa mirada de victoria, con esa seguridad de que nada ni nadie va a interferir en sus planes. Anda por el mundo como si todos fuéramos a votar por él, como si ya él fuera el alcalde. Cuidado: no vaya a ser que a la gente honrada se le dé por despertar y cambiar la triste dinámica de estos gobiernos podridos.
       
¿Cómo puede quedar electa una persona que desde ya nos está metiendo el dedo en la boca? ¿Patrocinaremos el timo y la viveza? ¿Será posible que alguien que trate de engañar al Concejo Nacional Electoral durante su campaña no nos engañe luego a nosotros cuando sea alcalde?

Hay que aclarar que Quinto Guerra sí tiene un club, pero un club de comediantes baratos y bufones de poca monta que lo siguen a toda empresa sin importarles la mentira ni el descaro. Si ese club quiere hacer publicidad electoral antes de tiempo, pues que lo haga, pero que no subestimen la inteligencia de los cartageneros, porque brutos no somos.

miércoles, 7 de enero de 2015

El arte que no es Arte

Colombia parece vivir en el medioevo: tiene un Procurador General de la Nación que ejerce su poder como un papa, una clase política que actúa como nobleza y un concepto de cultura tan deprimente que convierte en arte una tradición salvaje que no reivindica ningún valor humano importante. Ya lo dijo Gandhi: la grandeza de una nación y su progreso moral se mide en cómo tratamos a los animales. Si pensamos en eso, una porción de la sociedad colombiana adolece de retraso social cada vez que se celebran las corridas de toros.
Pareciera que el paso de los siglos no nos diera lecciones suficientes sobre la vida y que uno a uno los filósofos y los mesías hayan ido muriéndose sin que pudiéramos aprender de ellos un auténtico amor por la naturaleza.
Este mundo se está jodiendo. Mejor dicho: los seres humanos estamos jodiendo a este mundo. Hay gente en este país que mientras exige la paz a grito pelado asiste a las ferias taurinas y pide la oreja desde el palco.
No entiendo cómo una sociedad que le reclama la paz al Estado permite con tanta condescendencia fenómenos tan violentos como las corridas de toros.

Y a mí no me vengan con ese cuento de que comer carne y defender a los toros al mismo tiempo es un acto hipócrita. No se puede comparar la necesidad de alimentarse con el deseo de disfrutar un “espectáculo” cuyo eje es la muerte y la violencia. Otra cosa es este sistema capitalista (también salvaje) que transforma la comida en una mercancía que vale más por el dinero que produce que por la comida en sí misma, y con eso no estoy de acuerdo.
Tampoco vengan a decirme que la tauromaquia es un “arte” solo porque refleja la lucha por la vida, el encuentro con la muerte y la elegancia de torearla. Para eso está el verdadero arte, aquel que a través de la ficción construye sus propios mundos en donde mueren personajes y no gente de verdad. Aquí están muriendo animales de carne y hueso, y nosotros no sólo lo estamos permitiendo, sino que también lo estamos gozando. ¿A usted le gustan las corridas de toros? Perfecto, léase “La Capital del Mundo”, de Hemingway, o mire alguna película española sobre el ruedo. Pero no exija más violencia en la plaza, no convierta en entretenimiento la sangre y el sufrimiento de otros seres vivos.
¿Le parecería correcto que, interpretando a Hamlet, un actor realmente asesinara a otro que hiciera el papel del rey Claudio? Aquello sería una atrocidad y, sobre todo, un crimen en el teatro. Así es como muchos vemos la tauromaquia: un abominable camino hacia la deshumanización y un espantoso ejemplo para nuestros hijos.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Mensaje de navidad

Digamos que todos nosotros fuimos concebidos bajo el peso intransferible de una profecía. El tiempo nos guardó una fecha, una hora y un nombre con los que podríamos andar por el mundo, desperdigando toda nuestra infinita miseria en las ciudades de nadie y sus barrios sin gloria.

Digamos que nos parieron en un pesebre de cemento y ventanas, con carreteras de asfalto y moteles de mala muerte, donde la Estrella de Belén era una lámpara encendida en el corazón del cielorraso. También a nuestros padres les tocó hacer un viaje, huyendo de la violencia de otros reyes y presidentes.

También nosotros tuvimos tres Reyes Magos, que no vinieron a nuestro encuentro sino que salimos a buscarlos. No eran Melchor, Gaspar y Baltasar, eran tres platos de comida a la hora del desayuno, el almuerzo y la cena.

Quizás a nuestro nacimiento no acudieron pastores de rebaños ni campesinos que cuidaban una pesebrera. A lo mejor el único testigo (a excepción de los médicos y tu madre) era un paciente que agonizaba de esperar en un pasillo solitario frente a la sala de partos. Y, sin embargo, ahí estábamos, rompiendo el silencio visceral del mundo con un grito de recién nacidos y un llanto que nos duraría toda la vida.

¿Dónde estamos ahora esos niños de la profecía? ¿Dónde estás tú que fuiste tu propio mesías y que viniste al mundo para intentar cambiarlo? No me digas que ya no crees en tus propios milagros ni en el sacramento de las madres al bautizar las sopas. No me digas que ahora vendes el voto, vas a las corridas de toros o discriminas a los homosexuales. Tú eras el chico que iba a cambiar este país repleto de cenizas, tú ibas a entrar a los templos y a los centros comerciales a tumbar las mesas de los profanadores de la vida.

¿Qué pasó entonces contigo?

¿Quién te quitó tu comparsa de arcángeles y capuchones?

Eras un fardo de presagios insólitos y los años hicieron de ti un cántaro vacío. Eras la buena nueva de esta república de escombros y terminaste siendo un muñeco de 31 de diciembre, achicharrándose en una calle cualquiera.

No obstante, algún día te acordarás para qué viniste a la Tierra. Sabrás que éste no es un lugar para alardear de la fe ni juzgar a los demás. Pondrás tu mano en la mano del prójimo y sentirás un calorcito y un olor a barro. No te quedarás callado ante las injusticias de la ciudad en donde vives.

Y al final, cuando la inminente muerte te encuentre, no habrás partido en dos los templos, pero habrás dejado una pequeña y significativa huella de amor en el planeta.


http://www.eluniversal.com.co/opinion/columna/mensaje-de-navidad-7825

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Los concejales perpetuos

Algún día llamarán a Cartagena de Indias como La Ciudad de los Concejales Perpetuos. Un día que no está muy lejos y que bien podría ser hoy si tenemos en cuenta que Antonio Quinto Guerra es concejal desde hace más de diez años o que Alfredo Díaz Ramírez y Lewis Montero Polo llevan más de dos períodos seguidos.
Algún día, que bien podría ser mañana, la ciudad amanecerá hecha de piedra, inmortalizada en la infinita estupidez de un Concejo Distrital que jamás cambia, que sigue igual, conformado por la misma gente de siempre. Ese día, el tiempo estará desprovisto de sus efectos sobre las personas y los meses pasarán en vano porque no habrá un desarrollo político al cual apelar ni una democracia que valga. Rafael Meza volverá a su curul como es costumbre y Vicente Blel Scaff continuará aprovechando los votos que le legó su padre.
¿Cómo esperamos vivir el fenómeno del progreso si ni siquiera somos capaces de renovar nuestras instituciones políticas? ¿Qué objeto tiene quejarse de la inmovilidad y del atraso de la ciudad si seguimos reeligiendo en el Concejo Distrital a los políticos de siempre? ¿De qué nos sirve que David Dáger tenga una década siendo concejal o que César Pión vuelva a ocupar un cargo público?
La verdad es que gran parte de la culpa que sobreviene a la ineptitud que hoy sufrimos es nuestra. Los que no venden el voto por treinta mil pesos lo hacen por un puesto de trabajo, las juntas de acción comunal están viciadas y los líderes de los barrios populares parecen, cada vez más, títeres de las grandes campañas electorales. Al final, terminamos eligiendo al mejor postor de nuestra vida personal y no a los mejores candidatos para la ciudad. Luego, cuando Cartagena está envuelta en un caos, nos sobra el cinismo suficiente para criticar el estado de las cosas, como si nosotros no fuésemos los principales responsables.
El Concejo es una institución que se pensó para establecer presupuestos justos y aprobar los planes de desarrollo más acordes con nuestra realidad social. No es un hotel con vacantes abiertas, no son curules destinadas a enriquecer personas el resto de sus vidas a 350.000 pesos la sesión ordinaria. El Concejo se creó para controlar políticamente los actos del alcalde y su gabinete, no para fundar un eterno grupito de politiqueros que en cada debate se van contra el alcalde sólo para persuadirlo sobre la concesión de un contrato que les conviene.
Los ciudadanos aún tenemos tiempo para cambiar esto. Ojalá maduremos como una sociedad intelectual, para que en el futuro no seamos la burla de los historiadores, ni nos recuerden como aquella gente que vivió feliz en La Ciudad de los Concejales Perpetuos.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Hacer y deshacer

La historia y la literatura nos han mostrado que siempre han existido personas que convierten el gusto por lo inconcluso en un modo de vida. Penélope, en La Odisea, tejía por las mañanas un sudario que destejía por las noches, y así duró veinte años. Amaranta, en Cien años de soledad, hilaba durante el día una mortaja fúnebre que por las noches descosía sólo para ganarle tiempo a la muerte. También el Coronel Aureliano Buendía, en su taller de platería, creaba pescaditos de oro que horas más tarde fundía nada más que para empezar de nuevo.
De aquellos personajes es posible decir que recurrieron a la eternidad de armar y desarmar para poder vivir. Sólo la literatura permite que el tedio y lo inmóvil se conviertan en algo admirable. En nuestro mundo esta actitud sería considerada inadmisible. Por eso es horroroso que ya no sean solamente los personajes literarios los que andan por ahí haciendo y deshaciendo, sino que también los políticos y los funcionarios públicos de nuestra ciudad entren en este juego.
En Cartagena de Indias todo se comienza y nada se termina. Somos la ciudad del círculo vicioso y de la más desagradable corrupción en cuanto a las obras públicas. Hemos construido estaciones de Transcaribe que nos ha tocado volver a construir porque el tiempo las ha dejado inhabitables. Los puentes de la Vía Perimetral están tan mal hechos que casi todos los años necesitan remodelarse para no tornarse intransitables. Hemos revitalizado las Fiestas de la Independencia y las hemos desvitalizado. Hemos prohibido la tauromaquia en unos años y hemos reinaugurado las ferias taurinas en otros.
A nuestros políticos les gusta eso: el mal llamado arte de hacer para deshacer. Y cómo no, si de esa forma pueden reiniciar los contratos y los presupuestos, además de mantener a la ciudad en sus trancones perpetuos y en sus necesidades básicas insatisfechas.
Ahora, por estos meses, hemos dejado que nos levantaran una espantosa loma en Marbella, cuya estructura nos tapó el mar y nos lo cambió por una barrera de varillas. Fiel a su costumbre, el Concejo Distrital y el Gobierno nacional pretenden derrumbarla para volverla a hacer, esta vez con columnas en vez de paredes. Es como si nos hubiésemos devuelto al principio, sólo que con menos plata para malgastar.  
Cartagena se ha transformado en un punto estático de la historia, en un verdadero corral de piedra lleno de animales que se pudren y lagartos que gobiernan. A Penélope se le perdonan sus veinte años de retraso por la belleza del relato en el que está metida. Pero a esta gente que desperdicia nuestros recursos hay que enseñarle que el ciudadano también castiga, y lo hace con su voto.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Los últimos ruidos del buscapié

 – Lucho, nosotros nos vamos para Cartagena.

Aquella frase fue la que lo terminó todo. En uno de los lujosos pasillos del Hotel Cadebia en Barranquilla, los integrantes del grupo Son Cartagena habían decidido acabar el sueño musical que los había llevado hacia la fama. Los músicos, con sus instrumentos guardados en sus estuches, miraron fijamente a un asustado Luis Alean, su representante legal. No podían creer que él estuviera engañándolos con el dinero recogido en cada presentación, y ahora que se daban cuenta no soportaban la indignación del fraude.

Por eso se iban: para no tocar más con un grupo viciado. Sin embargo, era imposible volver a Cartagena tal como lo habían resuelto. Luis Alean ya había firmado todos los contratos de los conciertos de esa noche, y estaban sujetos a cumplirlos. Para convencerlos, Luis Alean les pagó unos pesos por adelantado y les dijo:

 Allá en Cartagena arreglamos.

Pero todos sabían que el sueño había llegado a su fin y que, en efecto, nada se arreglaría. Esa noche hicieron la presentación más triste de sus carreras. Una gira de conciertos donde no tocaron con sabrosura. En el último club, al finalizar su última canción, muchos sintieron que en el pecho se les cerraba una puerta con candado. Antes de salir de Barranquilla, el grupo Son Cartagena había dejado de existir.


Un grupo de barrio

En 1982, la facultad de economía de la Universidad de Cartagena contrató a José Lara para abrir una electiva de clases de gaita. Lara, que también hacía parte de los Gaiteros de San Jacinto, vio en Luis Antonio Gonzáles un pupilo ejemplar. “Luchito” (un apodo con el que lo conocerían siempre) mostraba un conocimiento musical congénito y se aprendía rápido los ejercicios que su maestro le exigía.

– Aprieta el jopo, Luchito, aprieta el jopo –decía Lara, para entrenarlo en la pericia de soplar la gaita.

Nadie imaginó que aquellas clases iban a ser el suceso más determinante en la formación del grupo Son Cartagena. Todas las tardes Orlando Oliveros escuchaba ensayar a Luchito desde el patio de su casa, en el barrio Canapote. Eran amigos de infancia y lo que hiciera el uno tenía que hacerlo el otro también. Así que con un tambor recién comprado, Orlando empezó a practicar en solitario, persiguiendo las notas de la gaita de Luchito que iban expandiéndose por todo el vecindario. Luis Eduardo Gonzáles, apodado “el Niño”, vivía en la misma calle y no demoró en unírseles con una tambora.

Ahora sólo necesitaban un cantante. Por esos días Luchito y Jorge Alean, bautizado como “el Cone”, iban de cumpleaños en cumpleaños tocando la guitarra y cantando himnos de amor para enamorar a las cumplimentadas. El Cone tenía fama de ser un serenatero fiel para los desórdenes. No había un balcón en Lemaitre y Canapote en donde su voz no se haya dado el gusto de conquistar mujeres. Incluso, podría decirse que hasta conquistaba las ausencias, porque a veces él y Luchito permanecían tocando por horas hacia una ventana abierta hasta que alguien salía a avisarles que la muchacha que allí vivía tenía un mes de haberse mudado. Cuando Orlando, el Niño y Luchito se reunieron a practicar, no pensaron dos veces en llamar al Cone para que les cantara.


Los primeros pasos

El grupo, todavía sin nombre, ensayaba en las casas de sus integrantes, copiando long plays de losGaiteros de San Jacinto o tocando con aire festivo una cumbia popular. Su gran debut se dio en el Festival Folclórico Nacional de Ibagué, a donde fueron invitados por el Ballet Folclórico de la coreógrafa Betty Taylor, una amiga que, de vez en cuando, los dejaba practicar en su casa ubicada en el barrio Manga. Después de Ibagué, el grupo concluyó que debían formalizarse para comenzar a tocar solos. Pero primero necesitaban un nombre. Mientras iban en un taxi para dirigirse a un evento, los cuatro canapoteros pensaban en uno que les sirviera. Fue Orlando el que dijo:

– Ya está Son Palenque… y los Soneros de Gamero… ¡Vamos a ponernos nosotros Son Cartagena!
Todos los integrantes estuvieron de acuerdo.

Desde aquel día, Son Cartagena empezó a protagonizar pequeños conciertos. Tocaron con la agrupación de Estefanía Caicedo, de quien se decía era la única bullerenguera de la ciudad y de cuya inspiración surgieron canciones para el Joe Arroyo. Allí se les une Víctor Medrano, apodado más tarde “el Docto”, y les ayuda tocando la tambora. Como aún no habían compuesto sus propias canciones, sus presentaciones consistían en reproducir temas que estuvieran sonando en el momento, como el “mambaco” y los éxitos de la Niña Emilia (“Coroncoro”, “Cundé cundé cundé”).

Esa constante repetición de temas de otros artistas fue la que les generó un breve altercado con Irene Martínez. Era noviembre de 1985. Como solía acostumbrarse por esos años, las distribuidoras de licores contrataban a grupos folclóricos para ambientar la llegada de las reinas nacionales al aeropuerto de Cartagena. Al grupo Son Cartagena lo habían contratado para cantar en una tarima de Ron Tres Esquinas mientras que Aguardiente Antioqueño había hecho lo mismo con Irene Martínez. Llegado el momento de tocar, Son Cartagena interpretaba los mismos discos de Irene Martínez apenas ella terminaba de cantar, y a la tercera tanda toda la gente del lugar se sentía inmersa en un gracioso juego de ecos. Así que Irene Martínez se bajó de su tarima y fue directamente hasta donde estaba el Cone para decirle:

– ¿Por qué carajo están tocando los discos míos?

– Esos discos están sonando en la radio –respondió el Cone, riéndose– nosotros sólo estamos tocando.

Aquella experiencia les sirvió para reconocer que debían promover sus propios temas para poder grabar y ganar autenticidad. Con la ayuda de Luchito (que compuso la mayoría de las canciones), María Llerena Solís (compositora de “Martica”) y de Hugo Bustillo (compositor del “Buscapíe”) pudieron armar un álbum y grabar con Codiscos en Medellín. Para 1988, el long play fue todo un batazo. Los temas de Son Cartagena sonaron en septiembre y no dejaron de hacerlo hasta los carnavales de Barranquilla del año entrante. El “Buscapié” se mantuvo en el ranking musical de las emisoras durante meses, perdurando inalterable en el top 3 de aquellas fiestas (de segunda estaba “Martica” y de tercera “La estereofónica”). Son Cartagena estaba viviendo un éxito nunca antes visto en la música folclórica.


La fama y la gloria

Con el éxito de su primer álbum, no tardaron en llegar las invitaciones a los mejores festivales folclóricos del país. Era 1989. Son Cartagena ganó dos Congos de Oro a la mejor agrupación en el Festival de Orquestas y Acordeones del Carnaval de Barranquilla y tocó en los clubes más prestigiosos de Barranquilla y en las casetas más afamadas. Alternaban con Diomedes Díaz, Óscar de León, Joe Arroyo y el Grupo Raíces. Viajaban a cuanto carnaval se celebrara en los pueblos de la Costa Caribe, incluyendo a Ciénaga, en Magdalena, donde las casetas medían una cuadra y para salir de ellas había que cruzar un trancón de multitudes que podía llevar horas.

Para esa época Son Cartagena había crecido. Se le habían unido Alex Osorio en los timbales, Martín “el Tetero” Gonzáles en los coros, Luis “el Perilla” Mercado en las maracas, “el Chiqui” López en el bajo y Héctor “el Tití” Rodríguez en el llamador. 

La fama se acrecentaría en 1990, con su segundo long play, “Riega la bola”, cuyo tema principal (llamado del igual manera) caló en las emisoras con una rapidez sobrenatural. A la gente le gustaba un grupo tan popular, de barrio humilde, que lo mismo le daba cantar en la Plaza de Canapote que dar tandas de lujo en el Club Alemán. No había semana en la que Son Cartagena no saliera en Telecaribe, uno que otro concierto fue grabado en exclusiva por Jorge Barón. El Gobierno Nacional también debió notar la importancia de este grupo, pues los contrató para que fueran a cantarle al ese entonces presidente de Francia, François Mitterrand, en la Casa de Huéspedes Ilustres, mientras algunos funcionarios se bañaban en jacuzzis rodeados de mujeres desnudas.

De cada parranda los integrantes de Son Cartagena traían mujeres que se iban a vivir con ellos a los hoteles. Era la vida de los artistas famosos, la vida intranquila del ajetreo nocturno y la gloria recién ganada. En una ocasión, el dueño de una empresa de uniformes, Confecciones Toledo, les regaló unos trajes para el Festival de Orquestas del Carnaval de Barranquilla, pero cuando llegó la hora de la presentación los trajes no les quedaron a ninguno de los músicos, siempre una talla menor a la esperada, y en Luchito (que era el de mayor contextura) el chaleco y el pantalón eran más una blusa ombliguera y un descaderado que cualquier otra cosa. No obstante, todos hicieron su presentación con los trajes puestos. En el momento de bajarse de la tarima, el público enloqueció exigiendo otra canción más, y los integrantes de Son Cartagena tuvieron que escaparse por la puerta de atrás y correr hacia el bus que los transportaba. Cuando el cerco de personas se hizo intolerable e impidió que el bus arrancara, alguien del grupo dijo:

– Eche, tirémosle los uniformes.

Y así apaciguaron los ánimos de la multitud, fugándose como los ladrones de banco que cuando huyen arrojan dinero a las calles para despistar a los policías.

Tal era la fama.


El último concierto

Lo que más indignó al grupo fue que su representante legal, Luis Alean, era el hermano del Cone. De él se decía que había probado con todos los oficios y que exageraba el contenido de las historias. Una vez, estando en Montería, se hizo pasar por brujo y naturista para engañar a las mujeres y escuchar sus intimidades. Allá lo conocían como el Doctor Hantman. Esa manía suya para mentir le costó al grupo su unidad. Tras varios meses de éxito, algunos integrantes empezaron a sospechar del hermano del Cone. Pensaban que cuando firmaba los contratos musicales él cobraba una suma más alta de lo que luego les contaba. La discusión estalló una noche, en el Hotel Cadebia en Barranquilla: Son Cartagena no podía seguir así. Era como si alguien hubiese encendido un buscapié y lo hubiese puesto sobre la pelea. Luis Alean los convenció de seguir tocando, les prometió que en Cartagena arreglarían todo. En aquel último concierto la última canción fue el famoso “Buscapié” de Hugo Bustillo, y al final de la canción, cuando las voces callaron y los instrumentos dejaron de vibrar, uno a uno los integrantes del grupo Son Cartagena se fueron yendo de regreso a casa.


Dicen que cuando la tarima se vació, un extraño olor pólvora quemada quedó flotando en el ambiente.